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Domingo 30 de abril de 2006
   Editorial
Bloque ficticio
Aunque en la reunión relámpago que celebraron hace poco en San Pablo los presidentes Néstor Kirchner, Luiz Inácio “Lula” da Silva y Hugo Chávez –“los tres mosqueteros”, según el venezolano– quisieran haber persuadido a todos de que el Mercosur disfruta de muy buena salud, sería difícil discrepar con su homólogo uruguayo Tabaré Vázquez, quien dice que “más que un proceso de integración se trata de un proceso de desintegración regional”. Por cierto, algo anda muy mal en una organización de este tipo si ni siquiera puede ayudar a superar la disputa que se ha desatado en torno de un par de plantas de celulosa. Puesto que la razón de ser del Mercosur consiste en armonizar el desarrollo económico de sus miembros para que todos sean beneficiados, a esta altura debería contar con instituciones supranacionales que estarían en condiciones de arbitrar en casos como éste, pero sucede que los responsables de construirlo nunca se preocuparon por tales detalles, porque lo único que les interesaba era reivindicar una vez más el sueño de una América Latina unida. Asimismo, habrán sido conscientes de que en nuestra parte del mundo las constituciones escritas y otras normas formales no suelen tener mucho que ver con la realidad.
Para que el Mercosur fuera algo más que una expresión de deseos, hubiera sido necesario que no sólo contara con instituciones adecuadas, sino también que los líderes de los países miembros estuvieran dispuestos a subordinar su propio nacionalismo al interés común.  Huelga decir que ninguno ha tenido la menor intención de ir tan lejos, lo que no es sorprendente porque el Mercosur es en buena medida un resultado de los sentimientos nacionalistas de quienes creían que un bloque regional amplificaría su voz en el escenario mundial. Aunque en ocasiones ha tenido tal efecto, en buena medida porque los representantes de la Unión Europea, motivados es de suponer por la convicción de que les corresponde ser solidarios con todos los demás mercados comunes regionales, prefieren negociar con ellos a hacerlo con los gobiernos de los países asociados, han sido tan frecuentes los conflictos internos que las eventuales ventajas de formar parte de un conjunto mayor resultarían ser mínimas.
El enfrentamiento provocado por la oposición de muchos entrerrianos a las plantas celulósicas que están instalándose en el Uruguay ha mostrado a las claras que el tibio nacionalismo mercosureño no sirve para atenuar el de los países integrantes. Tanto Kirchner como Vázquez no tardaron en hacer del asunto una “causa nacional”, lo que significa que no habría posibilidad alguna de una solución arreglada que resultara mutuamente satisfactoria.  Para llegar a una, ambos gobiernos tendrían que efectuar concesiones evidentes, pero no pueden hacerlo porque ninguno tiene interés en ser acusado de debilidad, cuando no de traición a la patria. 
Aunque la disputa acerca de las papeleras ha resultado ser la más agria de todas las que se han producido en el seno del Mercosur, dista de ser la primera. Desde que fue fundada, la agrupación se ha visto agitada periódicamente por conflictos comerciales porque los gobiernos de todos los países miembros privilegian de manera automática sus propios intereses inmediatos, como sucede toda vez que las importaciones procedentes del Brasil causan problemas a nuestros fabricantes de bienes como heladeras. Puesto que el Mercosur sólo funciona cuando el intercambio no supone dificultades para nadie, reemplazarlo por una serie de acuerdos bilaterales o, mejor, por un consenso regional en favor de la conveniencia de ir eliminando las trabas a la libertad de comercio, no cambiaría nada significante, pero la “unidad regional” es tan atractiva en teoría, si bien no en la práctica, que resulta poco probable que quienes lo manejan un día admitan que ha sido un fracaso y que por lo tanto sería mejor declararlo muerto. Incluso si el Uruguay y Paraguay optaran por abandonarlo por entender que está al servicio de los dos socios mayores, tanto la Argentina y el Brasil, además de Venezuela –país que fue incorporado sin ser obligado a cumplir con los trámites legales supuestamente infaltables– seguirían jurando que a pesar de las apariencias el Mercosur no corre peligro de hundirse.

 

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