| Domingo 22 de abril de 2001 | ||
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Las picadas "legales" causan furor entre los jóvenes |
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De la clandestinidad en la calle se fueron al autódromo.La cita es a la medianoche, en Allen o Cipolletti. |
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| CIPOLLETTI (AC).- El Fiat blanco llegó rugiendo a la "parada" del centro. Su apreciable escape, la corta distancia entre el suelo y el zócalo, cubiertas más anchas que las normales y un par de calcos daban lugar a pensar que esas horas de trabajo puestas sobre el auto buscaban sus frutos. Pero para saber hasta dónde podría dar, debía medir fuerzas. Apenas lo vieron llegar el código quedó establecido. "Qué bueno está tu auto, pero con el mío te paso por arriba", desafió el dueño de un Gol. La respuesta no se hizo esperar, y aunque llegó a modo de pregunta a su vez encerró una afirmación. ¿"Adónde vamos"?. "A la avenida de circunvalación", contestó el joven. Ambos se subieron a sus "facheros" autos y salieron a escape libre para el lugar indicado. Atrás, un grupo de seguidores de uno y otro, conformaron una especie de caravana. Nadie quería perderse el duelo de la medianoche. Bien pudo haber sido ésta una situación real planteada hace un par de años atrás cuando, especialmente los viernes por la noche, una de las angostas calles de chacras se convertía en un escenario donde la velocidad, las apuestas, la música a todo volumen y el alcohol se convertían en el eje de la actividad. Una salida Esto no es más ni menos que el folklore de las picadas. Hasta hace poco tiempo, una forma de sentir la velocidad en la cara para los jóvenes, una molestia para el resto de los mortales y un dolor de cabeza para las autoridades. Mientras las quejas de los vecinos se acentuaban y la policía no encontraba respuestas, a alguien se le ocurrió una idea. ¿"Y si legalizamos las picadas"?. Entonces, en Allen le dieron luz verde a una de las rectas del autódromo para que los viernes por la noche los jóvenes no hagan peligrar a los demás en carreras clandestinas y sin mínimas condiciones de seguridad. Al poco tiempo, el futuro autódromo de Cipolletti también tuvo su recta de unos 700 metros para que en poco más de 11 segundos los "pisteros" transiten el cuarto de milla (402 metros). Si la transgresión tiene en los jóvenes a sus principales seguidores y cuando todo se legaliza no mantiene el mismo sabor por aquello del encanto de lo prohibido, éste no fue el caso. Todos los viernes, en Allen o en Cipolletti, más de dos mil personas, un número envidiable para cualquier espectáculo deportivo, se coloca a los costados de una recta para gritar, sentir de cerca el ruido infernal de algunos autos, tomar cerveza, comer un choripán o delirar gritando por sus preferidos. Ni qué decir si además se trata de un Ford o un Chevrolet. Porque aunque los más veteranos, aquellos seguidores del viejo Turismo de Carretera no entiendan demasiado de esto, la rivalidad entre una y otra marca sigue siendo la misma de aquellos tiempos. No es otra cosa que la esencia del automovilismo nacional. Como Boca y Ríver. Uno de los aspectos principales por los que se temió en este tipo de actividades es la seguridad. Nadie quiere pensar qué podría haber sucedido con un vehículo lanzado a más de 160 kilómetros por hora y sin control en una callecita como la que une a la ruta 22 con la provincial 65 a la altura de la Isla Jordán o en cualquier otra ciudad del Alto Valle en donde estas prácticas suelen ser habituales. Todo esto, enmarcado por una cantidad importante de jóvenes, en algunos casos en dudoso estado de sobriedad. Los dirigentes de la subcomisión de automovilismo del club Cipolletti, organizadores de estas nuevas picadas, explican la situación. "El tema principal para nosotros es el de la seguridad. Nuestra recta es amplia, tiene vías de escape y buena visibilidad. Además –dicen– asiste regularmente una ambulancia, los corredores tienen un seguro especial y exigimos algunos elementos como casco y cinturones". ¿Quiénes pueden correr entonces? Si bien se exigen algunas condiciones mínimas, más allá de que el furor que esta actividad ha despertado lleve a observar vehículos de todo tipo y condición, todo aquel que tenga alguna duda sobre la velocidad de otro coche podrá desafiarlo a correr. Claro que también uno se puede topar con una cupé Chevy con el motor dentro de la carrocería, un Fiat 600 propulsado con nitrógeno, una moto de 125 cc. imparable, una cupé Ford 49 con motor V8, un Fiat 147 con caja de cambios "arrimada" y un motor con tantos retoques que ya no servirá para otra cosa que para las picadas. La fiesta comienza en el centro de cada una de las ciudades un poco antes de la medianoche. Allí se muestran los autos cual "pura sangre" antes de una competencia. En grupo se trasladan hasta el autódromo que en la ocasión le toque organizar las pruebas, algunas cervezas, música "al mango", y a disfrutar. Lo demás es adrenalina pura. Patrimonio de veinteañeros con guiño a los adultos Está claro que en gran mayoría el público de las picadas da un perfil de jóvenes entre 20 y 25 años. Sin embargo esto está lejos de ser absoluto porque parece que el espectro en cada reunión se amplía más. Autos de exposición Las marcas que imagine con las innovaciones que se le ocurra. El chico observaba las "patonas" del Fiat Uno que bramaba como un toro enjaulado. A pocos metros de él, su padre quedaba fascinado por una cupé Chevy con el motor adentro de la carrocería. En la otra punta, el propietario de un Ford Falcon le quitaba el capó al vehículo para dejar al descubierto la tapa cromada y una gran toma de aire. Al acelerarlo, se movía todo. En el medio, varios jóvenes se admiraban por un Fiat 600 que lanzado en el cuarto de milla hacía admirar a los espectadores por la potencia de ese "caño". Una "fauna" rugiente y veloz Las luces se encienden. Roja, amarilla, otra vez amarilla... y por fin la verde que da vía libre. El humo de las cubiertas, el olor característico de la mezcla de nafta, aceite y líquido de frenos invade la pista. Lalo Brodi |
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