De la chica del póster al ratoneo virtual

La iconografía y el misticismo que “Playboy” representó durante años enfrenta hoy un nuevo reto: conquistar a las nuevas generaciones que ya no las prefieren siempre rubias y que, web mediante, construyen otros imaginarios masculinos.

25 jul 2010 - 00:00
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En 1953 “Playboy” hizo su aparición con una fotografía de Marilyn Monroe en la tapa: vestida.

La foto no era nueva y formaba parte de una serie para un calendario por la que la rubia había aceptado un puñado de dólares en 1949.

Hugh Hefner tampoco pagó demasiado por poseerlas.

Los 53.991 compradores de este número 1 que no llevaba impreso ni el “número” de ejemplar (nadie sabía si habría un “2”) ni el conejito de la corbata (más tarde diseñado Art Paul), vieron colmadas sus expectativas con las imágenes interiores en las que posaba Marilyn tal como dios la trajo al mundo sobre terciopelo rojo. Fue un éxito. Un boom. Un gol de media cancha.

Sin embargo, Hefner sentía en lo profundo de su eléctrico cerebro que el propósito mayor de su existencia no era únicamente publicar una revista. El quería contribuir a cambiar los estrictos valores de la sociedad norteamericana.

“Playboy” nació gracias a la inversión de sus humildes ahorros, más la ayuda de un grupo de personas y la colaboración excluyente de su propia madre con unos 1.000 dólares de entonces (“Ella no creía en la revista pero sí en su hijo”, relató alguna vez).

Hugh Hefner estaba en lo cierto. Nunca se trató realmente de la publicación sino de la simbología que la acompañaba. Detrás de las chicas despojadas de ropas y de cuerpos voluptuosos, Hefner apuntalaba temas muy variados: artículos de actualidad candentes, columnas especializadas, extensas entrevistas a personalidades internacionales (fueron de la partida Martin Luther King, Malcolm X, John Lennon y Yoko Ono, Cassius Clay y Jimmy Carter, entre otros) y relatos firmados por autores como Arthur C. Clarke, Ian Fleming y Vladimir Nabokov.

Su mirada estaba puesta en el joven adulto contemporáneo. Aquel muchachón que aún no extendía por completo sus alas pero pronto se convertiría en todo un hombre.

Con esta extraña fórmula de “sexo+cultura”, Hefner comenzaba a cimentar la imagen del Macho Alfa.

¿Qué era un playboy según Hefner? Básicamente alguien con la facultad y la libertad de divertirse. Los contenidos en la revista, le dieron forma al estereotipo durante décadas.

“Antes de crearla, en 1953, un Playboy era un ave nocturna, indolente y vacua, que pensaba continuamente en tirarse a mujeres. Nosotros reinventamos el término y lo convertimos en la denominación de un hombre que trabaja muy duro y se gana el derecho a divertirse un montón. Esta palabra significa, literalmente, ‘chico que quiere jugar’. Y precisamente en torno a eso gira toda mi vida. Para bien y para mal, vivo las fantasías y los sueños húmedos que se tienen a los 20 años. Si nuestro logotipo del conejo tiene un mensaje, es: ‘La vida es corta. ¡Celebrémosla!’”, diría Hugh Hefner años después del alumbramiento editorial.

En los 70 “Playboy” llegó al pico de su popularidad. La edición de noviembre de 1972, con la modelo Pam Rawlings en la portada, vendió 7.161.561 ejemplares. Una cuarta parte de los estudiantes universitarios compraba la revista.

Esclavo de su propio fundamentalismo sexual Hefner debió permanecer fiel a sus mandamientos. Su vida retroalimentaba el ideario masculino de agenda fogosa y repleta. Aunque estuvo casado dos veces, su estado matrimonial cambió al de soltero empedernido y multiorgásmico.

“Reconozco que tengo debilidad por las rubias de grandes pechos y con cara de niña. Pero es una preferencia que comparto con la mayoría de los hombres de este planeta. ¿Quién fue el símbolo sexual del siglo XX? Una rubia llamada Marilyn Monroe. ¿Con quién les gustaría acostarse a los jóvenes actuales? Con una rubia llamada Pamela Anderson”, se ha justificado alguna vez.

Hace unos 10 años, por ejemplo, Hefner se deleitaba en la abundancia. Sus “compañeras de juegos” se llamaban Tina, Buffy, Kim, Cathi, Regina, Tiffany y Stephanie. El tiempo pasó, muchas pastillas de Viagra y rubias fogosas después, ahora se mantiene en relación con Crystal Harris, 60 años menor que él.

Su imperio tampoco es el mismo.

El imaginario que ayudó a crear fue perdiendo vigor a medida que aparecieron nuevas generaciones de consumidores.

Hefner y sus negocios editoriales han sido arrasados por un cambio de paradigma sexual volcado hacia la web. También hay otras razones culturales de peso.

Hefner ya no es un símbolo viviente sino una leyenda. Un capítulo más en los libros de historia. Su potencia representa el ingrediente cómico de las publicidades de flamantes pastillas para mantenerse erguido. Hace años que su revista fue abandonada por los jóvenes incautos, deseosos de obtener el material que sus hogares les negaban. Para visiones desnudas y prohibidas está la net.

Por estos meses, Playboy vende en Estados Unidos un promedio de 1,5 millones de ejemplares. Muy lejos de su récord histórico. Días atrás Penthouse aseguró que ofrecerá 210 millones de dólares por Playboy Enterprises Inc. Hefner, principal accionista de Playboy Enterprises Inc, tiene otros planes: le propuso al directorio comprar el total de las acciones de la compañía mediante el pago de unos 122,5 millones. Esto lo dejaría como único propietario.

Su idea es reencauzar el rumbo de la revista y de la marca. ¿Hacia dónde? Es la pregunta obligada. Acaso Hefner no se resigne a que los atolondrados de los 50 y los 60 ya sentaron cabeza, son más o menos monógamos y que sus hijos, bueno, están en otra cosa. Aunque muy cerca del sexo informático y gratuito, permanecen a prudente distancia de Hefner, su simpático conejo y las rubias voluptuosas aullando en la pared.

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