Hace 49 años era destituido el presidente Arturo Illia

27 jun 2015 - 00:00
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A las 7:10 del 28 de junio de 1966 abandonó la Casa Rosada. En las primeras horas de ese día, un colaborador había propuesto que todas las puertas de acceso fueran cerradas con llave. La esperanza era dejar sentado el símbolo de la violación. Fue un acto de resistencia formal. La conspiración cívico militar estaba en su punto culminante y, sin reparos, produjo la destitución del presidente constitucional. Se consumaba el quinto golpe de Estado en la Argentina del siglo XX.

Illia fue elegido presidente en 1963. El respaldo electoral fue débil, sólo el 25%. La proscripción del peronismo inaugurada en 1955 estaba vigente y el intento de superarla, por parte de Arturo Frondizi, se sumó como una de las causas de su destitución en 1962. Arturo Illia continuaba el ciclo de las democracias restringidas bajo el contexto del “golpe de Estado permanente”, según el historiador francés Alan Rouquié.

De fuertes convicciones, Illia calificaba al gobierno peronista de 1946-1955 de autoritario. En los minutos finales del golpe palaciego el presidente les recriminó a los uniformados proceder igual que en “la otra tiranía”, cuando bajo el “cumplimiento de órdenes” en la noche se violaban domicilios para arrestar disidentes.

El presidente electo para el período 1963-69 es despojado de su poder y expulsado de la Casa Rosada. Esa madrugada del 28 de junio está impregnada de episodios, discusiones, traiciones que marcaron la vida institucional y cultural de los argentinos.

Se puede reprochar a Illia haber participado de elecciones condicionadas, con un enorme sector de ciudadanos impedidos de elegir a sus dirigentes preferidos. También, vale recordar, la promesa de la campaña de abrir, sin restricciones, el juego democrático a todas las opciones políticas. Un punto que, al igual que Arturo Frondizi, trató de cumplir.

El peso del partido militar más fuerzas civiles influyentes impidieron el desarrollo de la libre participación electoral. Factores de poder y grupos de presión operaron para ultimar el mandato Illia. La integración de los gabinetes de facto es reveladora de las representaciones civiles.

En aquellos tiempos, el valor de la democracia como sistema de convivencia no se registraba decisivo para el desarrollo armónico del país. El ritmo de cambios de la década de 1960, en especial la revolución cubana más el contexto de la Guerra Fría, sometía al gobierno radical a decisiones que acarreaban contratiempos en la gestión.

La negativa de enviar tropas que compartieran la intervención de Estados Unidos en Santo Domingo, en el estallido de una resistencia popular con connotaciones revolucionarias, distanció para siempre al poder militar del presidente.

La debilidad de su gobierno no fue obstáculo para cancelar contratos petroleros, limitar los ingresos de la industria farmacéutica internacional, anular el estado de sitio, alejarse de los programas ortodoxos del FMI y repuntar el crecimiento del PBI y el superávit del comercio exterior.

Las fuerzas sindicales no observaban al presidente como proactivo en sus demandas. Varios de sus encumbrados dirigentes asistirían a la asunción del general Onganía como presidente de facto.

La fuerza de la conspiración se sustentó en varios frentes que merecen el análisis: la comunicación social a través de medios creados o apropiados para desmerecer su figura, la nula difusión de los aciertos de gobierno -”no hacemos tanto para utilizar recursos para informar al pueblo”-, un exceso de austeridad republicana que lo dejaría expuesto a mensajes denigratorios, humillantes de su imagen.

En la actualidad se estima que tanto la debilidad de votos (25%) para alcanzar el poder como la ausencia de una política de comunicación de la gestión desarrollaron un síndrome de inquietud en los gobiernos posteriores.

Al hombre desalojado por la fuerza en las primeras horas de la mañana del 28 de junio de 1966 se lo recuerda con cierta melancolía no exenta de autocríticas a la indiferencia, alivio o convencimiento de que su caída era dar paso a la construcción de un país sin la intervención de su pueblo.

El periodista Gregorio Selser recuerda, en su libro “El Onganiato”, que en el desorden del desalojo de la Casa Rosada una muchacha escribió con una estilográfica, en tinta verde y caracteres de imprenta, en una carpeta de uso diario de la mesa presidencial: “Mueran los infames traidores a la Patria”. Una reprobación estampada en medio de gritos y forcejeos con la fuerza de sus jóvenes años. Todo ocurrió hace casi cincuenta años.

Juan Carlos Bergonzi

Comunicador social, profesor, UNC