Un desayuno con Grobo

28 dic 2015 - 00:00
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El desayuno sucede en un edificio ubicado en el cruce de Corrientes con Bouchard, casi Luna Park, o la frontera que separa el centro porteño de ese lugar que podría ser cualquier lugar llamado Puerto Madero. Es una mañana diáfana y el anfitrión intenta presentarle a un auditorio de diez personas –unos pocos periodistas locales y mayoría de corresponsales extranjeros– las razones que lo llevaron a involucrarse en una tarea que a primera vista parece altruista pero posiblemente alienta objetivos de mayor trascendencia. Desarrollar comunidades para desarrollar negocios, dirá en algún momento Gustavo Grobocopatel, llamado “rey de la soja” durante el apogeo del cultivo que inclinó a favor del país la balanza comercial del primer kirchnerismo. El hombre fuerte del campo en la Argentina. El nacido en Carlos Casares, que en la práctica se alejó de la tierra (hoy su grupo, de 711 empleados, explota sólo 30.000 hectáreas) y se retiró al laboratorio en todas sus variantes: laboratorio de insumos para la agricultura y, a la manera de un think thank germinado en la zona núcleo del ruralismo vernáculo, laboratorio de ideas. Pero dirá más. “Ya no quiero que se hable de responsabilidad empresaria”. Quiere hablar de redefinir roles, del lugar público que debería ocupar un privado como generador de riqueza asentado en territorios que al mismo tiempo son habitados por comunidades. Grobo habla sin abandonar la mansedumbre. Hace diez años, para reconvertir las relaciones entre pueblos y empresas, creó el proyecto Potenciar Comunidades, una plataforma pensada para implementar inversiones en desarrollos territoriales. Ahora quiere bajar a la mesa las acciones, los resultados y los impactos concretos de esos emprendimientos llevados a cabo desde el 2004. A su lado hay dos jóvenes de treinta y pico. “Son hijos de nuestro campo”, dice el empresario. Y son además quienes conducen ese ámbito de ejecución, que podría contarse sobre un PowerPoint o sobre un mapa, si se mira la lista de lugares en los que desarrollaron tareas, con mayor o menor eficacia. No necesariamente son lugares donde tienen sus negocios, pero la mayoría son sitios “desintermediados por el asfalto”. Chiapas, Río Negro, Colombia, Saladillo, Catamarca o la villa 1-11-14, a minutos del Obelisco: a cada uno de esos sitios disímiles llegó Grobocopatel con su equipo después de identificar conflictos en los que vislumbraron una chance de participación ciudadana. Cuentan con cinco millones de pesos al año, pero en cada aventura involucran a otras empresas, lo que regenera la posibilidad de recurso. La receta: seleccionan territorios a través de información de sectores empresariales, públicos y universitarios. Convocan a pobladores locales. Identifican problemáticas, priorizan urgencias de agenda, evalúan perspectivas de corto, mediano y largo plazo, crean grupos de implementación y, finalmente, pasan a la acción. Llevan 58 proyectos en 230 lugares. Crearon bibliotecas, salones de usos múltiples. Han promovido la inserción laboral en Venado Tuerto, Tandil y Casares. Capacitaron gente en oficios, reformaron clubes en Villa Soldatti, Lugano y Barracas. Desarrollaron el potencial turístico de pueblos olvidados de Jujuy. Renovaron un museo de arte en Uruguay y otro de historia en Brandsen. Crearon en Uruguay un emprendimiento productivo para sostener talleres artísticos con derivados de la soja. Instalaron un taller de costura en el barrio más vulnerable de Saladillo. Construyeron una carpintería sustentable en Chivilicoy, una radio comunitaria en Abasto, La Plata, y dos invernáculos en Bahía Blanca. “Fuimos a Chiapas”, se infla Grobo. Se encontraron con la complejidad: sincretismo religioso, diversidad de lenguas, organización tribal. El poder de la palabra, el poder de dos personas dispuestas a conversar. Eso recuerda el empresario. “No es que se trata de llegar a donde sea con ideas supercapitalistas; se trata de escuchar. En México, después de horas de hablar intérprete mediante, llegamos a la conclusión de que lo mejor que podían ofrecer para desarrollarse era su producción de tomates”, recuerda. “Pero, entonces, un hombre dijo: ‘Pasa que cuando tenemos muchos tomates vienen a querer bajarnos el precio’. Cuatro horas más. Les explicamos la dinámica de la oferta y la demanda y coincidimos en que con el excedente de esos tomates podían hacer salsas mexicanas, tan codiciadas en los mercados gastronómicos. Hubo acuerdo. Al rato, los hombres comenzaron a pensar en lo que harían con el dinero generado. Uno quería un auto, otro herramientas, otro mejorar su casa... Sucedió por el poder de la conversación”. Grobocopatel no cree en imposibilidades (“Salvo cuando el Estado te aplasta como el Leviatán”). Habla de tiempos para actuar rápido o esperar, cuando el escenario viene sembrado de conflictividad como ocurre en territorios donde las mineras –o incluso ellos mismos como sojeros– son acusadas de contaminación ambiental. “Entonces repensamos. Muchas veces, el poder de una minera es más grande que el de un Estado local y sabemos que hay márgenes para mucho, más allá de las denuncias. Si detectamos que hay conflictividad intentamos el mejor acercamiento. Pero puede ocurrir que en ese lugar no sea el momento y nos replegamos hasta el tiempo adecuado”, explica Grobo. A lo largo de todo el país (y mucho en el sur) se ve la mano de privados operando de una u otra forma sobre comunidades locales. Y muchas veces ocurre que esas acciones suscitan desconfianza. No faltan los que se preguntan por qué y para qué los dueños de la riqueza hacen lo que hacen o qué objetivo de fondo podrían esconder estas acciones presentadas desinteresadamente. Pero aquí está Grobocopatel insistiendo: “El problema es que se entienda lo que podríamos llamar el top down, es decir, hacer el bien por el bien mismo”. La literatura está plagada de relatos de hombres que llegan a pueblos para refundarlos, desde los griegos hasta Tizón, pero Grobo y su gente, aquí y ahora, dicen pretender mucho menos que eso. En todo caso, intentan recrear un flujo de conocimiento que vaya de lo privado a lo público. “Las empresas medimos lo que damos, lo que invertimos, pero no cuánto dejamos y en definitiva cuánta gente puede ser más libre a partir de nuestro paso por una comunidad. De esto se trata todo esto”, sonríe Grobo antes de despedirse. (*) Periodista. Autor de “Patagonia perdida”