Los intelectuales no se rinden

16 ago 2013 - 00:00
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Adiferencia del gobierno del presidente Carlos Menem al que se asemeja tanto, el encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner está resuelto a brindar la impresión de estar firmemente comprometido con un esquema ideológico determinado.

Si bien a veces el riojano se sintió constreñido a explayarse acerca de su hipotética familiaridad con los pensadores de la Grecia antigua, ni él ni sus colaboradores trataron de confeccionar un “relato” equiparable con el de la santacruceña adoptiva que, a fin de basar su gestión en algo a su entender más sustancial que su eventual capacidad de “solucionar los problemas de la gente”, confeccionaría, con aportes de quienes comparten su nostalgia por las fantasías estudiantiles de los años setenta, una narrativa en que ella misma desempeñaría el papel más glamoroso.

El gobierno ha invertido muchísimo dinero público en un intento de adoctrinar a la ciudadanía, de enseñarle que para ser una buena persona hay que creer a pie juntillas que el relato refleja una realidad más real que la que otros dicen percibir.

Con tal propósito ha subsidiado a centenares de “artistas” de distinto tipo, contratado a intelectuales amigos y posibilitado la formación de instituciones académicas, todas de dudosa calidad, para que lo ayuden a difundir urbi et orbi el evangelio kirchnerista.

También ha creado un extenso imperio mediático que depende casi por completo de la caja presidencial; en un mundo regido por las perversas leyes económicas neoliberales, sin el dinero que le entrega el gobierno caería enseguida en bancarrota, ya que escasean los dispuestos a comprar sus productos.

Así y todo, aunque los esfuerzos por divulgar la ideología épica del kirchnerismo no han sido demasiado exitosos, ya que la mayoría está mucho más interesada en temas concretos, como la seguridad y su propio poder adquisitivo, que en las divagaciones sociopolíticas de la presidenta y sus simpatizantes, una minoría enquistada en el kirchnerismo sí la toma muy en serio.

Para personas como el candidato a senador por la Capital Federal, Daniel Filmus, y la gente de La Cámpora, la ideología que han inventado es lo único que realmente importa, razón por la que reaccionaron frente al varapalo que el gobierno sufrió el domingo pasado afirmándose decididos a mantenerse en sus trece, sin dar un solo paso para atrás.

Parecería que la presidenta misma comparte la actitud sectaria así supuesta.

No bien le informaron que el Frente para la Victoria había experimentado una derrota histórica, peor aún que la de cuatro años antes cuando Néstor Kirchner y la tropa de “testimoniales”, personajes como Daniel Scioli y Sergio Massa, que había obligado a acompañarlo, fueron vencidos por las huestes de Francisco de Narváez, Cristina subrayó su voluntad de seguir “profundizando el modelo”, lo que, sería de suponer, significaría dar aún más poder a Guillermo Moreno a pesar de que, en opinión de muchos, el fabulosamente torpe secretario de Comercio Interior es uno de los responsables principales de la debacle.

Sea como fuere, el que a esta altura sólo algunos iniciados sabrían decirnos por qué les entusiasma tanto un “modelo” que parece estar a punto de hundirse, ya que es poco probable que lo mantengan a flote la alianza estratégica con la multinacional norteamericana Chevron, los precios vigilados por militantes populares, el cepo cambiario, la negativa a devolver dinero a acreedores y los otros expedientes ensayados por el gobierno, no ha bastado como para convencer a los kirchneristas más combativos de que acaso convendría reemplazarlo por otro un tanto menos impráctico.

Para justificar su terquedad, los conformes con el statu quo nos advierten que la alternativa al “proyecto” de Cristina sería un regreso atropellado a los años noventa del siglo pasado, a una década horrible dominada por gorilas neoliberales, oligarcas y otras bestias atroces.

Según quienes piensan así, todos los opositores, incluyendo a los que enarbolan banderas rojas y atesoran copias de las obras de Marx, Lenin y Trotsky, son en el fondo neoliberales, ya que se niegan a entregarse al culto revolucionario fundado por Néstor Kirchner cuya archisacerdotisa es Cristina.

Puede que sean conscientes de que exageran un poquito, que es un tanto ridículo calificar de “neoliberales” a “Pino” Solanas y otros integrantes de un frente de centroizquierda, pero a menudo ocurre que personas atormentadas por dudas se entregan al fanatismo más exaltado con la esperanza de convencerse a sí mismas de su propia sinceridad.

Tanta fe en la verdad oficial es conmovedora y sería de suponer que la presidenta se ha sentido reconfortada por las manifestaciones de lealtad que le han enviado tales partidarios en lo que para ella es una hora muy difícil, pero sería mejor que no adoptara la postura numantina que recomiendan los prohombres –y promujeres– de la rama doctrinaria de su movimiento.

A ciertos intelectuales K, por llamarlos así, les encantaría subordinar todo a la defensa de aquellas ideas que les parecen fundamentales, pero Cristina, sus aspiraciones en tal ámbito no obstante, es una política y, por lo tanto, tiene que tomar en cuenta factores de otra índole.

Sin duda le sería muy grato que sus auxiliares de Carta Abierta y afines triunfaran en todos los debates filosóficos, apabullando a sus contrincantes luego de abrumarlos con argumentos contundentes que los dejan balbuceando tonterías, pero las hazañas de dicho tipo no le servirían para nada si el electorado insistiera en votar nuevamente por opositores.

Para un intelectual que se aprecia, las opiniones mayoritarias son lo de menos; sabe que el sentido común de una época podría ser considerado delirante en la siguiente, lo que, por desgracia, no quiere decir que andando el tiempo los rebeldes contra las creencias coyunturales siempre resulten tener razón.

Un político democrático, en cambio, no puede darse el lujo de disfrutar de la admiración de un grupo minúsculo a causa de su resistencia a dejarse llevar por las corrientes más poderosas.

Los intelectuales del kirchnerismo podrían ver en el aislamiento una opción digna, una oportunidad, acaso tardía, para ufanarse de su independencia de criterio y su lealtad hacia principios irrenunciables, además de acusar a sus adversarios de dejarse seducir por los encantos miserables del capitalismo extranjerizante.

Para Cristina, que es una política habituada al poder casi ilimitado, el aislamiento sería catastrófico.