Ceremonia de despedida

18 oct 2013 - 00:00
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Martín Insaurralde se imagina que Cristina aún no se ha enterado del escándalo memorable que fue provocado por uno de sus soldados predilectos, Juan Cabandié, ya que estará guardando “estricto” reposo, absteniéndose de leer los diarios, mirar los noticieros televisivos o escuchar radio. Aunque cuesta creer que la presidenta se haya desvinculado tanto del resto del mundo como aventura el candidato que ella eligió para llevar la bandera oficial en la provincia más poblada, no cabe duda de que su ausencia está haciéndose sentir. Por ser cuestión de una persona que no sólo trataba de apropiarse del sumo del poder sino que también se esforzaba para que todos lo supieran, no bien se enfermó nuevamente comenzó a difundirse la sensación de que en adelante nada sería como antes. Poco a poco, la ciudadanía se está acostumbrando al silencio de una presidenta que, durante años, procuró hablarle casi todos los días para que se mantuviera al tanto de sus pensamientos acerca de una multitud de temas, algunos importantes, otros triviales: lo terribles que eran los años noventa, los méritos de ciertos próceres y las deficiencias de otros, los costos humanos de la austeridad europea y, en una ocasión, las propiedades afrodisíacas de la carne porcina. Sin Cristina de visita en el televisor del living, la vida no será igual. Los especialistas en monitorear las vicisitudes de la opinión pública nos informan que, de resultas de la enfermedad de Cristina, la gente la aprecia más, pero que el cambio que creen haber registrado no ayudará mucho a sus representantes, entre ellos Insaurralde, en las elecciones legislativas que pronto se celebrarán. De ser así, se trata de una señal de que el país ya propende a ubicarla en el pasado, no en el presente ni, desde luego, el futuro. Muchos la echarán de menos, pero la mayoría no la querrá de vuelta. Aun cuando Cristina se recuperara por completo de sus diversas dolencias, lo que a esta altura parece poco probable, no le sería fácil convencer a la gente de que sigue siendo la presidenta todopoderosa de antes, la persona que, además de manejar un “modelo” económico radicalmente heterodoxo con “sintonía fina”, repartía subsidios sobre la base de criterios a veces misteriosos, tomaba todas las decisiones diplomáticas, pronunciaba un discurso tras otro por la cadena nacional y se encargaba de revisar, modificándolas, las listas de candidatos electorales de hasta los distritos más pequeños. Una mirada perdida, una mueca poco habitual, un tropiezo o cualquier otro síntoma aparente de malestar físico o psíquico serán tomados por evidencia de que su salud no ha dejado de ser precaria. Lo entiendan o no, quienes dicen que todos tendrían que colaborar para que transcurran sin sobresaltos los más de dos años que la separan del día final de su mandato constitucional están contribuyendo a marginarla. Con bondad, insinúan que, para ella, los dos años tendrán que ser de reposo, acaso no tan “estricto” como aconsejan los médicos pero así y todo lo bastante tranquilo como para forzarla a delegar responsabilidades, alternativa ésta que, claro está, no le haría ninguna gracia. Por lo demás, entre sus colaboradores no hay nadie en condiciones de reemplazarla. La noción de que, hasta nuevo aviso, el país quede en manos de Amado Boudou, Carlos Zannini y Máximo Kirchner es francamente ridícula. También lo es la realidad de que la senadora Beatriz Rojkés de Alperovich se encuentra detrás del vicepresidente en la cola de sucesión, Política avezada, Cristina sabrá que, en su caso particular, no le serviría adoptar un perfil bajo. En otros tiempos, un líder “carismático” podía hacerlo con impunidad, pero en el mundo hiperconectado actual las reglas del juego político son muy distintas. Por depender tanto su imagen de su presencia física o, por lo menos, mediática, la presidenta querrá regresar lo antes posible. Según Daniel Scioli, reanudará sus actividades públicas “en los próximos días”. Es lo que hizo, por los mismos motivos, su marido Néstor Kirchner; poco después de ser sometido a una angioplastia, participó de algunos actos públicos bulliciosos. Como todos recuerdan, su negativa desafiante a prestar atención a los médicos le costó su vida. A Cristina no se le será dado librarse de la compañía de este precedente luctuoso. Toda vez que aparezca en público, millones de médicos aficionados se interesarán más en detectar presuntos síntomas de una recaída inminente que en lo que diga. El país está alejándose del kirchnerismo y de cuanto significa: un “modelo” voluntarista que parece haber adquirido vida propia, escapándose de las manos de los encargados de administrarlo, la retórica furibunda de los militantes, los malabarismos presuntamente ideológicos de filósofos que tratan de explicarnos lo que es, o a su juicio debería ser, el sentido profundo del “relato” oficialista. Quienes abandonan a Cristina se mueven de manera subrepticia –no quieren herir a una señora enferma, susurran– y con mucha cautela, ya que temen que en cualquier momento podría castigarlos por su traición, pero saben que dadas las circunstancias no tienen más opción que la de buscar un lugar en otro “proyecto”. Muchos ya lo han hecho en diversas oportunidades: como futbolistas profesionales, al cambiar de club, juran lealtad eterna a la nueva camiseta por suponer que el fervor manifestado podría tentar a los gerentes de un equipo rival a ofrecer pagarles todavía más por sus servicios. Mientras tanto, están procurando consolidarse las agrupaciones que aspiran a tomar la posta, como dijo hace poco el jefe de una, Scioli, el único político que da a los kirchneristas la posibilidad de incorporarse a lo que espera resulte ser el próximo movimiento hegemónico, aunque para hacerlo les sería necesario abandonar el urticante “estilo K”. Las coaliciones que están formándose detrás de Scioli, Sergio Massa, Hermes Binner y Mauricio Macri quieren caracterizarse por su moderación, pluralismo, espíritu dialoguista y sentido práctico. Suponen que el país está cansado de los enfrentamientos estériles y brotes de fanatismo que atribuyen a los kirchneristas. Tendrán razón, pero no pueden sino entender que, para superar los problemas que aguardan a quienes tomen la posta, será necesario algo más que la voluntad de los así privilegiados de comportarse como dirigentes civilizados. Quisieran que Cristina se encargara de la parte más difícil, pero aun cuando fuera óptimo su estado de salud, no sería capaz de hacer mucho más que atenuar el impacto, que amenaza con ser muy fuerte, de lo que ya ha hecho.

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