| Tolerancia perversa
En opinión del piquetero oficialista Luis D’Elía,
el presidente Néstor Kirchner no tiene poder porque no impidió
que el juez federal Jorge Urso ordenara su detención inmediata
en cuanto se viera privado de sus fueros como diputado provincial.
El comentario refleja las ideas primarias no sólo de D’Elía
sino también de otros que se resisten a entender que en un
Estado de derecho todos, incluyendo al presidente, han de someterse
a la ley. Quienes piensan de tal modo dan por descontado que en
última instancia todo debería depender de la voluntad
del jefe máximo de turno. Si éste ni siquiera está
en condiciones de ayudar a sus amigos cuando su conducta les ocasiona
problemas con la Justicia, será porque “el poder lo
tienen los grupos económicos” u otras manifestaciones
del mal. Se trata de una mentalidad que es típica de sociedades
proclives a entregarse a dictaduras unipersonales que antes era
frecuente en la Argentina pero que, por suerte, en la actualidad
se ve limitada a sectores marginales.
Con todo, si bien hemos progresado en este sentido, sigue incidiendo
en la conducta de muchos militantes políticos una versión
un poco más sofisticada del planteo de D’Elía,
según la cual delitos cometidos en nombre de una causa considerada
buena deberían ser tolerados. Es lo que pretenden aquellos
piqueteros que se creen con derecho a extorsionar a empresarios,
cortar rutas e intimidar a quienes no comparten sus puntos de vista.
Durante años, los gobiernos tanto nacionales como provinciales,
con el respaldo de sectores ciudadanos significantes, consintieron
a los piqueteros por suponerlos “víctimas” de
las circunstancias y que no eran realmente responsables de sus propias
acciones. Por fortuna, parecería que de resultas del fastidio
que siente la mayoría por los atropellos de las organizaciones
piqueteras, los políticos han llegado a la conclusión
de que no les convendría continuar tratándolos como
si encarnaran una especie de castigo por los pecados de gobernantes
anteriores que el país debería soportar con ecuanimidad
porque, al fin y al cabo, todos son culpables.
Ya que parecería que los piqueteros están batiéndose
en retirada, los sectores peronistas gobernantes podrían
sentirse tentados a felicitarse por haber resuelto de forma pacífica
el problema que representaban, incorporando a algunas fracciones
en sus aparatos clientelares y desmoralizando a otras hostigándolas
judicialmente, mostrándoles que sus actividades no les reportaban
beneficios concretos y enfrentándolas con evidencia de que
habían perdido la simpatía del grueso de la ciudadanía.
Sin embargo, aun cuando los piqueteros dejaran de molestar a los
demás, esto no querría decir que se hayan resuelto
los problemas sociales que posibilitaron la irrupción de
movimientos encabezados por individuos que, con sinceridad o por
oportunismo, lograron aprovechar la situación de millones
de personas que se sentían abandonadas por el resto del país.
Puede que los planes Trabajar improvisados por el gobierno del presidente
interino Eduardo Duhalde y repartidos según criterios arbitrarios
hayan contribuido a atenuar las penurias de los “excluidos”,
pero sólo se ha tratado de una medida de emergencia, de una
suerte de dique de contención erigido por motivos políticos,
no de una solución permanente.
Mucho más serios que los problemas provocados por los piqueteros
son los planteados por los millones de hombres y mujeres que por
deficiencias educativas o por otros motivos no están en condiciones
de encontrar empleos en la economía actual y que tendrían
grandes dificultades para insertarse en una que fuera un tanto más
avanzada. Aunque la mayoría de los políticos y funcionarios
entiende que es urgente intentar prepararlos para un futuro que
podría serles mucho más exigente que el presente,
los programas en tal sentido que se han puesto en marcha son penosamente
inadecuados. Asimismo, existe el peligro de que el gobierno tome
el repliegue piquetero por una señal de que la llamada exclusión
social no es tan grave como antes, cuando lo único que probaría
sería que los que, con ingenuidad, confiaban en mejorar sus
perspectivas mediante la militancia callejera se resignaron a la
miseria que, sin una ofensiva educativa en gran escala, será
el destino de muchos.
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