La hegemonía de los fracasados

30 ago 2013 - 00:00
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A juzgar por lo sucedido en la Argentina a partir del inicio del siglo pasado, la clase política nacional es la peor del mundo entero; a pesar de contar el país con un sinfín de ventajas envidiables, sus elites se las arreglaron para depauperarlo hasta tal punto que es por lo menos concebible que, andando el tiempo, se vea superado por vecinos tan atrasados como Bolivia y Paraguay. Desde otro enfoque, empero, uno podría considerar la clase política argentina como la mejor del planeta, ya que sus integrantes han logrado no sólo sobrevivir a una larga serie de debacles inverosímiles que hubieran hundido a políticos menos astutos sino también prosperar aprovechándolas, sin modificar en un ápice su conducta o su modo de pensar. Se trata de una hazaña notable que a buen seguro motiva el vivo interés de sus homólogos atribulados del sur de Europa que están procurando convencer a sus compatriotas indignados de que sería un error imperdonable acusarlos de ser responsables de las desgracias que están sufriendo sus países respectivos. El método elegido por los políticos locales para esquivar el bulto para que otros paguen los costos de sus errores es muy sencillo. Consiste en hacer creer que la Argentina se ve sitiada por una hueste abigarrada de enemigos foráneos resueltos a privarla de lo suyo: recursos naturales, excentricidades políticas, modas culturales o subculturales, lo que fuera, y que por lo tanto ha de dar prioridad, sin preocuparse por los inconvenientes eventuales, a la lucha que están librando los comprometidos con las esencias patrias por frustrar sus maniobras malignas de los imperialistas. Mientras que en otras latitudes suele tomarse el nacionalismo xenófobo por un arma de destrucción masiva derechista, aquí forma parte del arsenal izquierdista y progresista. De un modo u otro, el gran tema de la defensa de lo nuestro en una batalla a muerte contra lo ajeno ha dominado el discurso político durante más de un siglo y medio. No hay señal alguna de que esté por verse subordinado a otros. Es tan fácil interpretar virtualmente cualquier cambio hipotético del statu quo como si intentar concretarlo significara arrodillarse ante las presiones foráneas, que es de prever que dirigentes de todo tipo sigan haciéndolo. Puede que sean menos explícitos en tal sentido que los kirchneristas, que han llegado al extremo de reivindicar la difusión de estadísticas fraudulentas insinuando que es su forma de combatir el FMI y los odiados ortodoxos “neoliberales”, además de ahorrarnos muchísimos dólares estafando a acreedores molestos, pero continuarán esgrimiendo argumentos de corte nacionalista porque siempre han funcionado. Si no fuera así, sería inexplicable la supremacía política actual del peronismo. A esta altura, sería difícil negar que la evolución, o involución, de la economía nacional, y por lo tanto de la sociedad en su conjunto, se ha debido en buena medida a la hegemonía no sólo político sino también intelectual del populismo peronista que ha incidido en la forma de pensar de casi todos, incluyendo a muchos gorilas. Para el desconcierto de generaciones de socialistas, conservadores, liberales y otros, el movimiento por antonomasia no ha sido debilitado ni por los desastres que ya ha protagonizado ni por la probabilidad de que nos proporcione otros igualmente calamitosos en los años próximos. Por el contrario, una y otra vez se ha visto fortalecido. El peronismo se alimenta de sus propios fracasos. No es que sus líderes hayan entendido que, para anotarse más triunfos, les convendría que hubiera mucho más pobres y que el sistema educativo produjera un superávit de semianalfabetos que dependerán de por vida de la generosidad interesada de quienes manejan esquemas clientelares, pero así y todo es lo que ha ocurrido a través de los años y no cabe duda de que los peronistas se han beneficiado del deterioro resultante. Como es notorio, el núcleo duro del electorado peronista, y en especial del kirchnerista, se concentra en los distritos más pobres, y de nivel educativo más bajo, del país. Sería lógico, pues, que se esforzaran por ampliarlos a costa de las franjas en que la mayoría se resiste a dejarse seducir por el evangelio según Perón, Evita y sus epígonos. En las elecciones legislativas que, siempre y cuando no acontezca algo totalmente imprevisto, se celebrarán el 27 de octubre, peronistas de distintas preferencias podrían compartir aproximadamente el ochenta por ciento de los votos populares. Aunque muchos saben que en el gobierno los peronistas propenden a fracasar, a veces de manera catastrófica, la experiencia les ha enseñado que en la oposición son todavía más peligrosos, razón por la cual sería mejor permitirles continuar ocupando “la casa de Perón”. Asimismo, el peronismo se ha habituado a ofrecerle a la ciudadanía una variedad de alternativas. ¿Está cansada de Cristina y de sus sermones malhumorados transmitidos por la cadena nacional? Bien, podría cambiarla por Daniel Scioli, un hombre amable que congenia con todos y prefiere sonreír a pronunciar arengas maratónicas, o Sergio Massa, una versión más joven de Scioli o, si ambos le parecen excesivamente kirchneristas, el cordobés José Manuel de la Sota tendría las cualidades que está buscando. El peronismo se asemeja a un gran centro comercial, un shopping, en que hay tiendas que venden ropa proletaria y boutiques aptas para consumidores que se suponen más exigentes. O, como diría el gran pensador Groucho Marx, el movimiento tiene sus principios, pero si no les gustan tiene otros. Es normal que un político ambicioso termine militando en el peronismo. En los años setenta, miles de izquierdistas y neofascistas lo hicieron, asegurándonos que se trataba de “entrismo”, de infiltrar el movimiento con el propósito de capturarlos como hacían extraterrestres en las películas de ciencia ficción. Más tarde, llegaría el turno de los “liberales”, de los muchos que, como Amado Boudou y Massa, decidieron que las agrupaciones que brotaron en las cercanías de Álvaro Alsogaray no irían a ninguna parte, de suerte que les sería mejor seguir los pasos de tantos izquierdistas. Todos se habrán creído capaces de remodelar el peronismo. Se equivocaban; en poco tiempo, se metamorfosearon en militantes comunes parecidos a los demás compañeros, contribuyendo de tal manera a la peronización definitiva del país y también, claro está, a las consecuencias previsibles de la transformación que con tanta pasión han impulsado.