Marzo y abril

21 mar 2017 - 00:00
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Una guerra no sólo mata unos miles o unos centenares de miles de jóvenes. Mata algo en la gente, algo que no puede recobrarse”, le dice el viejo profesor Archer Sloane a William Stoner para explicarle por qué se opone a que los jóvenes estudiantes del doctorado de una universidad yanqui se enrolen voluntarios para marchar a la Gran Guerra, en 1917. Es apenas un momento en “Stoner”, la novela de John Williams. Pero es relevante porque es un pensamiento que, visto retrospectivamente cien años después de esos acontecimientos ficcionalizados, cobra una relevancia que no hace más que acentuar la melancolía de esta mañana grisácea en la que escribo.

Los argentinos no hemos vivido, como sociedad, un conflicto bélico de la magnitud de dos guerras mundiales. Nuestros muertos no se miden por centenares de miles. Pero no es necesario eso para aprender a leer las marcas de esos extremos en nuestra vida cotidiana. No combatimos, como nación, en las guerras mundiales. Pero como contrapartida somos una sociedad que construyó campos de concentración para sí misma, y hacia el ocaso del gobierno dictatorial encaró una guerra contra Gran Bretaña cuya intensidad en sus contemporáneos y sobrevivientes fue y es inversamente proporcional a su magnitud.

Podemos, entonces, reclamar un lugar, ganado por propio mérito, en las implicancias de la frase del viejo Sloane, que nunca se repuso del golpe que significó el estallido de la guerra. Para que esto no sea una abstracción, una traducción material concreta: nos hemos indignado por la cifra de 32,9% de pobres que se conoció hace poco. Mucho menos, me parece, la hemos leído en su genealogía histórica: en 1974, la pobreza era del 4,7%. Si la dictadura cívico-militar dio un golpe brutal a la calidad de vida y el futuro de los argentinos, no es menos cierto que los gobiernos democráticos posteriores han sido incapaces de revertir (aún) esa situación. Cada matanza, quiero decir, “baja” el piso desde el que empezamos a discutir. Baja todos los pisos, además. Económicos, sociales, culturales, éticos.

Las recientes polémicas acerca de la fallida iniciativa presidencial de transformar en móviles los feriados del 24 de marzo y el 2 de abril demuestran que durante muchos años ambos aniversarios, que nos recuerdan el comienzo del terrorismo de Estado y de la Guerra de Malvinas, estarán allí para decirnos que debemos preguntarnos por los efectos de esas marcas dolorosas con los que generaciones de argentinos, sin haberlo pedido, están obligadas a convivir. Pensar en responsabilidades colectivas no diluye las culpabilidades individuales, pero es menos autocomplaciente y rimbombante. Permite, además, reconocer a quienes marcaron diferencias éticas de las que se puede aprender, los relámpagos en medio de la oscuridad que recuperaron la condición humana en las condiciones más difíciles. Va más allá del “recordar para no repetir”, de la lucha por la justicia, de las búsquedas individuales, de la denuncia de la usurpación colonial. Tiene que ver con el abismo al que descendimos como sociedad, con las violencias que aprendimos a tolerar y las injusticias con las que naturalizamos convivir. Si las conmemoraciones siguen siendo hitos en la conformación de la religión laica que nos vuelve argentinos, la semana que va del 24 de marzo al 2 de abril es el momento más importante de ese calendario cívico.

Lo que Sloane le dijo a su alumno revolotea en mi cabeza, como los caranchos sobre los despojos de una batalla, desde hace unos días. Más precisamente, desde que tuvimos noticia de los muertos en el recital del Indio Solari en Olavarría. De la larga serie de abandonos, irresponsabilidades y codicias que llevaron a que todo sucediera como sucedió y que de milagro no resultara en una tragedia mayor. Pensé en que hace poco, también, tuve que explicarle a un visitante extranjero que las estrellas al costado de la ruta o impresas sobre su asfalto recuerdan a los muertos en accidentes de tránsito. Recordé que hace unos años, durante la presentación de uno de mis libros sobre Malvinas, el amigo presentador, tras comentar el trabajo, señaló su discrepancia con algo que yo decía allí: que las zapatillas blancas que yo había visto en Malvinas, tiradas entre los pastos como una bandada de gaviotas muertas, me recordaban a la masacre de Cromañón, y que el lugar común en ambos casos, el de Malvinas y el del boliche de Once, eran las muertes jóvenes, a quienes no habíamos cuidado como sociedad, a quienes habíamos llevado a ese lugar y luego habíamos abandonado. Por supuesto que no son fenómenos históricos comparables. Un combate por un cerro no es un recital que se desmadra; una esquirla de mortero no es la embestida de un auto desbocado, ni una bala durante un robo. No me refiero a eso, sino al hilo invisible que atraviesa esos y tantos episodios: el escaso valor de la vida, el descuido de los jóvenes, una cierta vocación autodestructiva. La autocomplacencia allí, a mano, para lavar responsabilidades colectivas sin ver que en el mismo movimiento le abrimos la puerta a que se camuflen los culpables.

Marzo y abril, la semana larga que va “del golpe a Malvinas”, puede ser sin duda un espacio clave para la introspección, para la tristeza que indigna, orienta y libera. Pero, como Sloane, nos obliga a ser capaces de ver, también, lo que no queremos ver: cuánto de aquello que repudiamos y condenamos al marchar, al escribir, está aún dentro de nosotros.

Pensar en responsabilidades colectivas no diluye las culpabilidades individuales, pero es menos autocomplaciente y rimbombante.
Si las conmemoraciones siguen siendo hitos, la semana
que va del 24 de marzo al 2 de abril es el momento más importante de ese calendario cívico.

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