Un mundo de fantasías junto al Nahuel Huapi

Como detenida en el tiempo, la casa de muñecas de Beatriz Mugnani y Conrado de Monte cautiva a grandes y chicos. Pequeñas obras de arte en porcelana y madera.

12 ago 2017 - 10:09
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Una casa de muñecas detiene el tiempo e invita a maravillarse con las expresiones que transmiten los rostros moldeados en porcelana. Cuidadas hasta en el más ínfimo detalle, estas representaciones de niñas y mujeres con vestimentas de otras épocas han logrado cautivar a varias generaciones.

“Son como obritas de arte”, reconoce Beatriz Mugnani durante una recorrida en la que resulta imposible fijar la mirada sobre un mismo elemento por más de algunos segundos. La gran variedad y las espléndidas recreaciones sólo dejan espacio para reacciones que escapan de lo acordado antes de pasar por la puerta principal.

Las enormes vitrinas guardan varios modelos con historias particulares. Ninguna se repite. “Cada una tiene su alma”, reconoce Beatriz, que no es la única artista en escena ya que todos los integrantes de su familia tienen un rincón propio en la casa de muñecas.

“Seguimos porque amamos esto”, confía sobre una actividad que terminó por afianzarse en Bariloche allá por 1987, cuando decidió mudarse desde Villa Regina y darles una nueva impronta a sus creaciones.

Los inicios

Beatriz está muy ligada al arte. Se define como pintora y reconoce que sus hermanas, y uno de sus tíos, también dedicaron parte de su vida a plasmar imágenes sobre lienzos. Pero su dedicación tomó otro rumbo cuando, a mediados de los 80, se encontró con la oportunidad de sumar un lote de telas y puntillas que, pensó, podrían ayudarla a decorar las muñecas que hasta ese momento sólo atesoraba en su imaginación.

Las primeras fueron creadas con papel maché. Eran “damitas victorianas” y, aunque entre risas reconoce no ser monárquica, admite que siempre le gustó el estilo de esa época.

Poco a poco sus nuevas creaciones fueron tomando lugar en el Alto Valle rionegrino. Otras viajaron hasta Buenos Aires y unas cuantas conocieron el Nahuel Huapi mientras decoraban los pasillos del hotel Llao Llao.

“Son de porcelana cocinada a 1.300 grados”, agrega acerca de las figuras que pueden tener entre 4 y 90 centímetros de alto. Algunas son piezas únicas y otras hasta cuentan con articulaciones en el mismo material. Ojos bien abiertos, mejillas sonrojadas y una pequeña sonrisa. Sus trazos, hechos a mano, llevan su sello distintivo.

Entre las figuras disponibles en la casa de muñecas también se lucen los soldados, muchos de ellos recopilados de la historia argentina. Explica que para todo hace falta conocimiento: “Hasta tuve que aprender sobre flores y animales de Bariloche”, agrega sobre otras intervenciones (ver aparte).

La fábrica

La recorrida por la casa continúa hasta dar con el taller. Una imponente vista hacia el lago con la isla Victoria de fondo hace más amenos los momentos de descanso.

Una caja se impone en el centro de la escena. Dentro de ella algunas figuras se apilan: torres de vigilancia, hombres a caballo y clérigos. Un hombre emerge desde el subsuelo. Es el esposo de Beatriz, ayer cumplieron 47 años de casados, quien llega con otra de las piezas que completará el último pedido que realizó un coleccionista.

Conrado de Monte es el responsable de darles forma a las imágenes de madera que, una vez en el tablero, representarán la Batalla de Culloden, un histórico episodio en el que escoceses y británicos definieron quién asumiría el trono en las islas.

Su armado demandó seis meses. El matrimonio y una de sus hijas tomaron la misión de recabar información acerca del proceso, las causas y las consecuencias, la vestimenta de los clanes y los soldados y hasta los rasgos característicos de los personajes de la época.

“En toda obra está el amor por lo que te gusta hacer”, se sincera Beatriz, quien asegura que cada una de sus creaciones no tiene plazos estimados y que, ante un momento de cansancio, respira profundo, se sumerge en una pileta de natación y vuelve a retomar el trabajo.

Para ella “no hay un punto final”, sólo acepta que su intervención disminuirá de a poco aunque se muestra feliz de saber que sus saberes perdurarán en el tiempo a través de sus hijas Lía y Eileen.

En números
1.300
grados es la temperatura de cocción de la porcelana.
4 a 90
centímetros de alto pueden tener las figuras que realizan Beatriz y Conrado.
Cada figura es una pieza única, con los rostros hechos a mano. Algunas muñecas cuentan con articulaciones,
también en porcelana.
Cuestión de tiempo

La madera es el ambiente natural de Conrado. Al menos eso demuestra en cada detalle que se puede observar en la casa de muñecas. Además de las figuras talladas a mano, se encarga de dar forma a las estructuras que contienen maquinarias única de su tipo, importadas directamente desde Alemania.

Son las 12. Uno a uno, los relojes convocan a un concierto de melodías que terminan cuando la última campana deja de vibrar. Los hay de cinco y hasta doce martillos, lo que permite variar la musicalidad de cada uno.

En un rincón Beatriz muestra con orgullo un Grandfather. Es el único en la sala. Sólo algunos presidentes, prefirió no dar nombres, lograron hacerse con uno de ellos. Otro fue llevado hasta Suiza, admirado por sus terminaciones y componentes.

El delicado arte que profesa Beatriz también puede verse en otros modelos. Aquellos que se alejan de los colores naturales llevan consigo representaciones de cuadros de Monet o una muestra de la flora y la fauna de la región.

DeBariloche