El disparador: Buscar la cima

15 jul 2017 - 00:00
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Lo descubrí una noche en París, en la Torre Eiffel: todos se apuraban para subir, y luego para bajar. Más de diez años después vuelvo a ver percibir lo mismo en el Pan de Azúcar de Río de Janeiro: desesperación por llegar a la cima, y para descender.
¿Llegaremos?, le pregunto a mi mujer. En el colectivo 107, ella se duerme antes de pasar por Botafogo. Una señora me dice que bajemos en Urca para acceder al famoso mirador desde el que queremos ver el atardecer en la Cidade Maravilhosa. La puesta del sol será a las 19.42. Creo que vamos sobrados. El recorrido es hermoso. Como en una película muda, a través del vidrio veo a unos muchachos jugar al básquet, a un pareja compartir un coco en la playa, y a unos cuantos sonreír.
En Urca hay un mar de gente. Subimos el primer tramo. La vista es alucinante: el mar se empieza a enrojecer. Río parece serenarse en su superficie.
Apuramos el paso para ascender el segundo tramo. Son las 19.25. La fila es larguísima. Hay más gente que en el Vaticano. No estoy seguro de si llegaremos antes de que se acueste el sol.
El calor talla la paciencia, más aún cuando la fila se frena. Son 19.28. Se escapa un teleférico. Si no subimos al próximo, no llegaremos. La fila de la izquierda avanza más rápido, y nos saca mucha ventaja cuando una familia bloquea nuestro paso al poner mal el ticket. Se va llenando el teleférico. Empiezo resignarme. La familia logra superar el molinete.
Pasamos justo, en medio de empujones.
El teleférico trepa. Son las 19.37. ¿Cuánto tardará? Una pareja ya calculó todo: “Demora cuatro minutos”, dice él. “¿Y que pasa con el viento?”, acota ella. Silencio. Llegamos 19.40. Quedan dos minutos para despedir al sol. Sacamos la cámara y disparamos: una, dos, cincuenta veces. La mejor imagen queda en la retina: unos segundos donde el gigante baja como una persiana.
Río se pinta, del amarillo al rojo, en todas sus tonalidades. Empieza a oscurecer. La gente se apura para bajar.

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