La clase política, a 15 años de su diciembre

22 dic 2016 - 00:00
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Si algo quedó claro a lo largo de todas las biografías, perfiles, comentarios, etc., que se hicieron sobre Scioli es que “no tiene off”. Es una disciplina, una conducta, el autogobierno de su condición. No se le escapó nada fuera de lugar en años. Los ecos de su intimidad nos dicen que lastima, grita, se apasiona, maltrata a los que lo rodean y hacia arriba construyó el derrotero de su “bondad”: ponerle siempre la otra mejilla al jefe. Pero, salvo ese secreto íntimo que desmiente su bonhomía virtual tan cuidada, el resto está blindado. Me dijo un excolaborador suyo, que se pasó años enteros en su gobernación-campaña: “Scioli se cruzaba a un tipo, a un empresario, al que sea, y el tipo le pedía una reunión, y Scioli lo citaba en su casa a las 7 de la mañana y lo recibía en una cocina donde ya había seis o siete tipos sentados, desayunando; y aparecía Daniel, se sentaba, lo oía, pero ahí, delante de todos los otros tipos.” Scioli no tiene off. Construyó una perfecta superficie en la que ocurre todo, y fue de los pocos que se eximió del escrache de los Wikileaks, los Argenleaks. ¿Cómo habrá sido el día después de la derrota, o esa misma noche? El sueño de la representación engendra monstruos: nos podemos imaginar cualquier cosa.

¿Por qué pienso en Scioli? ¿Creo que tiene futuro? No. No lo creo. Ahora ancla por décima vez su suerte a la decisión de otro. De nuevo pone en Cristina su última palabra. Entonces, ¿por qué pienso en él? Un poco por la piedad final que despiertan los que se juegan todo en esto y otro poco porque ahora una mitad de la prensa se hace un picnic con los “secretos mejor guardados”, tiene “luz verde” para hacerlo puré, a él, al mismo que repartió pautas, panes y peces y se blindó y construyó esto que Vidal también prueba: gobernar la provincia de Buenos Aires es un plan tan imposible que lo mejor que se puede hacer es soltar cuidadosamente las riendas y gobernar tu “imagen”. No te dan una provincia, te dan una campaña. Scioli no tiene la culpa de esta macrocefalia argentina. Pero ahora, a esta hora, mientras es atacado por sus antiguos gendarmes mediáticos, pensemos que hizo tanta gala de su vacío que al final promovió su propio descarte: un político adaptable va a parar al desarmadero (algo que no le puede pasar a Cristina, Moyano, Carrió, etc.). Es triste a esta altura de la soirée ver la traición final, sin clemencia, de sus antiguos “beneficiarios”. Ley dura.

La mayoría de los políticos que conozco (con honrosas excepciones) son personas menos interesantes que sus asesores: leen menos, miran series a destiempo, viven pendientes del tiempo que Fulano tiene las dos rayitas azules de visto en el último Whatsapp que le mandaron y no respondió, son un poco temerarios con su entorno, de modo que todo el mundo que los rodea cree que su jefe está ahí pero podrían estar ellos, y entonces, ¿qué tienen? Tienen el cuero duro como elefante y la velocidad de la luz para detectar su oportunidad. Un tercer ojo.

¿Cómo son los políticos? ¿Qué es un político? ¿Algo que nuestra politología fina y sus Gaetano Moscas no podrían captar? Nadie sabe cómo es del todo “eso”. La moda de la fascinación por la “real politik”, que en Argentina tiene su jerga (derpo, conurba, caja, “¿quién es el Underwood argentino?” y demás estupideces), fue simultánea a la romantización de la política en base al recobro de una idea de militancia con su anclaje teológico en los 70, una brisa del pasado que le dio futuro también. Pero no hubo mucha síntesis estos años, salvo excepciones; más bien hubo acumulación: “militancia popular” sin peso electoral y políticos baladíes con base electoral fueron parte del elenco, algo que el kirchnerismo sintetizaba entre políticos progresistas sin votos y peronistas pragmáticos como nadie. Los políticos se hacen. Se construyen. Los hace una época y se hacen a sí mismos. Se demandan, se ofrecen. Los hay tan interesantes (Chacho Álvarez, Cafiero, Lilita Carrió) que ya casi no son políticos. Y los hay vacíos, huecos, amoldables, populares. ¡Como era Scioli! Nuestra clase política es de self made men, nadie conoce a los padres de nuestros presidentes (¡salvo el de Macri!). En definitiva, la clase política es la elite más porosa del mundo. Es futbolística: vas, te probás, conseguís un representante y... ¡a triunfar!

Apenas nueve años separan la plaza del “que se vayan todos” con la del adiós a Kirchner. De la ciudad que echó a los políticos (luego de la masacre impune de De la Rúa) al político que echó a la ciudad: de las cacerolas del 2001 a las cacerolas del 2008 y 2012. ¿Qué pasó en el medio? Se suturó la representación. Y como dice el politólogo Alejandro Sehtman, el “problema” de los políticos argentinos es que representan demasiado. ¿Y cómo se reconstruyó después de la caída? Según Kirchner en el 2003: colocando la política en su límite para que entre la sociedad civil (Kirchner supo ser un gran antipolítico en las dosis justas que hicieran revivir la política). Pero veamos más atrás.

Macaneador como pocos, y a la vez autor polémico de una necesaria presidencia, en Duhalde se configura una suerte de político ideal: es c-o-r-t-o. Es más corto que cualquiera de sus estilizaciones o reconstrucciones históricas y literarias. Una mente más corta, más concreta, más ordinaria. “¿Cómo se llevó con la prensa, con Magnetto, presidente?”, le preguntás, y Duhalde te cuenta una anécdota de su gobernación, cuando una periodista ignota tenía un programa en la tarde de radio Provincia y se la pasaba puteando su gobernación y a él le insistían que la eche y él insistía en dejarla. “¡Le pregunté por Magnetto, compañero!”. Lo sabe. Un poco se hace el sota y otro poco, bueno, “que la Historia me juzgue. Te voy a contar algo aburrido, de republicanismo parroquial, porque ¿por qué voy a romper el pacto de silencio con vos?”. Duhalde, el “peor de todos”, fue el restaurador porque pactó con la sociedad metropolitana justamente eso, les dijo: no-tengo-futuro. ¿Quién podía gobernar si no “el peor de todos” en el peor momento, con la cabeza de los políticos en la pica, el dueño de todas las estigmatizaciones porteñas (narcotraficante, barón del conurbano, peronista)?

Hoy pienso en ellos, en “la clase política”. Elevemos nuestra plegaria contra los que quedan parias, a mitad de camino, los que perdieron, los que aún resisten, los que llegaron, los nuevos, los viejos, los ideológicos, los que representan demasiado, los intensos, los vacíos, incluso contra este discurso oficial y clasista, el de la “elite de la elite” que encarna Cambiemos, que supone sepultar (hasta contra sus propios Monzó) la estirpe de la clase política para instalar la estirpe de su clase.

La mayoría de los políticos (con honrosas excepciones) son personas menos interesantes que sus asesores: leen menos, miran series a destiempo...
Hoy pienso en “la clase política”. Elevemos una plegaria contra los que quedan a mitad de camino, los que perdieron, los que aún resisten, los que llegaron, nuevos, viejos”.

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