La pelea es por la agenda

16 jul 2017 - 00:00
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El escenario se estrenó en septiembre de 1997, en el Soldier Field de Chicago, para la gira Bridges to Babylon. Unos meses después, en marzo de 1998, se lo pudo ver en la Argentina, en el estadio de River Plate. Cuando promediaba el show de los Rolling Stones, un puente levadizo depositó a Keith Richards en un pequeño y despojado cuadrilátero en medio de la multitud. Luego se le sumaron Jagger y Ron Wood para un set acústico. Una puesta intimista, que buscaba devolver a la banda a la época de los sucios y húmedos clubes de los ’60 en Londres. De esa noche en Buenos Aires se recuerda sobre todo un invitado especial: Bob Dylan.

No es la primera vez que la política se ha deja seducir por los escenógrafos que, como se ve, no han inventado gran cosa en cuanto a cercanía con las audiencias. En junio Cristina Kirchner había montado su tablado en el centro del campo de juego de Arsenal. El viernes lo hicieron Sergio Massa, en Tigre, y Florencio Randazzo, en Bolívar, en estadios cerrados, acompañados de un cuidado despliegue de luz y sonido. Debe haber alguien que le está enseñando a Massa como desplazarse en esas distancias sin perder el hilo discursivo. Queda para las crónicas de inicios de campaña.

Probablemente los candidatos moderen a partir de ahora estos montajes que tienen muy poco en común con la situación que describen: pobreza, desempleo, crimen e inseguridad y falta de sensibilidad de la clase dirigente. Rodeada de personas afectadas por el rumbo de la política económica, la doctora Kirchner parece haber encontrado un punto de mayor equilibrio entre puesta y realidad. Son conocidas las cualidades de la ex presidenta para el drama. Testigos de las tempranas excursiones de campaña en Santa Cruz cuentan que solía quebrar la voz en pasajes escogidos de sus discursos. No hay que olvidar los largos años de luto y su aparición todavía inigualable en silla de ruedas. En Mar del Plata esta vez presentó un vestuario desconocido para ella, sencillo y modesto. Acaso empiece a emplearlo para sus visitas a tribunales.

La izquierda también ha mostrado su estilo. La campaña parece haber empezado un día antes para los candidatos de ese espacio con la refriega en la planta de PepsiCo en Vicente López, ocupada por un grupo de trabajadores despedidos. Es innegable la comunión ideológica entre quienes reclamaban adentro y manifestaban afuera, sobre lo que no hay objeciones. Sí en cambio el uso de una violencia inusitada en respuesta a la orden de desalojo: el gobierno bonaerense asegura que, pese a que cargaron contra los manifestantes, todos los heridos fueron policías. Los organizadores de la protesta, al menos, no denunciaron ni uno solo.

El episodio de Vicente López desafía el discurso optimista del gobierno e impone el conflicto social como tema de campaña. Cuestionada, la CGT anunció la próxima difusión de un documento crítico y una marcha de protesta para el 22 de agosto. Uno de sus jefes, Juan Carlos Schmid, advirtió sobre el riesgo de que en la Argentina “se produzca una tragedia”. El gobierno salió en coro a denunciar que hay sectores que buscan instalar un clima artificial de conflicto en gran escala en todo el país. La verdad podría estar a mitad de camino.

Algo antes de la violencia en PepsiCo, la sanción de una controvertida reforma laboral en Brasil ya había sensibilizado los ánimos. Esa iniciativa busca consolidar allí las señales de recuperación después de años de estancamiento. La ley agiliza contrataciones y despidos, pero también promueve acuerdos entre la empresa y el trabajador por fuera del marco de legal vigente. Se habilitan así jornadas de hasta 12 horas diarias de trabajo. En Brasil representa un golpe a los sindicatos. Y aquí, un desafío a los esfuerzo del gobierno y los gremios por modernizar los contratos de trabajo y reducir los costos laborales. “En medio de la crisis política, Brasil comenzó una serie de reformas estructurales que lo va a dejar fuertemente competitivo”, dijo Dante Sica, director de abeceb. “Diría que es un llamado de atención”, advirtió.

En la última reunión de gabinete, el ministro Nicolás Dujovne anticipó que en los últimos meses del año la economía va a crecer a una velocidad del 4%. Pero la recuperación sigue siendo lenta y despareja. Un informe de la UIA indica que, sostenida por las automotrices, la industria tuvo en mayo un aumento interanual de 2,2%. Aunque sumó una caída del 1,9% durante los primeros cinco meses del año, tras un retroceso de casi 5 puntos en 2016 y de 0,8 en 2015. La industria empleó ese mes 2.164 trabajadores menos que el mes anterior y 36.593 menos en relación a un año atrás. En el rubro textil el empleo cayó en mayo un 4,1%. Allí se vive un drama, resultado del aumento de las importaciones a los valores más altos de la década (57,6% en el año).

La economía aún no da respuestas y la pelea es por instalar una agenda en la campaña. El gobierno esta semana impulsará en Diputados la inhabilitación de Julio de Vido: necesita los votos de Sergio Massa, a quien la elección obliga otra vez hostigar, y los del Bloque Justicialista. También requiere de un amplio acuerdo político si de verdad aspira a desplazar a la resistente procuradora Gils Carbó. Pero el resultado, ahora, es lo que menos importa.

No es la primera vez que la política se deja seducir por los escenógrafos, que no han inventado gran cosa en cuanto a cercanía con las audiencias.

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