El drama de los pueblos originarios

08 dic 2017 - 00:00
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La Argentina dista de ser el único país en que, para desconcierto de muchos buenos ciudadanos, militantes que dicen pertenecer a un “pueblo originario” se han alzado en rebelión contra el orden existente. Aunque en la mayoría de los casos los activistas prefieren luchar de manera menos beligerante que la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM), movimientos parecidos están provocando problemas en otras partes de América Latina, además de Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos; mientras que en el resto del mundo los integrantes de minorías étnicas o lingüísticas también están reclamando más respeto por sus derechos.

Hasta hace apenas medio siglo, era habitual dar por descontado que, por lamentable que hubiera sido el expansionismo de ciertos pueblos a costa de otros, sería peor que inútil procurar volver atrás el reloj. A lo sumo, sería una cuestión de conservar algunas tradiciones pintorescas, llenar museos de artefactos folclóricos considerados interesantes y grabar lo que decían quienes aún hablaban un idioma en vías de extinción.

Pero desde entonces mucho ha cambiado. Al difundirse la sensación de que nuestra civilización occidental deja muchísimo que desear y ponerse de moda el multiculturalismo, causas antes minoritarias comenzaron a recibir el apoyo decidido de las elites socioeconómicas, de las fundaciones que manejaban los medios periodísticos más prestigiosos y partidos políticos progresistas.

Detrás de lo que está sucediendo está el fuerte sentimiento de culpa que se ha apoderado de sectores importantes de las clases dominantes de los países calificados de avanzados. Felizmente para quienes denuncian con pasión la conducta inhumana de sus antecesores y se afirman resueltos a recompensar a las víctimas de sus atropellos brutales, no les será dado deshacer la historia, de suerte que seguirán disfrutando de los beneficios que fueron posibilitados por crímenes cometidos hace mucho tiempo, pero sí pueden felicitarse por su propio compromiso tardío con valores más elevados.

Lo que quieren los presuntos voceros mapuches es obligar a quienes gobiernan el país a tratar lo que sucedió hace más de un siglo según pautas actuales conforme a las cuales es ilegítimo apropiarse de territorio ajeno por la fuerza de las armas. ¿Y los derechos adquiridos por quienes a partir de la Conquista del Desierto han vivido en distintas zonas de la Patagonia? Irónicamente, en la Argentina hay bibliotecas atiborradas de libros escritos por juristas firmemente convencidos de que la ocupación prolongada de un lugar no confiere derecho alguno. Los partidarios de los mapuches coinciden.

Puede que en muchas partes del mundo la llamada “política de la identidad” esté perdiendo su atractivo por ser tan divisiva, pero aun así la marginación de muchos “pueblos originarios”, sean los sometidos tiempo atrás por españoles, franceses o británicos en el hemisferio occidental o en el resto del mundo por rusos, chinos y otros, incluyendo a los árabes, sigue pesando en la conciencia de los biempensantes.

Los gobiernos de Canadá y Australia han reaccionado frente a las presiones poniendo en marcha programas sociales, económicos y culturales muy costosos que, esperan, servirán para tranquilizar a los activistas, pero los resultados han sido decepcionantes. Con escasas excepciones, los miembros de grupos indígenas suelen ser mucho más pobres que sus compatriotas de origen europeo o asiático y de nivel educativo inferior. Tampoco han servido para mucho los pedidos de perdón de primeros ministros, presidentes y jerarcas eclesiásticos.

El que tantos crean inaceptable la solución tradicional que consiste en impulsar la plena integración, ya que a su juicio presupone una forma de genocidio cultural, se ha erigido en un obstáculo casi insuperable, pero puede que, desde el punto de vida de los individuos de origen indígena y sus descendientes, sea la alternativa menos mala. Para abrirse camino en las sociedades contemporáneas, una persona tendrá que dominar la cultura imperante, lo que no le será fácil si, so pretexto de proteger las tradiciones ancestrales de influencias foráneas, se cría en una suerte de reserva etnográfica.

Los lingüistas nos advierten que de las siete mil lenguas que todavía se hablan más de dos mil podrían desaparecer en los años próximos. Lo mismo sucederá con “la identidad” de muchos pueblos. Compartirán el destino de otros que una vez eran poderosos, como el etrusco. Por lo demás, a menos que se revierta muy pronto la caída estrepitosa de la tasa de natalidad en Europa, los acompañarán en el viaje hacia la noche de los tiempos muchos pueblos que, hasta hace muy poco, confiaban en tener el futuro asegurado.

Irónicamente, hay bibliotecas atiborradas de libros escritos por juristas firmemente convencidos de que la ocupación prolongada de un lugar no confiere derecho alguno.

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