La era Trump: futuro y pasado

22 nov 2016 - 00:00
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Pocas cosas hay más falaces que la frase “los que no conocen la historia están condenados a repetirla”. No: conocer lo que sucedió no es garantía de no repetirlo.Al contrario: la condicion humana parece tener algo de patético o desesperado: a diferencia de los animales, podemos conocer lo que sucedió; a diferencia de los dioses, parecemos incapaces de alterar el trayecto del futuro aun con ese conocimiento.

O al menos puede decirse que en algunos momentos la historia parece maleable, cambiable, y en otros momentos parece tener un peso, una fuerza de marea gravitacional que está más allá de la capacidad de cualquier individuo de modificarla. Hoy vivimos en uno de estos momentos, en donde pareciera que poco podemos hacer salvo mirar, impotentes, los cambios que se avecinan.

El triunfo de Donald Trump en la elección presidencial norteamericana refuerza una idea que ya había sido afirmada por el plebiscito británico para abandonar la UE: nos encontramos en un momento en el cual se están moviendo las placas tectónicas del orden global. El orden mundial existente, ese que a grandes rasgos viene de la segunda posguerra y que se solidificó con algunos cambios a finales de la década del ochenta (Japón como potencia, por ejemplo, y una China ascendente) cruje y está cambiando. No sabemos cuál será el orden resultante, y no sabemos cuáles serán los costos de este cambio.

Y aquí entra la cuestión de que conocer los paralelos con el pasado no garantiza de ninguna manera poder entender ni mucho menos modificar lo que se viene.

Los indicios, sin embargo, no son esperanzadores. Se expande un malestar e insatisfacción generalizados con un cierto orden cosmopolita globalizador, aquel que sólo algunas décadas antes había sido celebrado como el “el fin de la historia”, como el punto de llegada a una era de paz, estabilidad y prosperidad (con la globalización, sin embargo, llegó también el aumento de la desigualdad y la sensación de precariedad para cientos de millones.) Sectores amplios de la población sienten ansiedad, miedo y rabia ante los cambios, la incertidumbre, la indefensión del “hombre común” frente a la impersonalidad de ese fetiche de acuerdo, el capitalismo globalizado. Las fábricas que hoy estaban aquí de repente se mudan al otro lado del mundo, los fondos de pensión que teóricamente iban a garantizar una vejez digna se evaporan en la crisis financiera del 2008 y el 2009. Los cimientos de ese orden en 2008 y 2009 fueron sacudidos por una crisis financiera global que aún continúa sin resolverse. Sin embargo, lo más preocupante es que el descontento frente a un panorama incierto se traduce en una reacción xenófoba, nacionalista, racista. En estos últimos casos se suma el malestar económico con el malestar contra los avances logrados por las mujeres en los últimos 50 años, contra el activismo de las minorías étnicas, contra la mentalidad cosmopolita y liberal que era el fundamento del orden globalizador.

Y un dato central es que la reacción antiglobalizadora ya no se concentra entre los países periféricos del mundo sino entre los centrales. Ya no es el Tercer Mundo donde nacen movimientos de resistencia antiglobalización, como lo fueron el comunismo cubano o el zapatismo chiapaneco. Donald Trump ganó la elección diciendo, entre otras cosas, que “México le está ganando económicamente a Estados Unidos.” Es hasta gracioso pensar que alguien pueda creer con sinceridad que México es una potencia económica mayor que Estados Unidos, pero sin duda muchos votantes así lo creyeron. Y cuando los países centrales tienen fiebre, el mundo entero tiembla, lo quiera uno o no lo quiera.

Todos estos elementos recuerdan (ya que hablamos de comprender el pasado) a la situación global de la década del treinta. No es lo que se dice algo esperanzador.

Este malestar difuso hace crujir las estructuras democráticas y abre camino a fuerzas y políticos que vienen “de afuera” y que prometen cambiar todo, lo que sea. No necesariamente el malestar con el status quo es siempre una mala cosa (sabemos que muchas dimensiones de la vida política actual necesitan ser cambiadas), pero sí puede serlo si la respuesta viene por el lado de castigar a las minorías, a los vulnerables, a los migrantes en vez de plantear un panorama de búsqueda de mayor justicia global. La ausencia de algún tipo de paradigma global alternativo de izquierda (como lo fue para muchos la socialdemocracia en las décadas del 30 y el 40) y la debilidad de los sindicatos mundiales son también malos presagios.

Tal vez la clave sea que, a fin de poder cambiar el curso de los acontecimientos, no sea tanto entender el pasado sino más bien imaginar un relato, una visión, una propuesta distintas para el futuro. Mucho depende de esto.

* Politóloga, Universidad de Río Negro. Desde Richmond, Virginia, EE.UU.

Se expande un malestar e insatisfacción generalizados con el orden globalizador, aquel que sólo algunas décadas antes había sido celebrado como el “el fin de la historia”-
La antiglobalización ya no se concentra entre los países periféricos sino entre los centrales. Ya no es el Tercer Mundo donde nacen movimientos de resistencia.

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