“Censura y dictadura, 1976-1983”

21 mar 2017 - 00:00
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La censura y prohibición de obras culturales acompañó a sangre y fuego la persecución, secuestro, asesinato y desaparición de personas durante la última dictadura cívico-militar. A partir del 24 de marzo de 1976 se produjo una sistematización del accionar represivo de las fuerzas armadas y policiales que se había iniciado en años anteriores, con los gobiernos de Onganía, Lanusse e Isabel Perón.

En el imaginario colectivo del Comahue existe la idea de que el accionar represivo de la dictadura en la región fue de “baja intensidad”. Como expone el historiador Pablo Scattizza, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional se instrumentó a lo largo y a lo ancho del país. Neuquén no fue la excepción.

Artistas e intelectuales de la región serían blancos predilectos: músicos como Naldo Labrín, libreras como Marta De Cea y Marta Echeverría, escritores como Mariano Villegas y Ricardo Fonseca, teatristas como Alicia Villaverde, César Altomaro y Alicia Pifarré (aún desaparecida). La sombría lista podría seguir para dar cuenta cómo la pertenencia a este campo se constituyó en un pasaporte al hostigamiento, la persecución, el secuestro, las torturas, las desapariciones y el exilio. Claramente, no fueron acciones de mentes extraviadas o ignorantes: configurar una nueva arquitectura cultural fue una pieza central del proyecto refundacional de la dictadura.

Uno de los objetivos militares menos conocidos fueron las cantoras campesinas del norte neuquino, fuertemente vigiladas y censuradas a través de Gendarmería Nacional. Estas mujeres debieron guardar sus guitarras y callar sus tonadas y cuecas, dado que esa música era considerada “chilena”. Otros casos paradigmáticos de la región fueron la bomba que estalló en la librería Libracos y la siniestra gestión de Remus Tetu en la Universidad Nacional del Comahue. A través de este interventor se contrataría al tristemente célebre represor Raúl Guglielminetti.

Se aspiraba a construir un modelo de sociedad acrítica y despolitizada. En abril de 1979, Videla tuvo un encuentro en Neuquén con jóvenes dirigentes, a quienes denominó “herederos de este proceso”. La defensa de las raíces del país y el programa de descentralización en educación y salud fueron algunas de las máximas con las que el presidente de la Junta Militar adoctrinaba a la juventud. En los noventa estas enseñanzas neoliberales se cristalizarían como políticas de Estado, con Menem en la Nación y Sobisch en Neuquén. ¿Casualmente? Este último había sido uno de los protagonistas de la reunión.

Para un gobierno que concebía a cada individuo como un enemigo real o potencial en tanto no se ajustara a los valores “occidentales” y “cristianos”, resultaba necesario que se buscase no sólo reprimir los actos simbólicos, sino también intervenir autoritariamente en la cultura y la educación. En palabras de Emilio Massera: “(...) el alma de los hombres se ha convertido en campo de batalla...”.

Lic. Nicolás Padín

Director de museos de Neuquén, Universidad Nacional del Comahue

Neuquén
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