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Sábado 2 de abril de 2005
   Opinion

Musulmanes en Europa

por Héctor Ciapuscio

Desde hace cuatro décadas los países europeos han estado recibiendo inmigrantes turcos, paquistaníes, tunecinos, marroquíes y argelinos que llenaron los puestos de la pirámide laboral no aceptados por los nativos y han constituido, ya con una tercera generación de descendientes, comunidades culturales propias y distintivas. Hasta hace no mucho tiempo su presencia, si bien vista con desconfianza por algunos, no causaba preocupaciones mayores. Pero el número de esa población alcanza ahora los 13 millones y se difunde en el público una pesada sensación de molestia por efecto entre otras cosas de estilos de vida, visibilidad y aglomeración en capitales como París y Amsterdam. No son ajenos a esa inquietud los atentados en los últimos tiempos, el efecto psicológico de la idea de un "choque de civilizaciones" y la guerra desatada desde el gobierno americano al terrorismo internacional. La sensación general se expresa metafóricamente en la figura de que "el bote está lleno" y así varios países encaran políticas de control, aun la permisiva Francia y la acogedora Holanda, país éste que está -quién lo hubiese dicho- encarando una expulsión masiva de extranjeros ilegales. Hay también influencia en estos giros antiinmigratorios de la prédica de personajes como el francés Jean-Marie Le Pen y el holandés Pym Fortuyn (asesinado por un inmigrante en el 2002), líderes políticos que no han hecho, sin embargo, otra cosa que interpretar al gran público. Tampoco han caído en un vacío pronunciamientos de escritores, el caso extremo de Oriana Fallaci (su grito histérico en "El Orgullo y la Rabia" despertado por el desastre de las Torres Gemelas de Manhattan) y de académicos importantes como Giovanni Sartori. Este politólogo italiano, declarado enemigo de la integración de extra-comunitarios, teniendo en la cabeza quizá otro problema caliente que es la próxima integración de Turquía a la Unión Europea, formuló un pronóstico sombrío en el largo plazo para una democracia que pretenda asimilar musulmanes.

 

Desesperados desde Africa

Existe, dentro de una problemática europea que tiene varias aristas demográficas espinosas en relación con el futuro, otra realidad inmigratoria que preocupa. Los medios están cargados casi a diario con fotos y crónicas sobre arribos incesantes a playas del Mediterráneo italiano o español de cientos y cientos de desesperados que llegan, los que no se ahogan o mueren de sed en el viaje, a bordo de barquichuelos precarios desde países africanos buscando entrada al continente a través de puertos accesibles. En estas semanas hemos visto imágenes en la televisión italiana y la española mostrando a miserables arribados a Lampedusa y a las costas entre Tarija y Almería sólo para ser apresuradamente reembarcados en aviones Hércules a Libia y Túnez o, más adentro, a Etiopía y Somalia. Aunque a algunos los afecten en sus sentimientos humanitarios, la opinión pública no cuestiona estos procedimientos estimados como de legítima auto-defensa. Según ideas acendradas en la gente, ellos se justifican por sí solos.

Es interesante y propio de un tema como éste, sin embargo, exponer opiniones distintas. Para ello el más famoso vocero de ideas contra - corriente, y el que tenemos a mano porque publica libros, es Juan Goytisolo, un catalán inconformista y heterodoxo vital, un lobo estepario que habla seis idiomas (entre ellos el marroquí y el turco), considerado entre los mayores escritores de habla hispana, que se declara "español pero sin ganas" y vive desde hace años en Marruecos. Un libro suyo del 2003 con artículos (algunos publicados en "El País" de Madrid y "Le Monde" de París) y ensayos escritos entre los años 1975 y 2000, tiene un capítulo titulado "Islam y Occidente" en el que, además de un análisis en profundidad de las relaciones históricas y culturales de esos polos desde el punto de vista de su personal convicción integradora, comenta el problema de estos movimientos de africanos hacia Europa. Juzga, en vista de las diferencias abismales de riqueza entre la orilla europea del Mediterráneo y la nordafricana, que la actitud de países como España e Italia, atemorizados por una invasión de magrebíes y saharianos (además de la de albaneses, turcos y kurdos) es miope. Es, dice, una psicosis que arraiga en sustratos profundos de nuestro pasado histórico, azuzada por periódicos sensacionalistas y políticos racistas. ¿Qué hacer?, se pregunta. ¿Erizar los nuevos muros de alambradas, proceder a expulsiones masivas, arrinconar en guetos a quienes buscan un medio de vida decente? Sólo la ayuda generosa y controlada a los países de donde huyen, creando en ellos millones de puestos de trabajo, podrá parar la emigración masiva tumultuaria. Ni las cárceles son una respuesta adecuada al problema de quienes prefieren correr el riesgo de ahogarse en el mar o desembarcar por millares para que pasen unos pocos, a soportar una vida de penuria absoluta y sin esperanza. Dado que no hay policía ni ejército que pueda arreglar el problema, piensa que la solución consiste en la utilización de parte de las riquezas que a los europeos les sobran para la creación de un espacio económico y cultural común. Dice que aunque los europeos se digan "vamos a vivir bien dentro de nuestro muro e ignorar al resto del mundo", el resto del mundo no ignorará a Europa. Y concluye con una cita de un político argelino que suena implacable: "El Sur es un gran arrabal de chabolas (ranchos, decimos acá) que tiene delante un resplandeciente terreno de golf".

 

 

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