El polvorín iraní

31 may 2013 - 00:00
Comparte esta noticia

Puede que haya algunas novedades incluidas en las 500 páginas del dictamen que acaba de presentar el fiscal de la causa AMIA, Alberto Nisman, en el que describe cómo el régimen de los ayatolás ha instalado “estaciones de inteligencia” en América Latina y el Caribe anglófono con el propósito de “cometer, fomentar y patrocinar actos terroristas, en consonancia con sus postulados de exportación de la revolución iraní”, pero tales detalles aparte, se trata de algo que ha sido de dominio público desde hace años. Con todo, si bien los norteamericanos, europeos y, claro está, israelíes han estado al tanto de las actividades de los islamistas chiitas, no parecen haberlas tomado muy en serio, acaso por suponer que sería escasa la posibilidad de que muchos latinoamericanos cayeran en la tentación de plegarse a una revolución tan exótica como la propuesta por los sanguinarios clérigos iraníes. A diferencia del comunismo y ciertas variantes no racistas del fascismo, se habrán dicho, el islamismo es radicalmente ajeno a las tradiciones occidentales que imperan en la región y por lo tanto carecería de atractivo. De ser así, se equivocaban. Desde el punto de vista de aquellos contestatarios que buscan pretextos para luchar, por los medios que fueren, contra lo que queda del orden internacional regido por Estados Unidos, los revolucionarios iraníes son aliados muy valiosos. Aunque el recién fallecido comandante Hugo Chávez nunca habrá soñado con convertirse a la versión chiita del islam, encontró en su homólogo iraní Mahmoud Ahmadinejad “un hermano”; fiel al viejo principio de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, lo abrazó como un camarada de armas en la guerra sin cuartel contra el Gran Satanás yanqui, para entonces facilitar la penetración iraní en la región. Asimismo, en Europa y en Estados Unidos muchísimos izquierdistas respaldan a los islamistas, tanto sunnitas como chiitas, a pesar de que, conforme a su propio credo, son fanáticos ultraconservadores que, entre otras cosas, castigan la homosexualidad con la muerte y son ferozmente contrarios a cualquier manifestación de feminismo, porque, a su entender, el imperialismo occidental y el capitalismo son peores. La influencia de la izquierda radical, artífice principal del “multiculturalismo” y de la “corrección política”, ha sido tan fuerte que incluso gobiernos de otro signo siguen siendo reacios a reconocer que el expansionismo islamista plantea un desafío auténtico; prefieren creer que sólo es cuestión de una reacción natural de una minoría reducida frente a los atropellos perpetrados por los occidentales y que, dentro de poco, terminará de ocasionarles problemas. En su opinión, es decididamente más peligrosa la llamada “islamofobia” de quienes afirman que el islam, un conjunto de doctrinas que no se destacan por la tolerancia hacia otros cultos religiosos o el secularismo, es intrínsecamente incompatible con la democracia pluralista. Nisman hizo público su dictamen para ayudar a los desconcertados por el giro espectacular de la política exterior argentina que, para extrañeza de todos salvo ciertos integrantes del entorno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, ha hecho del acercamiento a la República Islámica un asunto tan importante que pasó por alto las protestas de voceros de la comunidad judía y el estupor que causó en las capitales del mundo occidental. ¿Lo hizo a fin de congraciarse con los cubanos y los bolivarianos de Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua? ¿Estaban en juego algunos intereses comerciales? ¿Quería Cristina desquitarse de aquellos dirigentes occidentales que en privado se han mofado de ella? ¿O es que realmente creía que los iraníes colaborarían en un esfuerzo por identificar a los responsables del atentado contra la sede de la AMIA en que murieron 85 personas? Sea como fuere, le hubiera sido difícil elegir un momento menos oportuno para romper filas con los preocupados por el programa nuclear iraní, por la intervención de los ayatolás en la guerra civil que está destrozando a Siria y sus actividades desestabilizadoras en Irak, donde la violencia sectaria se ha intensificado mucho últimamente. Mientras que las potencias occidentales están tratando de aislar al régimen iraní para forzarlo a abandonar sus ambiciones revolucionarias y resignarse a ser un país “normal”, la Argentina ha optado por solidarizarse con quienes no ocultan su voluntad de solucionar finalmente el “problema judío” liquidando al Estado de Israel, además de erigirse en una gran potencia regional, eventualidad ésta que preocupa sobremanera a sus vecinos árabes mayormente sunnitas. Es fácil subestimar la capacidad de los revolucionarios chiitas para provocar estragos no sólo en el Oriente Medio sino también en el resto del planeta. A ojos de los occidentales, sus convicciones parecen tan estrafalarias y sus aspiraciones tan desmedidas que les cuesta creer que podrían perjudicarlos. Aunque los imperios europeos fueron desmantelados hace décadas y el poder estadounidense ha mermado, el grueso de los occidentales, sean izquierdistas o derechistas, autoritarios o libertarios, sigue íntimamente convencido de que en última instancia su propia cultura es protagónica y que otros pueblos son forzosamente víctimas incapaces de independizarse mental o anímicamente de quienes los dominaron en el pasado. Toman el resurgimiento del islamismo militante por un mero fenómeno poscolonial, incorporándolo de este modo a los debates políticos locales, privándolo así de autonomía y por lo tanto minimizando su importancia. Pues bien: pronto sabremos si el presidente norteamericano Barack Obama o el gobierno israelí creen que sería mejor convivir con un Irán nuclear de lo que sería hacer cuanto resulte necesario para impedir que su programa en tal sentido brinde los frutos previstos. También sabremos si, merced a la intervención de Irán, el dictador sirio Bashar al Assad logre poner fin a la rebelión sunnita que tantas decenas de miles de muertos, y millones de refugiados, ya ha costado y si la precaria democracia iraquí puede sobrevivir a conflictos a los que los iraníes están haciendo una contribución importante. Lo entienda o no Cristina, el Oriente Medio seguirá siendo una región desgarrada por guerras atroces por muchos años más, razón por la que a un país tan vulnerable como la Argentina le convendría tratar de mantenerse lo más alejado posible de una zona que se asemeja a un polvorín que en cualquier momento podría estallar, con consecuencias fatales para muchos que se le acercaron demasiado.

NEWSLETTER

Suscribite a “Noticias del día” Recibí todas las mañanas un correo con toda la información.