Hacer historia

15 jun 2016 - 00:00
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El peronismo con toda su literatura y actualizaciones doctrinarias mantiene más una cultura intacta que una ideología, una memoria y ni qué hablar más que una estructura orgánica. ¿Qué es el peronismo? Una parte de la escena pública argentina practica el deporte ciego de subrayar que “no se sabe qué es el peronismo” y, a la vez, otra parte promueve un sistema de lecturas de tipo esencialista, como un pensamiento que se siente o un sentimiento que se piensa. Lo que supone, desde ambos extremos, es al peronismo un lugar equívoco. En “irracionalidad” promedian el diagnóstico quienes viven de entenderlo, odiándolo o estetizándolo. ¿Qué es el peronismo? En mi media lengua weberiana me gusta decir que es la representación política suficiente en todo tiempo y espacio.

Hoy el peronismo asume en su tradición una etapa repetida: creer que se está frente a una fase nuevamente “terminal”. La amenaza repetida de su extinción. Como en 1976, cuyo retrato antropológico y/o romántico quedó fijado en la película “Soñar, soñar” de Leonardo Favio, o como en 1983, cuando las urnas cortaron lo que la espada no pudo (el peronismo perdió la elección). O como en 1989, cuando el peronismo fue “su otro”, tal como interpretan el rol de Carlos Menem en su presidencia y liderazgo popular. Lo cierto es que la realidad actual del peronismo también aparenta repetir rasgos de esas tres anteriores: el peronismo es juzgado históricamente como en 1976 (por corrupto, por populista), es derrotado electoralmente como en 1983 y es sustituido su paradigma con un tentativo aval en sus filas como en 1989.

Uno diría que las formas culturales del peronismo (con sus acertijos e inefabilidad) explican su intensidad práctica: el mayor grado de autonomía alcanzado en la “política burguesa”. El peronismo es un elenco (con ingresos y egresos), un rito, un idioma, una cultura, una moda, una militancia juvenil o un partido del orden, etc. Es decir, mientras más “cultura política” implica el peronismo, más autonomía de la política significa también, en relación a la idea básica que amenaza convertir a un país semidesarrollado, como la Argentina, en el dominio de un país atendido “por sus dueños”. Esta sería una hipótesis sobre la utilidad de sostener la oscura “complejidad” del peronismo: un sistema político plebeyo, democratizado a la fuerza. ¿Y ahora? Le ganó su contrario: un partido transparente, liviano, amoldado a las formas de comunicación social que promueve restarle la densidad simbólica a la política. ¿Pero quién podría decir que el Pro no representa?

El vacío del último 25 de mayo (plaza vallada, tedeum protocolar, ninguna “fiesta popular”) pareció otro eslabón de la política del Pro resumida en un llamado a las inversiones. Simplifiquemos el país: turismo en billetes. Al pan, pan. No es el estilizado realismo sino “lo real”. Como si sopesaran que un país tan historizado y politizado (y cerrado) sólo recibirá antropólogos franceses como “inversión”. Sin embargo, el repaso obvio de la historia nos advierte que no fue el peronismo, y mucho menos el kirchnerismo, el que inventó la intensa relación entre política e historia. Miremos para atrás.

El Proceso vivió el centenario de la Conquista del Desierto como un momento de elaboración simbólica de su propia organización criminal. La tapa de “Clarín” del 12 de junio de 1979 decía (sobre el acto celebrado el 11 junio): “Videla exhortó a la unidad nacional”. En Neuquén el presidente exhortó a los argentinos a olvidar, sin vacilaciones, las diferencias entre grupos o sectores, para forjar la unidad nacional. El presidente de la nación, teniente general Jorge Rafael Videla, acompañado por el ministro del Interior y otras altas autoridades, habla en Neuquén en el acto del Centenario de la Campaña del Desierto. Incluso realizaron un congreso de historia en General Roca que presidió el general Albano Harguindeguy.

El gobierno de Alfonsín no tuvo un hecho, pero fijó en el relato inaugural de La República Perdida las claves de una historia que se iniciaba en el Golpe del 30. Alfonsín insinuó el “tercer movimiento histórico” capaz de recuperar tramas peronistas y radicales y sintetizarlas (del peronismo la igualdad, del radicalismo la libertad). Pero su referencia histórica no tuvo un punto sino más bien la idea de un corte, el “nunca más” extendido hacia atrás contra las formas del autoritarismo militar, de las elites económicas, de la violencia sindical y guerrillera.

Y Menem (un peronista hoy ya casi echado del templo) habló de “pacificación”, lo cual significaba, a su modo, reivindicar a los vencedores de 1976 (porque la sociedad ya estaba “pacificada”); pero él suponía la aceptación cultural del resultado de esa guerra social. Y entonces repuso a Alberdi como figura de síntesis y reconciliación, un liberal de la república posible que no rompió con Urquiza. Trajo en 1989 los restos de Rosas, y colocó su figura en el billete de $ 20. Y retribuyó la figura de Roca en la clave de un caudillo del liberalismo popular en el billete de $ 100.

Último comentario: ¿es posible deshistorizar la política? Esa tarea parece asumir el Pro en estos meses (en billetes y plazas vacías). Quizás se basa para este desafío también en su fe en el “nuevo elector”: si la mayoría de la gente vota lo que quiere y no se ata a identidades también la historia será, en tal caso, un consumo cultural más dentro de la oferta de consumos. Zamba en Netflix. El kirchnerismo creyó demasiado que la historia historizaba a su gobierno, cuando lo que lo hace son los hechos. De algún modo se narró encima. El macrismo parece pecar de su opuesto, se quiere sacar la historia de encima, cuando en verdad de lo que quiere liberarse es de su historia, la de su sector social, que bien intensa es. Quiere nacer de nuevo. Y como ganó mucho en poco tiempo (nación, ciudad, provincia; con sus policías, bancos, servicios de inteligencia, etc.) se quita la mayoría de las “tareas secundarias” de encima, concentrado en su tarea económica (que tan preocupante se ofrece). Digo: la historia es intensa, el debate de ideas es intenso, Luis Alberto Romero y Elisa Carrió son intensos (por eso no saben dónde ponerlos) y la Argentina es intensa. Pero este pensamiento no tiene reverso si al Pro le va bien. Cuando el liberalismo gobierna (pasó con Menem, a su modo), todos somos hallados culpables de un crimen cultural: vivir en el pasado. Vivir en el 45. Sin embargo el fin del “fin de la historia”, como en el 2001, nació de los estafados de esa fe. El desafío para tener una posición crítica al Pro sigue siendo ajustar la comprensión de lo que es. Es eso o decir que Videla es mejor que Macri, como dijo Guillermo Moreno.

El repaso obvio nos advierte que no fue el peronismo, y mucho menos el kirchnerismo, el que inventó la intensa relación entre política e historia. Miremos para atrás.
¿Se puede deshistorizar la política? Esa tarea parece asumir el Pro en estos meses (en billetes y plazas vacías). Quizás se basa para este desafío también en su fe en el “nuevo elector”.

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