La elección y las vísperas

13 ago 2017 - 00:00
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Aún es temprano para afirmarlo, pero la desaparición de Santiago Maldonado amenaza convertirse en el hecho trágico del presidente Mauricio Macri. Como un sino, los ha habido de diferente naturaleza y consecuencias en casi todos los gobiernos de la democracia moderna: desde los crímenes de José Luis Cabezas y del soldado Carrasco en épocas de Carlos Menem y los asesinatos de Kosteki y Santillán, en la gestión de Duhalde, hasta las muertes de Fuentealba y Ferreira y la desaparición de Julio López, en la era de los presidentes Kirchner. Ante el caso Maldonado la sensación es de vísperas: el paso de los días acrecienta la incertidumbre sobre el destino del joven mochilero y pone al descubierto la falta de reacción del gobierno nacional en las primeras horas, siempre un período clave, que siguieron a su desaparición el 1º de agosto. Si un desafío no imaginaba el gobierno para el tiempo de su primera prueba electoral, para la jornada que viviremos hoy, sin duda era éste.

La suerte de Macri sin embargo aún se juega lejos del lugar donde ocurrieron los hechos: el desalojo de una protesta por la reivindicación de demandas de la comunidad mapuche cerca de Esquel y en la que presumiblemente participó Santiago Maldonado. Varios testigos afirman haberlo visto por última vez mezclado en una refriega con efectivos de la Gendarmería Nacional. Alguno incluso aseguran que fue subido a los empujones a una camioneta de esa fuerza de seguridad. No hay coincidencias entre esos testimonios y los indicios con los que hasta ahora cuenta la justicia federal. Tampoco hay registros de militancia de Maldonado en organizaciones sociales o políticas. De haber estado, resulta un misterio el motivo de su presencia allí.

Maldonado es por el momento un fantasma para Macri. El presidente enfrenta hoy un reto hacia el que ha dirigido y subordinado al menos las dos terceras partes de su gestión. Las clasificaciones son siempre arbitrarias, pero podría decirse que el gobierno dedicó el primer tramo de sus 20 meses de administración a la corrección de los desequilibrios macroeconómicos a un ritmo acelerado. El acuerdo con los holdouts, la liberación del cepo cambiario y el ajuste en las tarifas son decisiones de ese tiempo. Surgieron de la iniciativa de un presidente con altos niveles de aprobación pública, e incluso contra la opinión de su equipo económico. A partir de entonces, el gobierno inauguró una nueva etapa y giró al gradualismo. Macri imprimió una dinámica a su programa de reformas con el fin de atenuarlo en busca de una meta única y precisa: llegar en condiciones competitivas a las elecciones de medio término.

Ganar las elecciones es desde entonces un imperativo para el gobierno de Cambiemos. Esta convicción, ¿es producto de una reflexión de Mauricio Macri sobre su la viabilidad de su proyecto político? ¿O es una condición impuesta por los mercados para seguir acompañando su programa con financiamiento? Tal vez haya un poco de ambas cosas. Pero hubo un momento que podría encerrar la clave. Macri vio de cerca la reciente experiencia de Mariano Rajoy en España: allí el ajuste se hizo en los dos primeros años de gestión del presidente del Partido Popular. Fueron años de dolor, críticas duras de la oposición e inestabilidad política, siempre al límite de la censura parlamentaria. Las cosas mejoraron en España al tercer año de los populares, como resultado de las reformas. Pero el programa de Rajoy no tuvo que ser sometido a una prueba electoral. De no haberla tenido, acaso el gobierno hubiera optado por ese proceso.

El camino del gradualismo elegido por Macri presenta sin embargo dos paradojas. Las mismas voces del mercado que le exigen un triunfo de Cambiemos cuestionaron su falta de convicción para aplicar las reformas económicas y se convirtieron en voces crecientemente críticas –tal vez las más difíciles de administrar– para el gobierno. El gradualismo además no ha impedido que resucitara una oposición rabiosa en torno a la figura de Cristina Kirchner. Cuánto de esto último es también responsabilidad del macrismo no tiene una respuesta única. Para un gobierno condenado a otros dos años de minoría en el Congreso, ¿fue acertado no haber ampliado la base política de Cambiemos? ¿Debió haber avanzado en la búsqueda de acuerdos con intendentes bonaerenses y alentado un proceso de renovación en el peronismo? ¿Habría alcanzado con eso para neutralizar la candidatura de la expresidenta?

Todas las encuestas coinciden en asignarle a Cristina Kirchner un lugar en el Senado a partir de diciembre. No será lo mismo si llega con un triunfo en la provincia de Buenos Aires o derrotada por Cambiemos, tanto sea hoy como en octubre. La postulación de la expresidenta obturó hasta el momento toda posibilidad de renovación en el peronismo, que apostó, primero a que no sería candidata y luego a que se sometería a una interna. Hasta no hace mucho se esperaba que la elección de medio término definiera los liderazgos del peronismo para la etapa poskirchnerista. Lo que se revelará es apenas si ha terminado la etapa del kirchnerismo como expresión hegemónica entre los peronistas.

Los analistas suelen adjudicarle a la situación de la economía dos tercios de las razones del voto. El fenómeno es conocido como “voto económico”: el elector suele comparar cómo era su situación económica al comienzo del período que va a juzgar y cómo está en el presente. Esta posibilidad presenta una última paradoja para Macri: el empleo y el salario real, dos indicadores fundamentales, han vuelto en este último trimestre a los mismos niveles de 2015, cuando Cristina Kirchner dejó el poder. Podría decirse que la foto de toda la economía es idéntica a entonces. ¿Frente a un mismo resultado, qué modelo va a predominar?

Por el momento es un fantasma para el presidente. Macri enfrenta hoy un reto al que ha subordinado al menos dos terceras partes de su gestión.
Macri imprimió una dinámica a su programa de reformas en busca de una meta precisa: llegar en condiciones competitivas a la elección de octubre.
No será el perfil de la renovación. Lo que se revelará es apenas si ha terminado la etapa del kirchnerismo como expresión hegemónica entre los peronistas.

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