El detective salvaje también escribía cuentos perfectos

Roberto Bolaño hoy es considerado uno de los grandes de la literatura internacional. Fue autor de meganovelas y de relatos que figuran entre lo mejor que se ha escrito en nuestro idioma.

23 ene 2011 - 00:00
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La figura de Roberto Bolaño ha recorrido un largo camino para llegar hasta nosotros sus lectores.

Vivió 50 años, lo que en la consideración de algunos es poco y en la de otros, suficiente. De todos modos, a Bolaño no le alcanzó para concluir tal y como él quería su obra cumbre “2666”.

Este libro finalmente llegó a las librerías convertido en un basto continente al que aún le faltan algunos de sus paisajes, no sus mayores características geográficas pero sí una parte de su contorno definitivo. Los ¿“bolañólogos”? que no faltan ni le faltarán jamás a un personaje tan singular como Roberto Bolaño, aseguran que es así, que Bolaño murió estando cerca. A metros de hacer cumbre.

Se podría decir –y habrá a estas alturas quien se ofenda tomando en cuenta que Bolaño ya toca con sus manos etéreas el bronce y el prestigio celestiales– que su obra es cuando menos despareja. O inesperada en sus líneas de conducta estilística. O ciclotímica. O caprichosa. Probablemente más esto último que lo primero. No, no es lo mismo adentrarse en los pliegues y repliegues universitarios mexicanos de “Amuleto”, que en la pesquisa sagrada y alucinante de “Los detectives sueltos”. Son obras que uno no puede comparar y mejor no hacerlo por pura precaución.

De manera que sólo hay una vía absolutamente recomendable y segura de “entrarle” a Bolaño –tomando en cuenta que “Amuleto” parece simple, extraña y sombría, “Los detectives salvajes”, implacable y exclusiva como un club de chicos duros y románticos, “La literatura nazi de América”, erudita y desquiciada, y “2666”, demencial y enciclopédica– y es la que conduce a sus relatos. Que, curiosamente o no, no se sienten como relatos sino como novelas que Bolaño decidió dejar en una suerte de limbo donde se debaten entre la síntesis y la infinitud.

En el 2010 editorial Anagrama reunió éstas, sus pequeñas obras, bajo el título “Cuentos”, donde se concentran los libros “Llamadas telefónicas”, “Putas asesinas” y “El gaucho insufrible”. Una buena, una excelente oportunidad para embarcarse en ese mar profundo, lejano e hipnótico que supo construir el autor en sus pocos-suficientes años de vida.

Los cuentos de Bolaño guardan una rutina aleccionadora acerca de la imagen y el universo emocional de su creador. Como es sabido, Bolaño se volvió verdaderamente célebre, casi pop, sobre todo luego de que la crítica de “The New York Times” y gente como Susan Sontag y Patti Smith (que tuvieron para con su trabajo palabras de enorme admiración), lo descubrieran después de él morir. Antes de eso, debió ganarse el pan a base de empeño y austeridad.

Entonces, uno detecta una proverbial combinación en el discurso de Bolaño. La que resulta de ese hombre que alguna vez fue un tal Bolaño para llegar a convertirse en el Sr. Roberto Bolaño, del erudito literario, más los residuos anecdóticos de una noble y trajinada biografía.

Sus relatos son dulces y hoscos, profundos y aleccionadores. Los cuentos de Bolaño no se ahorran nada ni economizan. Como vienen se sirven en el plato. No uno sino varios cuentos, que figuran entre los más brillantes relatos cortos que se hayan escrito jamás en nuestra lengua. ¿Puede mencionar uno? Sí, claro: “El ojo Silva”. Y hay que citarlo si no para qué estamos: “Aquella noche, cuando volvió a su hotel, sin poder dejar de llorar por sus hijos muertos, por los niños castrados que él no había conocido, por su juventud perdida, por todos los jóvenes que ya no eran jóvenes y por los jóvenes que murieron jóvenes, por los que lucharon por Salvador Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende, llamó a su amigo francés, que ahora vivía con un antiguo levantador de pesas búlgaro, y le pidió que le enviara un billete de avión y algo de dinero para pagar el hotel.

“Y su amigo francés le dijo que sí, que por supuesto, que lo haría de inmediato, y también le dijo ¿qué es ese ruido?, ¿estás llorando?, y el Ojo dijo que sí, que no podía dejar de llorar, que no sabía qué le pasaba, que llevaba horas llorando”. Y sigue hasta un final de estremecedora y genial escritura “bolañesca”.

La última parte del grueso libro, que incluye los cuentos de “El gaucho insufrible”, dedicado a sus hijos, es además o incluso un bosquejo, un dibujo a mano alzada de su propio ocaso como ser humano. Bolaño divaga de un modo punzante acerca de la enfermedad y el sentido de la existencia. Un auténtico “sin sentido” apenas puesto entredicho mediante pocos y valiosos argumentos: sexo, libros y viajes. Aunque no necesariamente en ese orden.

Escribe Bolaño y se despide del libro y de la vida misma, la suya. “Es decir, para el poeta de Igitur no sólo nuestros actos están enfermos sino que también lo está el lenguaje. Pero mientras buscamos el antídoto o la medicina para curarnos, lo nuevo, aquello que sólo se puede encontrar en lo ignoto, hay que seguir transitando por el sexo, los libros y los viajes, aun a sabiendas de que nos llevan al abismo, que es, casualmente, el único sitio donde uno puede encontrar el antídoto”.

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