Luces que opacan

13 oct 2017 - 00:00
Comparte esta noticia

Hoy en día escasean partidarios de la “teoría del gran hombre”, una tesis que se puso de moda en el siglo XIX y que en los siguientes sería adoptada con entusiasmo por los decididos a hacer del culto a la personalidad del jefe máximo local una fuente de poder, prestigio y dinero. En opinión de quienes reivindicaban dicha teoría, la historia del mundo es obra de un puñado de seres excepcionales, personajes como Alejandro Magno, Julio César, Napoleón y sus sucesores, además de algunos filósofos y poetas, pero en la actualidad tal forma de interpretar lo que sucedió en otros tiempos suele considerarse anticuada, típica de épocas menos ilustradas que la nuestra, porque pasa por alto el papel desempeñado por los demás miembros del género humano.

Así y todo, el elitismo que repudian con vehemencia los pensadores más influyentes de la actualidad sigue imperando en el ámbito más popular y, hay que decirlo, menos igualitario, de todos: el del deporte.

Que éste sea el caso se vio confirmado de manera contundente el martes pasado cuando la selección argentina derrotó a la ecuatoriana en Quito.

Por fortuna, se equivocaron los pesimistas que habían previsto que los argentinos serían incapaces de jugar bien a casi tres mil metros de altura, pero no sólo aquí sino también en el resto de América Latina y en Europa los comentaristas atribuyeron el triunfo a Lionel Messi.

Dieron por descontado que, sin “la magia” del “mejor futbolista de la historia”, la Argentina hubiera quedado eliminada a pesar de disponer de un superávit de jugadores que se han acostumbrado a brillar en las ligas extranjeras.

“El genio de Messi nos puso en el Mundial”, festejó “Clarín”; fue “Gracias a Messi” que la selección sacó pasaje a Rusia, proclamó “La Nación”, que dedicó toda la primera página a la proeza del héroe. En España, Inglaterra y muchos otros países, los periodistas deportivos hurgaron en La Biblia en busca de metáforas adecuadas para calificar lo hecho por el “mesiánico” número diez.

Puede que estén en lo cierto quienes hablan de “Messi 3, Ecuador 1”, pero es legítimo sospechar que la fe casi religiosa en la capacidad salvadora del rosarino contribuyó a que, en los partidos eliminatorios anteriores, su propia performance y la de los demás jugadores fuera decepcionante.

Parecería que, al sentirse actores de reparto en un drama que se vería dominado por un “astro galáctico”, un ser “de otro planeta”, a otros miembros del equipo no les fue dado aprovechar plenamente sus propios talentos que, a juzgar por sus trayectorias respectivas, son notables en comparación con aquellos de la mayoría de sus adversarios, y que por tal razón no podían darle el apoyo que le hubiera permitido anotarse más goles.

Huelga decir que la propensión a atribuir casi todo lo bueno a una sola persona y minimizar los aportes de los demás, de tal manera cohibiéndolos, no se limita al deporte.

En política, en el mundo empresarial e incluso en los ámbitos culturales es como si los “grandes hombres” –o, en la actualidad, “grandes mujeres”– de turno lograran fortalecerse absorbiendo energía de quienes los rodean dejándolos psíquicamente debilitados.

He aquí una razón por la que el caudillismo suele tener consecuencias nefastas en aquellos países, entre ellos la Argentina, en que tiende a adquirir características patológicas.

Los que dependen anímicamente de las cualidades de un líder que a su entender es irresistiblemente carismático, y por lo tanto se ponen a su servicio, son proclives a terminar funcionando a medias.

Andando el tiempo, muchos caen en la tentación de concentrarse en convencer al jefe de que nunca se les ocurriría tratar de hacerle sombra.

Por temor a verse acusados de deslealtad, se resisten a advertirle que políticas determinadas podrían ocasionarle graves dificultades en el futuro no muy lejano.

Aunque el presidente Mauricio Macri parece consciente de que el personalismo excesivo perjudica a todos –de ahí las alusiones repetidas a la importancia de “los equipos”–, es tan fuerte la influencia de la cultura política en que se formaron tanto él como sus colaboradores que corre el riesgo de que integrantes del gobierno se habitúen a someterse automáticamente a sus presuntos deseos.

Es lo que podría ocurrir si sus simpatizantes le atribuyen el triunfo impactante en las elecciones legislativas que, según las encuestas, Cambiemos está por anotarse.

Al igual que en el fútbol, en política es necesario que aporten lo máximo todos los miembros de un equipo, algo que no suele suceder cuando demasiados sienten que, en última instancia, sólo importa lo que haga el capitán.

La fe casi religiosa en la capacidad salvadora de Messi contribuyó a que, en partidos anteriores, su performance y la de los demás fuera mala. Este error también se encuentra en la política.

NEWSLETTER

Suscribite a “Noticias del día” Recibí todas las mañanas un correo con toda la información.

Últimas noticias de ésta sección