El malvado siempre es el otro

12 ago 2017 - 00:00
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La mayoría de las creencias son falsas, pero todos piensan que aquello en lo que creen es verdadero. De esa manera se agrega una nueva falsedad a la lista de las creencias falsas. Y esa ceguera sobre la falsedad de nuestras creencias no es una mera falsedad más: es la razón de nuestro enceguecimiento. Es lo que permite que sigamos creyendo falsedades y sigamos creyendo que son ciertas. Como dice el Evangelio: “Se ve la paja en el ojo ajeno y no se ve la viga en el propio”.

En el escenario de la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están completamente equivocados. Y esta forma de ver las ideas propias (como ciertas) y las ajenas (como erróneas) es universal: no depende de tal o cual ideología política.

Sostener ideas falsas (y sostenerlas fervientemente) no sólo es un problema para la vida de las personas tomadas individualmente, sino de las sociedades en su conjunto. Cuando la amalgama social se resquebraja y un sector con poder trata de imponer al conjunto su propia visión como la única versión aceptable de la realidad se desata la violencia (al menos, discursiva).

Esa guerra por el sentido (de la que habló Nietzsche en “La genealogía de la moral”, y que retomó Foucault en “Las palabras y las cosas”) puede darse en el ámbito general de la convivencia ciudadana (y en la política, hasta llevar a la guerra civil) o puede darse en ámbitos más acotados (en los que se desarrollan luchas para lograr el reconocimiento de tal o cual derecho que hasta el momento no es admitido como tal).

La guerra civil argentina entre 1810 y 1880 entre unitarios y federales es un buen ejemplo de la lucha global política por el sentido que debería tener la Argentina como país que se estaba fundando. Las luchas que iniciaron los primeros sindicalistas anarquistas a fines del siglo XIX por los derechos de los trabajadores son ejemplos claros de los combates parciales para que se reconocieran nuevos derechos (que por aquel entonces eran inexistentes –como la jornada de ocho horas o el descanso semanal– y hoy nos parecen absolutamente lógicos).

La historia nos muestra que todas las facciones en pugna pensaban que sus creencias eran no sólo las verdaderas sino las mejores. En medio de los combates muy poca gente es capaz de pensar racionalmente. Y olvidamos las crueldades y horrores que ambos bandos cometieron. Muchos patrones conservadores llamaron al Ejército para que dispare contra los trabajadores desarmados y muchos anarquistas pusieron bombas para destruir a sus enemigos, pero en el medio murieron incluso niños.

Si hoy se hiciera una encuesta en los países occidentales sobre qué se opina del nazismo es muy probable que casi la totalidad lo considerase un movimiento demoníaco. Pero ese mismo sector social no opinaba lo mismo hace 80 años, en pleno nazismo. La mitad (en algunos países más, en otros menos) de la clase media occidental adhería al fascismo o al nazismo. Y no sólo era un apoyo que sostenían masas ignorantes: gran parte de la dirigencia política europea veía a Hitler y a Mussolini con simpatía. Hasta un hombre que luego los combatió aguerridamente como Churchill admiraba a ambos líderes hasta un par de años antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial.

¿Cómo fue posible que tanta gente haya aplaudido a regímenes que hoy nos parecen horribles (desde la Inquisición hasta el comunismo, desde los campos de concentración hasta la esclavitud o la segregación racial)? Por la misma razón por la que hoy se apoyan ideas y acciones que en un futuro no muy lejano verán como horribles, pero que hoy a muchos les parecen positivas: porque creyeron entonces (y también ahora) que sus creencias son verdaderas y que, además, son buenas. Todos los horrores de la historia se produjeron siempre en nombre del bien.

Hitler persiguió a los judíos, homosexuales, gitanos y enfermos para “limpiar” a Alemania de la “escoria” y permitirle así crecer sana y fuerte (y millones aplaudieron esa creencia). La Iglesia católica desató la Inquisición –imponiendo la tortura y la humillación pública– para infundir el bien.

Mientras más preocupada esté una creencia por limpiar al mundo de los que considera “malos” más se parecerá al fascismo o la Inquisición. Cuando se cree que el otro es el culpable (de cualquier cosa que nos moleste) y que tal “bando” es el de los “buenos” (y el de enfrente es el de los “malos”) más cerca se está de pensar como los nazis.

Hoy la gente autoritaria suele disfrazarse de justiciera: quiere que todos los que cometen una acción que no les gusta sean destruidos (incluso ni importa que haya pruebas del “delito”, con la simple denuncia pública basta). Las redes sociales están llenas de personas que enloquecen ante cada denuncia (sin pruebas). El clima de caza de brujas está servido: nadie puede contradecir la creencia de los que denuncian y persiguen al mal. Al igual que durante la Inquisición o el nazismo es imposible tratar de razonar con los que los que luchan por el bien.

Si queremos un mundo mejor no será llevando a los “malvados” a la picota, sino poniendo en duda nuestras creencias más arraigadas. Si lo hacemos correctamente, dejaremos de ver a los que piensan y actúan distinto como enemigos que deberíamos destruir.

Sólo así habremos dado un paso en el largo camino de la civilización.

En la política partidaria es fácil comprobar que casi todo aquel que tiene una idea arraigada cree que todos los que no piensan como él están equivocados.
Hoy la gente autoritaria suele disfrazarse de justiciera: quiere que todos los que cometen una acción que no les gusta sean destruidos (no importa que haya pruebas del “delito”).

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