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| Miércoles 18 de enero de 2006 |
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| La imagen del crimen |
Ya que vivimos en una época en la que es
habitual elogiar al trasgresor y despreciar a los conformistas que
acatan las reglas, es natural que el robo de las cajas de seguridad
de un banco en Acassuso perpetrado por cuatro asaltantes que, a pesar
de ser rodeados por 200 policías, lograron escapar por un túnel
hacia el Río de la Plata haya provocado más admiración
que inquietud. Mientras que en otros tiempos los detectives siempre
eran los héroes y los criminales, por ingeniosos que fueran,
eran sin duda alguna los malos, en la actualidad los papeles se han
invertido con tal que no haya muertos o heridos de gravedad. Tal y
como sucedió en Inglaterra en 1963 cuando una banda se alzó
con unos 78 millones de dólares del tren Glasgow-Londres, muchos
están dispuestos a celebrar las hazañas de los ladrones
como si sólo se tratara de episodios ficticios hollywoodenses.
Por desgracia, no lo fueron ni en aquel entonces ni en esta oportunidad.
Si bien no hubo que lamentar la pérdida de vidas humanas en
el robo que tuvo lugar en Acassuso, los perjuicios resultantes fueron
bien concretos tanto para el Banco Río como para los dueños
de las cajas de seguridad saqueadas. Por lo demás, durante
más de seis horas los asaltantes mantuvieron como rehenes a
23 personas.
Huelga decir que lo que el director general de Investigaciones bonaerense
calificaba del “golpe más audaz de la historia criminal
argentina” ha contribuido a intensificar la sensación
de que en nuestro país los criminales son en verdad mucho más
eficaces que los policías que no pudieron aprehenderlos. Tal
convicción no es sana porque a menos que una sociedad confíe
en los encargados de defenderla contra los malhechores éstos
podrán obrar con impunidad. Asimismo, por haber sido cuestión
de un robo que fue muy bien planificado, no tardaron en multiplicarse
las sospechas de todo tipo. Como no pudo ser de otra manera, desde
el primer momento se especula acerca de la posibilidad de que haya
habido un entregador en el banco, de que miembros de la policía
colaboraran con los ladrones o que empresas como Aguas Argentinas
hicieran su aporte cavando el túnel que les permitiría
fugarse, versión ésta que pronto sería desmentida.
Hasta que los autores del robo sean debidamente detenidos, muchos
individuos inocentes tendrán buenos motivos para temer verse
acusados de haber sido sus cómplices.
Puede que, en comparación con lo que ocurre en ciertos países,
como Brasil y Colombia, en la Argentina la delincuencia es menor,
pero es innegable que en los años últimos ha aumentado
mucho y que en vista de la ferocidad con la que actúan algunos
ladrones el público tiene pleno derecho a sentirse alarmado.
A menudo, se atribuye esta situación a factores socioeconómicos,
como el supuesto por el desempleo masivo y la falta de horizontes
de los marginados, pero si bien tales explicaciones parecen convincentes
entrañan el peligro de que al disculpar a los delincuentes,
transformándolos en “víctimas”, se fortalezca
la tendencia a minimizar la responsabilidad del individuo por su propia
conducta, de esta manera socavando los valores culturales que constituyen
la barrera principal contra la criminalidad.
De todos modos, a nadie se le ocurriría imaginar que el robo
que se perpetuó en Acassuso fue obra de desocupados pobres.
Por su forma de operar, es evidente que son integrantes de una banda
muy profesional con acceso a mucha información que de aplicar
sus talentos a oficios legítimos no tendrían demasiadas
dificultades para ganar sumas respetables. Con todo, aunque se haya
tratado de un operativo de élite, de ahí la voluntad
de muchos de valorar su habilidad, casi pasando por alto el hecho
de que sean delincuentes que merecen ser condenados a muchos años
de cárcel, es peligrosa la noción, reivindicada ya sin
sutilezas por el cine y por la ficción, de que el crimen sea
una profesión más que digna si uno lo práctica
con cierta elegancia. También lo es la de que la Policía,
además de ser corrupta y brutal, sea propia de incompetentes
que ni siquiera pueden capturar a una banda de ladrones audaces luego
de haberlos tenido rodeados largas horas mientras millones de personas
en todo el país observaban el espectáculo por televisión.
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