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| Miércoles 19 de octubre de
2005 |
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| Depósitos humanos |
Puesto que el hacinamiento es común a casi
todas las cárceles del país, además de muchas
comisarías, el desastre que costó la vida a 32 personas
en el Magdalena no será el último. Para que fuera, sería
preciso por lo menos duplicar la capacidad de las cárceles.
Se prevé que para el 2007 habrá dos veces más
recluidos que a comienzos del siglo cuando el sistema penitenciario
nacional ya estaba desbordado. En nuestro país la tasa de encarcelamiento
de 170 presos cada 100.000 habitantes está entre las más
altas de América Latina y no hay motivos para creer que esté
por bajar.
Huelga decir que no se construirán una cantidad suficiente
de cárceles nuevas: el superávit fiscal no obstante,
el país no está en condiciones de emprender un programa
de la magnitud necesaria. Tampoco hay muchas posibilidades de que
la Justicia obre con mayor celeridad para que haya menos presos sin
sentencia firme. En cuanto a la opción de aplicar penas alternativas
a la cárcel a los delincuentes que se suponen menos peligrosos,
por ahora no sería aceptable por razones políticas y
sociales evidentes. Aunque Juan Carlos Blumberg ha dejado de ser un
referente para los preocupados por la inseguridad ciudadana, la mayoría
pide más mano dura y no toleraría una recaída
en las políticas permisivas de algunos años atrás
cuando era habitual reducir las penas con el propósito de atenuar
el hacinamiento de las cárceles. Por desgracia, la razón
básica por la que la población carcelaria ha crecido
tanto en los años últimos consiste en que hay más
delincuentes que antes. Estarán en lo cierto quienes lo atribuyen
al desempleo ya estructural y a la pobreza y falta de horizontes resultantes,
pero entender las causas de este fenómeno no equivale a proponer
una solución.
Puede entenderse, pues, la resistencia de los políticos a comprometerse
con medidas destinadas a mejorar el sistema penitenciario. Los más
preferirían no referirse a un tema tan espinoso, lo que ayuda
a explicar el silencio de radio que mantuvo durante un día
el gobernador bonaerense Felipe Solá, aunque, consciente de
que su actitud lo convertía en blanco de muchas críticas,
después ordenaría la intervención del penal de
Magdalena para asegurar que se cumpla su promesa de que la investigación
del episodio sea exhaustiva e imparcial. Claro, en principio es poco
razonable exigirles a todos los gobernadores, y al presidente de la
Nación, que reaccionen en seguida toda vez que se produzca
una catástrofe, como pueden hacer sin dificultad alguna los
medios de difusión, pero en el mundo actual hasta una demora
de algunas horas de su parte será tomada por evidencia de indiferencia
o de una voluntad oportunista de alejarse lo más rápido
posible de la escena de un desastre por temor a que incida en su popularidad.
Bien que mal, es inevitable que los políticos cuidadosos de
su imagen hagan cálculos de este tipo, sobre todo a pocos días
de elecciones.
Asignar responsabilidades por lo ocurrido en Magdalena no será
sencillo. El servicio penitenciario bonaerense, lo mismo que la Policía,
es notorio por sus muchas deficiencias, pero en vista de las características
de su trabajo y de los fondos públicos disponibles, tendrá
que transcurrir mucho tiempo antes de que se profesionalice. Según
parece, el incendio en el penal comenzó con una trifulca entre
presos que, como a menudo sucede en tales circunstancias, se pusieron
a quemar colchones, lo que alarmó a la vigilancia que no abrió
las puertas. Si bien es condenable la actitud negligente de los guardias,
es lógico que hayan sentido temor porque de ser tomados como
rehenes sus captores hubieran sido capaces de tratarlos con crueldad
bestial. Después de todo, no es cuestión de personas
inofensivas que por mala suerte están entre rejas, sino de
individuos que en muchos casos son muy pero muy peligrosos. En esta
ocasión, no hubo un motín tan grave como en otras, pero
de haberse producido uno comparable con los ocurridos últimamente
en Rosario y Córdoba, algunos presos hubieran sido asesinados
con sadismo por sus compañeros, de modo que dar por descontado
que los reclusos son víctimas indefensas de una sociedad injusta
y vengativa, como pretenden quienes procuran politizar el asunto,
sería un error.
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