¡Marabunta!

13 sep 2017 - 00:00
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Pocas películas me asustaron más en mi infancia que “Cuando ruge la marabunta” con Charlton Heston haciéndose el héroe, como siempre, frente a la furia asesina de las hormigas. Y tiene su razón de ser: el miedo. Una hormiga es algo real, pero sola es un ser indefenso. Sin embargo, miles de hormigas juntas es otro tema.

Lo mismo sucede con los adolescentes. Al adolescente único y propio lo amamos, pero muchos adolescentes juntos e invadiéndonos el hogar es otra cosa. Es marabunta.

Resulta fundamental para el desarrollo de los jóvenes que cuenten con un grupo de pertenencia, que disfruten de una variada y sana vida social. También es fundamental que los padres conozcan a los amigos más cercanos y, si es posible, al grupo entero.

Pero de allí a que el colectivo adolescente aparezca sin previo aviso en el hogar hay un enorme trecho y cualquier padre estará más que justificado si, cuando esto sucede, se para sobre una silla, señala el montón de cabezas y grita, pidiendo socorro: ¡marabunta!

J. es madre de tres varones de entre 12 y 17 años, por lo que dice estar viviendo todas las experiencias al mismo tiempo. “El menor todavía pide permiso para traer a sus amigos –cuenta– y yo trato de decirle siempre que sí porque me gusta que sea una casa de puertas abiertas y, sobre todo, porque me parte el corazón hacer diferencias ya que sus hermanos mayores aparecen con amigos en cualquier momento y sin preguntar. Con cada grupo tengo distintos problemas. Los más chicos a veces se ponen a correr por el departamento. Una vez estaba durmiendo la siesta y uno de esos amigos abrió la puerta de mi habitación, sin golpear siquiera, porque estaban jugando a la escondida y buscaba dónde esconderse. Ese día junté a todos, propios y ajenos, y puse algunas reglas, pero no volví a dormir la siesta si hay chicos en casa. Con los mayores es distinto, mientras están en un lugar no molestan, casi ni se mueven, cada uno con su celular o la play. Pero atacan la heladera y tampoco preguntan qué pueden comer. Sacan y comen como termitas, son insaciables. No les importa si por ejemplo hice una torta para llevar a algún lado. O la salvo a tiempo o la pierdo. Y es un presupuesto... Lo hablo con mis hijos pero me dicen que cuando ellos van a las casas de otros hacen lo mismo, que no pueden decirles a los amigos que sólo coman esto o aquello”.

M., en cambio, ofrece la versión femenina de la invasión al hogar. Madre de dos mujeres de 14 y 19, piensa que las mamás de varones tienen más suerte, que los chicos se van por la noche pero las chicas, en cambio, por los peligros de andar solas por la calle, se quedan a dormir –yo, que soy madre de varones, no le digo que muchas mañanas ando contando cantidad de cabezas extras que aparecen en las camas y en el piso de mi casa, la dejo hablar–, y entonces su hogar parece un permanente campamento de señoritas, chismes y celulares.

“Las chicas se juntan en el cuarto de mis hijas, ponen la música a todo lo que da, a veces bailan también, y yo siento que mi casa ya no es mi casa. Porque siempre hay alguna en el baño (en general dos o tres juntas), otra en la cocina preparando algo pero avisando que deja todo limpio, lo cual no siempre es verdad, y mientras la música martillándome la cabeza y todo ese blablabla que me llega en el que pesco palabras que me ponen a imaginar cosas terribles, y entonces no es sólo el cuarto de una u otra, están por todos lados y yo siento que no puedo relajarme. Peor cuando está el padre, con la casa tomada por mujeres y él temiendo hacer algo impropio”.

Casa tomada por adolescentes tendría que ser el título de un cuento fantástico pero para muchos de nosotros es una realidad cotidiana. Y por eso de los cambios culturales y sociales, estos chicos no piden permiso, salen y entran como si fuera su propio hogar y no tienen en cuenta las necesidades de quienes viven allí y no son sus amigos. Se mueven en manada con el único fin de disfrutar el ahora y no comprenden directas ni indirectas de parte de los dueños de casa.

Como en tantas otras cosas en las que los roles han cambiado, hoy somos los adultos los que debemos encerrarnos para no molestarlos, permitirles ocupar nuestros espacios y nuestro tiempo y aceptar sus saqueos o ruidos porque no hacerlo podría alejar a esos buenos amigos de nuestros hijos. Entonces le abrimos la puerta al malón y soportamos.

Este marabunta a mí me da mucho más terror que aquella película clase B que vi en los setenta. Aunque los amigos de mis hijos no vienen tanto como ellos quisieran, dicen que la heladera de mi hogar está siempre vacía. Yo les digo que si no les gusta hagan las compras. Así vamos sobreviviendo.

Casa tomada por adolescentes tendría que ser el título
de un cuento fantástico pero para
muchos de nosotros
es una realidad cotidiana.

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