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Miércoles 10 de diciembre de 2003
   Opinion

Clientelismo político: del autoritarismo benevolente al autoritarismo a secas

Por Gabriel Rafart

Especial para "Río Negro"

Antes del 28 de setiembre Jorge Sobisch, en tiempos de la campaña por su reelección, anunciaba la muerte del clientelismo. Un instrumento proveniente del mundo bancario iba a ser el arma dilecta para combatir ese vínculo perverso de las relaciones políticas. El optimismo del líder emepenista no era muy distinto al del olvidado Domingo Cavallo cuando en los días del derrumbe de De la Rúa ofrecía la bancarización forzada de los salarios y el corralito como solución para la brutal caída de los depósitos bancarios. Así como en aquellos días, el salario, los asalariados, el ahorro y los ahorristas eran tratados como si hubieran sido los exclusivos responsables de la decadencia argentina, hoy un plan "2128" u otro, de "Jefes y Jefas", y sus beneficiarios, son abordados desde la misma lógica, la del culpable. Hace dos años Cavallo operaba desde un autoritarismo benevolente como lo había hecho con Menem. Ese tipo de autoritarismo era propio de quien había engendrado la criatura y decidido ser el protector de sus intereses. El autoritarismo benevolente funcionó bien hasta tanto vivió en la ficción del eterno flujo de capitales del uno a uno y se transformó en autoritarismo a secas cuando le informó al país que las cosas ya no daban para más. Las jornadas de finales de diciembre del 2001 fueron su acto dramático.

Antes del martes 25 de noviembre, Sobisch podía presentarse como el padre que quería cuidar la dignidad y el bolsillo de cada beneficiario de un subsidio quebrando la red clientelística que era presentada como ajena a su partido y gobierno. Con ello pretendía modernizar el autoritarismo benevolente. Los hechos violentos de ese día, con un Sobisch ausente de la provincia, ponen en duda la factibilidad de su pretensión. Es que dejó en pie el único rostro posible, con tarjeta o sin tarjeta, de la relación clientelar: el autoritarismo.

Toda relación clientelar es una construcción asimétrica. Dominación y subordinación hablan el lenguaje del patrón. Dominado y subordinado es el léxico del cliente. Entre cliente y patrón no hay relación de iguales. Con ello el vínculo clientelar no deja lugar a otra cosa que a fórmulas autoritarias. Es que hace perder el sentido de autonomía y eficacia de los hombres en extrema necesidad. Pero también de aquellos que se colocan apenas un escalón más arriba. El cliente transfiere su voluntad de ser eficaz en la vida al pequeño patrón. Este lo hace hacia uno grande. El grande también es parte del "sistema" y cuando involucra a estructuras del Estado y del partido que está detrás del voto, conforman los engranajes de una maquinaria mayor: la del partido-Estado.

Y hablamos de esa eficacia que se pierde en la relación clientelar. De la capacidad de producir efectos intencionales a través de la acción propia, directa o indirecta, así como la convicción de ser capaz de producirlos. La vulnerabilidad de quienes se encuentran en situación de pobreza refuerza la búsqueda de eficacia en los otros y no con los otros. Se generan sólo habilidades para manejarse en estructuras de poder autoritarias a través de redes de mediaciones, de influencia, de deferencia, en definitiva de patronazgos. No poseer ese sentido de eficacia significa asumir que las soluciones de la vida presente y futura no pueden provenir de uno mismo ni de los que son sus iguales. Todo viene de afuera, de la intervención de otros con poder. Eso es el clientelismo del que tanto se habla. Y por ello mismo es un vínculo autoritario.

La trama clientelar siempre es una relación social. Es un vínculo de poder social y también político, por cuanto se procura que unos asuman las decisiones al servicio de otros, pero que involucra a muchos más. Como tal no se la puede enfrentar únicamente desde una intermediación tecnológica como pretende el gobierno provincial a través de su tarjeta "Confiable-Solidaria". Porque es imposible que la confianza provenga de un plástico y la solidaridad tenga el rostro de un cajero automático. Es que la relación clientelar es un mundo de relaciones entre hombres. Por ello que la sola mención a un tipo de instrumento bancario, que no asume ni rostros ni almas, genera temores de privación. Impone el miedo a perder un vínculo y bienes que van más allá del monto asignado en un plan.

La explosión de la jornada del 25 de noviembre en el oeste de la ciudad capital fue capaz de movilizar a todos, a los patrones grandes, pequeños y, naturalmente, a los propios clientes. Los patrones grandes que quieren avanzar sobre una relación directa, que bancarice y alimente sus vínculos corporativos hacia las exclusivas cadenas comerciales en condiciones de hacer factibles el débito de esas tarjetas. Este tipo de patrones quiere imponer una suerte de gobierno de "técnicos". Estos que convivieron, seguramente no siempre cómodamente con el clientelismo hacia los sectores populares y sí entre su mundo de clases medias, parecen haber querido quebrar la alianza sustancial al autoritarismo benevolente.

Los patrones "políticos" también mostraron sus dientes movilizando a toda su red clientelar porque saben que son la historia de la provincia y quienes encarnaron los distintos triunfos del partido-Estado. Los patrones pequeños -los punteros, promotores- volcaron a la calle a sus clientelas porque saben que pierden oportunidades no sólo para el engorde de sus bolsillos, sino de un poder social y político en cuestión. Y por último, la resistencia involucró a los clientes ante el temor de no poder disponer de efectivo y dejar de ser soberanos en su mundo de consumos tan recortado. Es en estos últimos componentes de la trama clientelar donde Sobisch parece perder su apuesta, porque allí reside la clave del éxito del autoritarismo benevolente que se quiere desmontar.

Aun en el caso que prospere la iniciativa gubernamental, el tan negado clientelismo no será desterrado. La trama clientelar en Neuquén tiene más bienes que seguirán siendo "realizados" de manera asimétrica. Entre clientes y patrones hay también ladrillos, remedios, bolsones de comidas y cuántas otras cosas más. Además de todo ello, está en juego un sentido de eficacia que recoge otros bienes inmateriales que hablan de sociabilidades intensas y hasta de una percepción de que patrones grandes "políticos", pequeños y clientes pertenecen a algún lugar dentro del mundo social. Sin duda ellos viven un sentido de comunidad, que en tiempos de elecciones puede disfrutar el sabor del éxito.

Posiblemente el discurso oficial no sea una pieza consecuente y termine en un callejón sin salida. Y si avanza en su propuesta, carezca de confianza y solidaridad. Porque no es creíble esa voluntad por terminar con el clientelismo desde la misma maquinaria que le dio origen. El partido-Estado que gobierna esta relación con tan extensa red clientelar, es muy difícil que siga el camino de un parricida. Puede matar a algunos de sus hijos, pero no a la totalidad de ellos. ¿Y si no cómo se alimentaría?, ¿cómo ganaría elecciones? De allí que nos encontraremos con resistencias que provengan de manera activa no sólo desde el cliente como desde el patrón, ya sea éste pequeño o grande.

Si el gobierno neuquino decide avanzar con su propuesta de bancarizar al subsidiado, con lo cual sólo atiende una parte, posiblemente muy menor de ese autoritarismo benevolente que fue construido, el camino hacia el autoritarismo a secas estará librado a su suerte por la incapacidad de desmontar su propia relación clientelar. Y ese autoritarismo puede dejar algún saldo en vidas como el de los días finales del dúo Cavallo-De la Rúa. El martes 25 fue apenas el comienzo de una batalla por el clientelismo.

 

 

 

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