Empoderar al pueblo

28 may 2013 - 00:00
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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anunció que creará las “Milicias Obreras Bolivarianas”, conformadas por dos millones de militantes a quienes se les darán armas con el objetivo de “entrenarlos para defender la patria” y generar “respeto” entre los opositores políticos. Maduro pidió la formación de una “unión cívico-militar”, por considerar que “es clave que la fuerza que tiene la clase obrera del país esté entrenada para defender la patria con su disciplina, con su armamento, con su uniforme”. En forma coincidente con este anuncio, en Argentina el gobierno se apresta a organizar otras brigadas populares, en este caso desarmadas, para controlar los precios. “Seremos más respetados si las milicias obreras tienen 300.000, 500.000, un millón, dos millones de obreros y obreras uniformados, armados, preparados para la defensa de la soberanía, de la patria, de la estabilidad de la Revolución Bolivariana”, explicó Maduro en el acto transmitido por Venezolana de Televisión (VTV). Le respondió rápidamente el secretario ejecutivo de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), Ramón Guillermo Aveledo: “En caso de que la orden de Maduro no apunte a enfrentarnos unos contra otros sino a formar defensores de la soberanía nacional, debería explicarlo mejor”, señaló “¿Para qué armar a obreros, médicos, empresarios, dirigentes vecinales o jugadores de béisbol si en un Estado de derecho el monopolio de las armas lo tienen los cuerpos del Estado, la Fuerza Armada, la Policía, y las utilizan además en actos que son supervisables?”. La pregunta de Aveledo difícilmente consiga una respuesta del gobierno chavista. Desde una perspectiva democrática, las únicas fuerzas que pueden ser armadas son las que están previstas en la Constitución, ya sea para la defensa exterior o para preservar la seguridad interior y asegurar el cumplimiento de la ley. El monopolio del poder coactivo que se reserva el Estado es, justamente, su principal rasgo de identidad. Un Estado que tolera que el uso de la fuerza quede en manos de grupos o facciones políticas es un Estado que no merece el nombre de tal, puesto que ha perdido el más relevante de sus atributos. No obstante esta clara regla democrática, el populismo ha reivindicado en múltiples ocasiones la necesidad de “armar al pueblo” para defender la gesta revolucionaria en marcha. El problema es que “el pueblo” del populismo es una entelequia, una mera creación literaria, una abstracción que, por consiguiente, carece de voluntad y de palabra. Por ese motivo, el pueblo del populismo sólo puede ser hablado por su líder. Quien habla en nombre del pueblo e interpreta su voluntad y sus deseos es un ser humano de carne y hueso que, como se ha comprobado decenas de veces en la historia de América Latina, se limita a enmascarar de esta forma sus delirios personales o sus intereses facciosos. En definitiva, armar al pueblo es un simple pretexto para aumentar el poder personal del capitoste de turno. Existe una sutil conexión entre la iniciativa del presidente venezolano y las directivas impartidas por la presidenta Cristina Fernández al encargar a unas difusas brigadas de militantes el control de los precios dictados por Guillermo Moreno. En ambos casos estamos ante propuestas que eluden los cauces institucionales y pretenden legitimarse en la inasible defensa de los “intereses populares”. En las sociedades modernas, probablemente debido a su probada ineficacia, no existen sistemas de control de precios. Pero, en la eventualidad de que los hubiera, los únicos autorizados a controlarlos serían los funcionarios públicos dotados de autoridad para dar fe de lo registrado en sus actas de infracción. Desde una perspectiva política, ambas iniciativas, tanto la venezolana como la ordenada por Cristina Fernández, son contraproducentes, poco meditadas, destinadas a fracasar en su aplicación práctica e inevitablemente irritativas. En el caso de Venezuela, los afectados son los integrantes de las fuerzas armadas que, por más bolivarianos que se consideren, no pueden ver con agrado el nacimiento de una fuerza armada rival. Naturalmente, también se siente agraviada esa mitad de ciudadanos venezolanos que votó en contra de la continuidad del populismo y que sólo puede percibir como agresiva una medida que de entrada se anuncia que va dirigida a “ganar el respeto” del gobierno frente a las críticas de la oposición. Por su parte, la medida de control popular de precios en Argentina carece de apoyo legal y está destinada a generar una suerte de velada intimidación sobre los pequeños y medianos comerciantes. Se trata de una decisión que generará malestar en ese extenso sector económico y eventualmente podría dar lugar a situaciones de “aprietes” o “escraches”, es decir, actuaciones fuera de la ley. Como, de acuerdo con la frondosa experiencia histórica, carece de toda posibilidad de alcanzar resultados prácticos, el resultado final será necesariamente negativo. La adopción de medidas de parcheo, cortoplacistas y la mayoría de las veces ineficaces, está directamente relacionada con el estilo de gestión personalista tan característico de los gobiernos populistas. Los liderazgos mesiánicos –en especial cuando son creaciones artificiales– se basan en el ordeno y mando. No existe labor de equipo, no se celebran reuniones de gabinete de ministros y se adoptan iniciativas poco meditadas que inauguran nuevos problemas. Por otra parte, las concepciones épicas de la política, que se alimentan de un relato que reproduce el enfrentamiento bíblico entre el Bien y el Mal, han sido siempre despreciativas de la buena gobernanza. La preocupación por la gestión eficaz ha sido tildada de prurito “neoliberal”. El resultado de ese reduccionismo ideológico que lleva al fracaso económico es ahora visible en Venezuela, donde la anecdótica falta de papel higiénico alcanza el valor simbólico de una metáfora política. El gobierno chavista, emulando ese rasgo tan peculiar del populismo que elude el reconocimiento de las propias responsabilidades, ha atribuido el problema de la falta de papel sanitario al éxito revolucionario. Según proclaman, el socialismo del siglo XXI ha conseguido que ahora los venezolanos “coman mucho”.