Donde el que no corre vuela

12 ene 2018 - 00:00
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Así como los atletas africanos de Kenia y Etiopía se destacan por su resistencia, los nacidos en Jamaica sorprenden por su velocidad. Despierta curiosidad saber cómo una pequeña isla de las Antillas es capaz de competir y ganarles a potencias mundiales con la más sofisticada tecnología.

La población de Jamaica, de casi tres millones de habitantes, es de origen africano o mestiza (con europeos), descendiente de los esclavos traídos entre los siglos XVII y XVIII. Entre las minorías, se encuentran las provenientes del sudeste asiático y europeo. Cerca de un 45% de la población vive en áreas rurales.

Muchos de sus pobladores forman parte del movimiento espiritual rastafari. Dicha corriente no cree en la muerte, ya que afirman que los humanos son almas y los cuerpos son únicamente sus depósitos temporales.

Los géneros musicales como el ska, reggae, rocksteady, dub, dancehall, ragga y ragga jungle se han desarrollado en Jamaica. Todas estas características hacen de la isla un lugar singular, pero no alcanzan a explicar por qué sus atletas son tan ligeros.

Para responder a tal enigma, las principales hipótesis surgen de una combinación de factores:

1) La genética y la composición muscular: buena parte de la población tiene fibras A de contracción rápida. Dada su gran adaptación para los esfuerzos anaeróbicos, son fundamentales para carreras cortas donde se requiere explosividad. Largas piernas y un poco de grasa subcutánea, características de los descendientes de africanos, ayudan a su vez a tener un mejor tranco y levantar más las rodillas.

2) Elementos culturales: el atletismo es una tradición y se practica desde edades tempranas. En marzo de cada año se congregan multitudes para presenciar los Campeonatos Escolares, en los que más de mil atletas de entre 12 a 18 años compiten en 30 eventos durante cuatro días.

Estas competencias se celebran desde 1910 y desde la independencia del país en 1962 se llevan a cabo en el Estadio Nacional de Kingston. De allí surgen las principales promesas, que suelen ser captadas por universidades estadounidenses. Los niños jamaiquinos en lugar de jugar al fútbol o lanzar al aro corren.

3) La alimentación: Rachel Irving, investigadora de la Universidad de Antillas, entiende que en el pescado, papas, bananas, ackee (la fruta nacional), un tubérculo llamado ñame o yam y el té de menta está el combustible que el atleta necesita para correr.

4) La obsesión por la técnica: cuando en Londres 2012, Usain Bolt, Yohan Blake y Weir Warren ganaron respectivamente las medallas de oro, plata y bronce, en 200 metros llanos, la hegemonía jamaiquina llegó a su cúspide.

Semejante conquista demuestra la riqueza técnica de los movimientos, sobre la que se insiste hasta el hartazgo. El caso de Usain Bolt fue paradigmático, ya que ser alto se percibe normalmente como una desventaja para los velocistas al comienzo de las carreras. Pero los investigadores observaron que a medio camino la altura del cuerpo de Bolt hizo posible que pueda mantener una velocidad alta durante un tiempo mayor y desacelerar a una tasa más lenta que otros velocistas más bajos. Esa amplitud de zancada alcanzó los 2,47 m promedio: 20 cm más que la mayor parte de sus competidores, lo que no evitó que él lograra además una elevada frecuencia de pasos.

Dueño el récord olímpico de 100 m llanos, logrado en Londres 2012 con 9,63 segundos, y del récord mundial logrado en Berlín 2009 con 9,58 segundos, su figura se extraña en el mundo del deporte. Por su carisma, su sonrisa fresca y su cuota de excentricidad, ha dejado mucho más que marcas en una pista.

Mucho se recuerda la anécdota de aquel camarógrafo que torpemente lo hizo caer luego de ganar los 200 m del Mundial de Beijing 2015, sin que por ello Bolt perdiera su buen humor. Su personalidad ha sido una brisa fresca en un microclima tan tenso como el del atletismo.

Quizás en su descontractura haya contribuido mucho el país que lo vio nacer. Una isla caribeña donde el reggae, el rum, el té de hibisco y las playas subyugan los sentidos. Un lugar donde las cadencias y los ritmos de la música se mezclan a diario con los pasos de los hombres al correr.

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