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Miércoles 6 de julio de 2005
   Editorial
Conciertos para Africa
Los líderes del “Grupo de los Ocho” se las han ingeniado para convivir con las hordas de manifestantes que en los años últimos adquirieron la costumbre de hacer de sus reuniones un pretexto para celebrar batallas campales. Luego de tratar de frustrarlas en el 2002, reuniéndose en un lugar remoto de las montañas rocosas en Canadá llamado Kananakis, eligieron cooptar a los más racionales, motivo por el que el primer ministro británico Tony Blair y su ministro de Finanzas, Gordon Brown, promovieron una serie de conciertos multitudinarios de música popular con la esperanza de obligar a sus homólogos de otros países ricos a sumarse a su campaña para dar más ayuda a Africa. Si bien la iniciativa no impidió que algunas bandas de alborotadores provocaran estragos en el centro de Edimburgo, sede de la reunión del G-8, por lo menos sirvió para que nadie los creyera representativos de nada, salvo sus instintos violentos.
Aunque pocos cuestionan las intenciones de los políticos, músicos y otros que organizaron aquellos conciertos que atrajeron la atención de hasta los medios más solemnes, además de la buena voluntad de los asistentes que gracias a ellos dicen querer contribuir a hacer de la pobreza espantosa africana un mero recuerdo histórico, sería ingenuo pensar que los problemas que los angustian podrían solucionarse con más generosidad occidental. En décadas recientes, Africa ha recibido montos inmensos de dinero en concepto de ayuda sin que la mayoría de los países haya conseguido avanzar un solo centímetro, mientras que algunos se han precipitado en el caos. Las razones son conocidas: guerras, corrupción endémica, tribalismo, corporativismo, clientelismo y entre las élites una cultura de dependencia y de victimismo que es estimulada por la voluntad de tantos occidentales a imputar todos los fracasos del continente a la herencia colonial.
Conscientes de esta realidad, los dirigentes occidentales han hecho saber que si bien están dispuestos a duplicar la ayuda y a condonar la deuda de más países, será necesario que los africanos colaboren mejorando la conducta de sus gobernantes para que roben menos y adecuando sus políticas económicas a las exigencias planteadas por el mundo moderno. Como no pudo ser de otra manera, tales condiciones se han visto criticadas por contestatarios occidentales y por los africanos mismos que las consideran imperialistas por basarse en la idea de que les corresponda actuar como europeos y norteamericanos. No se equivocan del todo, pero sucede que el desarrollo depende menos de dinero que de la calidad institucional y de una cultura social y política que sea compatible con el funcionamiento de una economía que esté en condiciones de producir lo bastante para que todos, no sólo los integrantes de una pequeña minoría privilegiada, puedan disfrutar de un nivel respetable de bienestar.
Los deseosos de impulsar el desarrollo de Africa, pues, se ven frente a dilemas que son familiares a los latinoamericanos. Los que por motivos éticos, religiosos o ideológicos se afirman más indignados por la extrema pobreza, también suelen estar en contra de la economía de mercado que ha permitido a centenares de millones de europeos, norteamericanos y japoneses vivir mejor que cualquier potentado de otras épocas. Por lo tanto, existe el peligro de que movimientos humanitarios como el que según parece está incidiendo en la política del G-8 degeneren en foros para la autofelicitación colectiva de los interesados en subrayar su propio altruismo y en deplorar el egoísmo de quienes no comparten su punto de vista, comenzando con la mayoría de los políticos contemporáneos. Por supuesto que los que juran estar decididos no sólo a mejorar el sistema económico vigente, sino a cambiarlo por otro radicalmente distinto raramente reportan beneficios a los pobres. Antes bien, al dificultar la transición desde un pasado premoderno signado por la miseria virtualmente universal hacia un presente que, nos guste o no, es obra de los países actualmente más prósperos y de los métodos económicos que a través de los años han ido perfeccionando, aseguran que la mayoría abrumadora de los africanos -y también de los latinoamericanos- nunca tenga la menor posibilidad de disfrutar lo que en el Primer Mundo se considera una vida normal.

 

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