|
Musulmanes en Europa
por Héctor Ciapuscio
Desde hace cuatro décadas
los países europeos han estado recibiendo inmigrantes
turcos, paquistaníes, tunecinos, marroquíes y argelinos
que llenaron los puestos de la pirámide laboral no aceptados
por los nativos y han constituido, ya con una tercera generación
de descendientes, comunidades culturales propias y distintivas.
Hasta hace no mucho tiempo su presencia, si bien vista con
desconfianza por algunos, no causaba preocupaciones mayores.
Pero el número de esa población alcanza ahora los
13 millones y se difunde en el público una pesada sensación
de molestia por efecto entre otras cosas de estilos de vida,
visibilidad y aglomeración en capitales como París
y Amsterdam. No son ajenos a esa inquietud los atentados en
los últimos tiempos, el efecto psicológico de la
idea de un "choque de civilizaciones" y la guerra desatada
desde el gobierno americano al terrorismo internacional. La
sensación general se expresa metafóricamente en
la figura de que "el bote está lleno" y así varios
países encaran políticas de control, aun la permisiva
Francia y la acogedora Holanda, país éste que está
-quién lo hubiese dicho- encarando una expulsión
masiva de extranjeros ilegales. Hay también influencia
en estos giros antiinmigratorios de la prédica de personajes
como el francés Jean-Marie Le Pen y el holandés
Pym Fortuyn (asesinado por un inmigrante en el 2002), líderes
políticos que no han hecho, sin embargo, otra cosa que
interpretar al gran público. Tampoco han caído en
un vacío pronunciamientos de escritores, el caso extremo
de Oriana Fallaci (su grito histérico en "El Orgullo
y la Rabia" despertado por el desastre de las Torres Gemelas
de Manhattan) y de académicos importantes como Giovanni
Sartori. Este politólogo italiano, declarado enemigo
de la integración de extra-comunitarios, teniendo en
la cabeza quizá otro problema caliente que es la próxima
integración de Turquía a la Unión Europea,
formuló un pronóstico sombrío en el largo plazo
para una democracia que pretenda asimilar musulmanes.
Desesperados desde Africa
Existe, dentro de una problemática
europea que tiene varias aristas demográficas espinosas
en relación con el futuro, otra realidad inmigratoria
que preocupa. Los medios están cargados casi a diario
con fotos y crónicas sobre arribos incesantes a playas
del Mediterráneo italiano o español de cientos y
cientos de desesperados que llegan, los que no se ahogan o
mueren de sed en el viaje, a bordo de barquichuelos precarios
desde países africanos buscando entrada al continente
a través de puertos accesibles. En estas semanas hemos
visto imágenes en la televisión italiana y la española
mostrando a miserables arribados a Lampedusa y a las costas
entre Tarija y Almería sólo para ser apresuradamente
reembarcados en aviones Hércules a Libia y Túnez
o, más adentro, a Etiopía y Somalia. Aunque a algunos
los afecten en sus sentimientos humanitarios, la opinión
pública no cuestiona estos procedimientos estimados como
de legítima auto-defensa. Según ideas acendradas
en la gente, ellos se justifican por sí solos.
Es interesante y propio de un tema como éste, sin embargo, exponer opiniones distintas. Para ello el más famoso vocero de ideas contra - corriente, y el que tenemos a mano porque publica libros, es Juan Goytisolo, un catalán inconformista y heterodoxo vital, un lobo estepario que habla seis idiomas (entre ellos el marroquí y el turco), considerado entre los mayores escritores de habla hispana, que se declara "español pero sin ganas" y vive desde hace años en Marruecos. Un libro suyo del 2003 con artículos (algunos publicados en "El País" de Madrid y "Le Monde" de París) y ensayos escritos entre los años 1975 y 2000, tiene un capítulo titulado "Islam y Occidente" en el que, además de un análisis en profundidad de las relaciones históricas y culturales de esos polos desde el punto de vista de su personal convicción integradora, comenta el problema de estos movimientos de africanos hacia Europa. Juzga, en vista de las diferencias abismales de riqueza entre la orilla europea del Mediterráneo y la nordafricana, que la actitud de países como España e Italia, atemorizados por una invasión de magrebíes y saharianos (además de la de albaneses, turcos y kurdos) es miope. Es, dice, una psicosis que arraiga en sustratos profundos de nuestro pasado histórico, azuzada por periódicos sensacionalistas y políticos racistas. ¿Qué hacer?, se pregunta. ¿Erizar los nuevos muros de alambradas, proceder a expulsiones masivas, arrinconar en guetos a quienes buscan un medio de vida decente? Sólo la ayuda generosa y controlada a los países de donde huyen, creando en ellos millones de puestos de trabajo, podrá parar la emigración masiva tumultuaria. Ni las cárceles son una respuesta adecuada al problema de quienes prefieren correr el riesgo de ahogarse en el mar o desembarcar por millares para que pasen unos pocos, a soportar una vida de penuria absoluta y sin esperanza. Dado que no hay policía ni ejército que pueda arreglar el problema, piensa que la solución consiste en la utilización de parte de las riquezas que a los europeos les sobran para la creación de un espacio económico y cultural común. Dice que aunque los europeos se digan "vamos a vivir bien dentro de nuestro muro e ignorar al resto del mundo", el resto del mundo no ignorará a Europa. Y concluye con una cita de un político argelino que suena implacable: "El Sur es un gran arrabal de chabolas (ranchos, decimos acá) que tiene delante un resplandeciente terreno de golf".
|