Crónica del teatro visto por dentro

Continúa el “4º Festival de Teatro Fundación Cultural Patagonia”.

En Cipolletti se realiza el

Festival Internacional de Teatro.

18 sep 2010 - 00:00
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El teatro es un mundo perfecto. Se nutre de las pasiones humanas y de muchas de sus locuras pero no sucumbe a ninguna de ellas. Sin embargo, no por ser una representación de la realidad, a veces metafórica, a ratos fidedigna, debe pensarse como un arte nada peligroso, 99 por ciento libre de bacterias. El teatro es una osadía que se vuelve pública, un secreto estampado en la cara. En la dinámica teatral no median cortinas de humo, ni perfumes que desgarren el aroma original de su texto. Lo que dice el teatro en una sala en penumbras puede conmover tu vida. Exponerse es la mejor forma de comprobar ese “qué pasaría”.

La oportunidad está a la vuelta de la esquina. Se trata del “4º Festival de Teatro Fundación Cultural Patagonia”, en la Ciudad de las Artes de Roca, y del Festival Internacional de Teatro de Cipolletti. Ambos concluyen este domingo. Espacios privilegiados donde confluyen actores nacionales e internacionales con sus obras, así como especialistas en materias vinculadas como la iluminación.

Hablando de luces –un hecho que marca el principio de una recorrida que hizo “Río Negro” por la trastienda del festival que transcurre en la Ciudad de las Artes de Roca–, al interior de una pequeña habitación, donde un televisor 29 pulgadas ocupa buena parte del espacio, la prestigiosa iluminadora argentina Leandra Rodríguez, conversa con un grupo de estudiantes del IUPA acerca de las características y las obsesiones del trabajo de iluminación. Hace hincapié en una obra finlandesa presentada hace un tiempo en el Teatro San Martín, que los alumnos observan en la pantalla. “¿Es magenta eso? No sé de dónde sale el magenta, pero sale”, le dice Lea a sus alumnos mientras indica con el dedo un fondo luminoso. Los chicos sacan conclusiones y en cifrada terminología técnica hacen conjeturas sobre el campo visual. “Este grupo pedía una máquina de hacer humo especial que no se conseguía en Buenos Aires. ¡Preguntaban si no la podíamos ir a buscar a Venezuela donde había una!. Los tipos nunca se enteraron de lo que nos faltaba y de lo que hicimos para que su espectáculo se realizara tal cual ellos querían”, explica la maestra. Su discurso va de lo específico a lo visceral. De lo geométrico a lo imposible, sin duda, una característica del quehacer latinoamericano.

“¡Quiero que gritemos tan fuerte que hagamos una avalancha!”, grita la chica a un grupo de pibes que permanecen sentados en hilera justo enfrente de ella. A su lado, ubicados en la misma posición, como en un reflejo de los otros, sus compañeros esperan turno para continuar con la consigna dada por la actriz cubana Maribel Barrios: ustedes y ellos están en montañas separadas. ¿Cómo sonarían sus voces duplicadas por el eco?.

“¡Qué largas que tengo las uñas de los pies!”, grita otra. La réplica seguirá y seguirá cómica pero también fructífera hasta que Maribel los impulse con un nuevo motivo. Ahora están en una cárcel planificando escapar y no los tiene que escuchar el vigilante. “Se me perdió la llave”, dirá una de las alumnas en un susurro mentiroso porque sus palabras rebotan con intensidad en las paredes de la habitación. “Recuerden que deben poner énfasis en las consonantes, antes en la montaña había que acentuar las vocales”, dice la profesora. La que les pone Barrios en el camino, es una prueba de tantas que deberán sortear quienes se atrevan a convertir el teatro en su propia vida: suponerse en mundos que no les pertenecen.

“La cosa y la cruz”, la elogiada y premiada obra de La Pampa, es mucho más fácil de ver que de explicar.

“Surgió a partir de unos poemas en ruso que tradujimos”, dice su directora, la también actriz Nadia Grandón, a unos metros su compañero de escena, Darío Esevich, se desplaza con el torso desnudo ensayando fracciones que se completarán en un par de horas en la puesta final. Viéndolo así, uno termina por entender que en cierta medida el actor es un animal salvaje en el marco de un escenario. Una criatura libre que no está interesada especialmente en vos-espectador. Para que la magia del teatro suceda debe ocurrir lo contrario: que vos te sientas atrapado por ella.

–¿Dónde encontraste los poemas?

–Por ahí, leyendo, como siempre aparecen estas cosas.

–¿Cómo se transformó en una obra teatral?

–Los poemas me remitieron a dos personas, dos rusos, su vínculo, su distancia, de ahí lo relacioné con el eterno retorno y surgió la obra– explica Nadia.

Más tarde, observando el ensayo, veremos cómo todo cobra sentido. La actuación de Esevich es conmovedora, brutal, impactante. Muy rusa. En tanto que el contrapunto interpretativo de Nadia, haciendo una delicada y desesperada traducción de las desgracias de su compañero, provocan un perfecto equilibrio estético.

“En los últimos 20 años en La Pampa se ha notado la aparición de numerosos grupos teatrales con proyectos sólidos e independientes. Hay gente joven que está haciendo cosas. Eso es refrescante”, dirá Nadia.

–¿Y el público?

–El público cuesta, pero cada vez se va prendiendo más gente. Hay que fomentar el teatro, hay que hacer ruido.

El maquillaje es una de las claves de “La fin del mundo”, la muy interesante obra que ha traído el elenco Todoesunabroma.sic. de Neuquén. Al menos una de las claves del lado A. Porque “La fin del mundo” tiene su lado B, despojado y desmaquillado. “Como contracara al grotesco del Lado A, donde el maquillaje cumple la función de acentuar los rasgos de los personajes, el lado B es minimalista”, explica y blanquea su rostro el actor Sebastián Fanello. Junto a él, Chana Fernández hace lo propio.

“La fin del mundo”, dirigida por Luis Sarlinga, es una puesta explosiva, actuada con enorme compromiso y energía por parte de Fanello y Fernández. En un brevísimo espacio, “un pozo”, los actores son puestos a convivir con una multitud de objetos que servirán de herramientas a lo largo de un relato que se define por el exceso.

Muy cómica de a momentos, En“La fin del mundo” (cuyo lado B se podrá ver hoy a las 20 en el Centro Musical del IUPA), en el fondo, es una obra desgarradora. Urga en la condición psicológica de dos locos que, a medida que transcurren los minutos, van bosquejando peligrosamente a otros seres “bien” humanos con los que, de tanto en tanto, nos encontramos en los espejos.

“¡Las palabras no existen!”, exclamará el personaje de Fanello. Otra provocación teatral para llevar a la casa.