Los cazadores de patos rengos

13 sep 2013 - 00:00
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Acaso sin proponérselo, Daniel Scioli cambió radicalmente el escenario político nacional cuando, a fines del mes pasado, afirmó que la gestión de Cristina “tiene que terminar lo mejor posible para que la dinámica de la democracia pueda proyectar a la Argentina hacia un mejor futuro”. Traducidas sus palabras, lo que quería decir el gobernador era que la gestión de la señora podría descarrilar en cualquier momento, lo que sería un desastre, y por este motivo hasta sus adversarios más decididos deberían ayudarla. Desde entonces, han proliferado las alusiones a “círculos rojos” es de suponer destituyentes y “golpes de Estado” en boca tanto de la mismísima Cristina y sus partidarios como de opositores preocupados por lo que podría suceder a partir de las elecciones legislativas del 27 de octubre si, como muchos prevén, el Frente para la Victoria sufre un varapalo antológico. La inquietud que tantos sienten puede entenderse. La Argentina, sin instituciones políticas bien estructuradas, no está en condiciones de soportar por mucho tiempo un Poder Ejecutivo débil, sobre todo si se trata de uno que se ha acostumbrado a gobernar sin prestar atención a nadie fuera de sus propias filas. ¿Estaría Cristina dispuesta a limitarse a desempeñar un papel mayormente protocolar, como haría un presidente norteamericano o francés en circunstancias como las previstas? Pocos lo creen; sospechan que, para ella, la alternativa es todo o nada, el súmmum de poder o declararse víctima heroica de una vil conspiración reaccionaria. Si quienes piensan así están en lo cierto, después de una nueva derrota electoral intentaría seguir como si nada desagradable hubiera sucedido, minimizando la importancia de las manifestaciones de protesta que no tardarían en estallar aunque fueran aún más gigantescas que las que, el año pasado, le advertían que el clima político estaba cambiando con rapidez. Por desgracia, parecería que “la dinámica de la democracia” de la que habló Scioli continuará yendo en un sentido y la lógica kirchnerista en otro muy distinto, rompiendo así el pacto implícito entre el gobierno y la ciudadanía en el que descansa la legitimidad. En opinión de la diputada Elisa Carrió, los conspiradores más activos no son los escribas de los “medios concentrados” al servicio del príncipe de las tinieblas Héctor Magnetto o militantes de la peligrosísima corporación judicial, sino los jefes de diversas fracciones peronistas que, dice, están preparándose para “sacar” a Cristina, ya que les ha dejado de ser útil. A su entender, lo que buscan es impunidad y no creen que los kirchneristas sean capaces de asegurársela por muchos meses más. Aunque a Lilita le encanta formular pronósticos alarmantes que, a su modo, son tan épicos como los ensayados por los filósofos kirchneristas más imaginativos, en esta oportunidad no habrá exagerado. Mientras les garantizó millones de votos y mucho dinero, la presidenta disfrutó del firme apoyo de los compañeros, pero sólo fuera cuestión de un arreglo práctico. Por cierto, “la lealtad” de los veteranos del movimiento nunca tuvo nada que ver con el relato, la ideología, el proyecto, el modelo o, huelga decirlo, el respeto por la presidenta como persona. Cuando era senadora, Cristina ya maltrataba a los gobernadores, intendentes y legisladores del PJ. Más tarde, como “primera dama” y presidenta de la República, dueña absoluta de la voluntad popular, no haría esfuerzo alguno por ocultar el desprecio que sentía por ellos. Al contrario, se encargó de informarles que a su juicio eran una manga de mediocres torpes que pronto se verían reemplazados por los jóvenes maravillosos de La Cámpora. Muchos pejotistas de toda la vida querrán desquitarse por aquellos años de subordinación humillante que la presidenta los obligó a tolerar. ¿Permitirán que el hipotético apego a la institucionalidad democrática de los operadores peronistas les impida rebelarse? Scioli reza para que sea así, pero puesto que a los díscolos les será muy fácil señalar que Cristina misma ha procurado dinamitar la Constitución y convertir el Poder Judicial en apéndice de La Cámpora, extrañaría que se dejaran impresionar por tales argumentos aun cuando algunos sinceramente quisieran que, por fin, la Argentina se resignara a ser aquel mítico “país normal” de los discursos políticos, uno en que a nadie se le ocurriría violar las reglas democráticas o saltar por encima de la fecha prevista para la entrega del poder al mandatario siguiente. En momentos de crisis, los interesados en redistribuir el poder siempre cuentan con pretextos convincentes para actuar de manera contundente. Cuando la convertibilidad se hundía y Fernando de la Rúa, ya abandonado a su suerte por los peronistas y por muchos radicales que lo tomaban por un conservador “neoliberal”, parecía incapaz de conservar un mínimo de paz social, los célebres barones del conurbano no vacilaron en movilizar a su gente a fin de sacarlo cuanto antes de la Casa de Perón. Para que el país se dotara de instituciones menos precarias que las existentes, sería necesario que un gobierno respaldado por una mayoría tan amplia como la que votó por Cristina en octubre del 2011 aprovechara el poder resultante para fortalecerlas pero, claro está, los mandatarios pasajeramente hegemónicos suelen estar más interesados en desmantelar todo cuanto podría ocasionarles dolores de cabeza que en otra cosa. Parecería que aquí el poder es anticonstitucional por naturaleza y que por lo tanto es utópico soñar con reformas que servirían para apuntalar el tambaleante sistema democrático. Así, pues, una vez en el gobierno, Cristina y sus incondicionales se pusieron a demoler aquellas instituciones que, andando el tiempo, podrían haberlos ayudado a defenderse contra los deseosos de destituirlos. De ser la Argentina un país de políticos habituados a operar dentro de los límites fijados por la Constitución y la ley, una “pata renga” no tendría por qué temer verse derrocada por un “círculo rojo” de influyentes, entre ellos militantes del movimiento que en teoría debería protegerla de los cazadores, pero gracias en buena medida al éxito de sus esfuerzos por liberarse de las molestas trabas institucionales, muy pronto podría verse transformada en el blanco predilecto de un sinnúmero de expertos consumados en el arte de derribar a mandatarios heridos.