Cambiemos no produjo el cambio, fue al revés

02 dic 2016 - 00:00
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El cambio ocurrió hace un año, con el estreno del balotaje en una elección presidencial. Lo que sucedió entonces fue la conformación de una nueva mayoría que superó a la parcialidad que había ganado en la primera vuelta. La competencia electoral mostró un juego inusual en la política argentina: reglas previsibles, resultados inciertos. Lo que en la actividad deportiva o económica llamamos fair play (juego limpio) valió también esta vez para la política. Con certidumbre de reglas, incertidumbre de resultados, eso es lo que distingue a una democracia competitiva y pluralista de un tipo de democracia delegativa o de partido hegemónico en la que se acomodan las reglas y leyes a medida de los propósitos del gobernante de turno o del elenco que controla el tablero. Recordemos lo que fue el proceso electoral del 2015, con las PASO definiendo una sucesión de requisitos que fueron llevando a los competidores a replantear sus estrategias y mensajes de campaña. Esta vez, el electorado les marcó la cancha a sus figuras protagónicas y las obligó a jugar un juego diferente. Fue una rareza para las tradiciones políticas nacionales y representó, por ello, la oportunidad de un potencial salto de calidad democrática.

La alianza Cambiemos fue la beneficiaria de ese cambio y la llegada de Mauricio Macri a la presidencia, su consecuencia. La sociedad argentina eligió para gobernar el país la segunda mitad de la segunda década del siglo XXI a un líder político que no provenía de los dos partidos tradicionales que representaron a lo largo del siglo veinte a las “mayorías populares”. Por primera vez un partido no peronista ni radical gobernaría la nación, la ciudad y la provincia de Buenos Aires en simultáneo. Ese mandato popular fue su principal fortaleza originaria.

Por otro lado se trataba de un gobierno que carecía de mayoría legislativa, tanto en Diputados como en el Senado. Esa fue su mayor debilidad de origen. Entendió que debía escuchar y explicar sus decisiones sin imponer su voz, que debería negociar, debatir, acordar y, si es preciso, conceder y corregir para poder aprobar las leyes. Un partido, el Pro, al frente de una coalición que debería combinar reorientaciones, cambios y continuidades, preservar gobernabilidad y tomar riesgos. Hace un año quedaba atrás una larga década en la que la política nacional gravitó en torno de un mismo apellido y un partido dominante. Por eso aquel 51-48% del balotaje de noviembre de 2015 puede considerarse como un punto de inflexión que demarca el paso de un tipo de democracia mayoritaria a otra de tipo más “consociativo”, donde el poder se encuentra más repartido y es necesario gobernar en base a coaliciones y acuerdos y consensos.

Quedaron así trazadas las líneas para un cambio real, no meramente circunstancial o retórico. Que los actores centrales de este juego lo hayan entendido así es otro asunto. Y aquí hay pros y contras.

Hubo aprendizajes en este año: se produjeron aciertos y se cometieron errores. Algunos fueron enmendados, otros seguirán aflorando con el tiempo. El presidente y su equipo empezaron a probar por el lado del diálogo para llegar a compromisos con los gobernadores provinciales, y no les fue mal. Lo mismo hizo con sindicalistas y empresarios. Tuvo también una favorable acogida en sus giras internacionales. El Congreso, por su parte, comenzó a funcionar como ámbito de discusión y producción legislativa: ya no se vota lo que manda el Ejecutivo o lo que impone el oficialismo sino lo que surge del trabajo de comisiones, con el concurso de oficialismo y oposición. Se fueron acotando, además, las facultades delegadas y poderes extraordinarios del Ejecutivo.

En las últimas semanas se vieron algunos resultados sorprendentes: 1) todos juntos, el kirchnerismo inclusive, alrededor de una misma mesa acordando en el Congreso el tratamiento de la ley de emergencia social y la reforma del impuesto a las Ganancias en sesiones extraordinarias; 2) el acuerdo logrado con empresarios y la CGT para evitar despidos de trabajadores hasta marzo del 2017; 3) el compromiso oficial de ampliar las partidas presupuestarias destinadas a planes asistenciales con los referentes de los principales movimientos sociales: Barrios de Pie, CTEP y CCC.

En la columna del “debe” hay que anotar que los resultados sociales y económicos están lejos de ser satisfactorios. Las previsiones optimistas sobre el segundo semestre no se cumplieron. Seguimos con inflación alta, la actividad productiva no arranca y el internismo, el cálculo mezquino y la especulación política inmediata son moneda corriente. La reforma electoral, sobre la que tanto se habló y discutió en estos meses, quedó “cajoneada” por lo menos hasta el año que viene. Y mientras tanto tampoco ayuda la idea de que cuando la economía empiece a dar signos auspiciosos de recuperación habremos superado el momento más difícil y estaremos embarcados en un nuevo ciclo de crecimiento y bienestar. Es un problema de acción colectiva que nos complica siempre: una racionalidad individualista y utilitaria deviene en resultados cuanto menos frustrantes para el conjunto social. Además del problema de inversión en los términos, la economía no dará signos más alentadores y los más graves problemas sociales –pobreza, desempleo o subempleo, inseguridad– no se resolverán con éxito, mientras no exista un atractivo impulso público-privado animado de proyectos sugestivos y viables de desarrollo. Es lo que está faltando para ser verdaderos protagonistas –y conscientes– de ese cambio necesario.

Hace un año
quedaba atrás una larga década en la que la política nacional gravitó en torno
de un mismo
apellido y un partido dominante.
Hubo aprendizajes en este año: se produjeron aciertos y se cometieron errores. Algunos fueron enmendados, otros seguirán aflorando con el tiempo.
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