| Martes 4 de diciembre de 2001 | ||
Matemáticos y premios |
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Por Héctor Ciapuscio |
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| Cuando el magnate sueco Alfred Nobel estableció los premios que llevan su nombre los ordenó con la física en primer término, la química en el segundo y la medicina y fisiología en el tercero. No se sabe por qué el inventor de la dinamita no incluyó a la matemática, aunque la leyenda dice que fue debido a su rivalidad con el matemático sueco Mittag-Leffler por una hermosa damisela. Los del oficio han debido ser compensados con el Premio Field que, equivalente en valor científico, no tiene sin embargo la popularidad ni la opulencia del Nobel. Hay otras explicaciones menos chismosas para la desventaja de la disciplina y sus cultores. Una es que cuando Auguste Comte formuló en 1842 su lista jerarquizada de las ciencias -que comienza con astronomía y sigue con física, química, biología y sociología- consideró a la matemática pura más como un instrumento lógico que como una auténtica ciencia. (Hay que salvar, sin embargo, el criterio diferente de otros que la consideran una ciencia más fundamental que las restantes y hasta que, siendo el medio más seguro y confiable para entender lo que está a nuestro alrededor, es el instrumento de nuestra percepción o, todavía más, que representa el idioma subyacente del cerebro humano). Existen también diferencias en la consideración de las dos clases de matemática que se reconocen, la pura y la aplicada. Una manera de ver cómo ha sido apreciada la disciplina en nuestro país desde el punto de vista de su reconocimiento académico es mirar la lista de doctorados Honoris Causa, publicada ahora por la universidad de Buenos Aires, que los concede "a las personas que sobresalieren en sus estudios y trabajos de investigación y hayan desarrollado acciones en beneficio de la institución" desde 1906. Del número total de 310 distinciones de ese tipo otorgadas, solamente tres correspondieron a matemáticos. Son: Alberto Calderón, en 1969; Ariel Dvorevsky (israelí) en 1986 y Luis Santaló en 1991. Por supuesto, este número mínimo en comparación con el de otras especialidades también tiene que ver con el reducido peso cuantitativo de egresados de la profesión, en la actualidad tristemente mínimo incluso frente al de sus primos informáticos. Pero hace unos días los del ramo tuvieron su pequeña fiesta. La UBA entregó su doctorado Honoris Causa -viene a ser el cuarto de la especialidad en la historia- a un eximio maestro, un matemático puro que largamente lo merecía. Misha Cotlar, investigador, humanista y hombre excepcional por su saber y su humildad, que formó una escuela en nuestro país y participó de una época extraordinaria al lado de talentos como Rey Pastor, González Domínguez y Calderón, dio con sus palabras de agradecimiento una vibración especial a esa fiesta universitaria. La historia de Misha Cotlar es muy interesante. De familia burguesa en Kiev, su padre -un hombre culto cuyo nombre figura en la historia del ajedrez con la variante "Lasker-Cotlar"- emigró con toda la familia, el hijo adolescente, al Uruguay en 1929. Misha, quien tuvo sólo un primer grado de la escuela elemental pero pasión por las matemáticas, se empezó a ganar la vida como pianista de un terceto de música clásica en Montevideo primero y en Punta del Este después. Allá lo conoció un profesor argentino y lo trajo a Buenos Aires en 1935. Aquí la hermandad de los matemáticos -una gente generosa "que adoran a una misma diosa" dice él- lo adoptó como propio. Manuel Sadosky, en particular, un hombre cuya devoción mayor es ayudar a los jóvenes talentosos, lo encaminó a la Facultad de Ciencias Exactas. Allí, sin título escolar o académico alguno, formó una escuela de investigadores. Se hizo amigo de los dos grandes españoles emigrados, Rey Pastor y González Domínguez. Cuenta el propio Sadosky que él y su esposa Cora, también matemática, se dieron cuenta muy pronto de su valor excepcional, pero no sólo ellos sino todos los de la capilla. Un profesor estadounidense de visita en el país vio lo mismo y se empeñó en conseguirle una beca de la Fundación Guggenheim. En Estados Unidos estudió en Yale y se doctoró en Chicago. De modo que -algo realmente excepcional- el joven profesor tuvo como su primer título el de doctor en Matemáticas por una universidad de nivel mundial. Volvió a la Argentina en 1953 y enseñó en Exactas (donando mes a mes parte de su sueldo a la Fundación Alberto Einstein para becas a jóvenes estudiosos) hasta que, en 1966, la intervención militar lo determinó a emigrar, primero a la Universidad de Rutgers, cerca de Princeton, y luego a Venezuela donde vive. Ahora, de nuevo aquí para recoger su premio y al borde de los noventa años, este hombre venerado por sus discípulos en razón de su generosidad y admirado como ser humano por todos los que lo conocen, no habló de sí mismo sino del país que lo acogió y de los amigos que lo ayudaron. Hizo al final de su improvisación una emotiva referencia a su amor por la matemática, a su belleza- tan parecida a la de la música- y, como siempre hace cuando hay ocasión, un ruego a la responsabilidad de los científicos en pro de la paz del mundo y de los espíritus. |
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