El disparador: Cuevas oscuras

Columna semanal

22 abr 2017 - 00:00
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La historia me la contó un amigo, y sigo haciéndome preguntas. Vamos de a poco. Resulta que Ricardo era buzo profesional desde hacía más de tres décadas. Vivía en la isla de Cozumel, uno de los mejores sitios para sumergirse en las profundidades marítimas.
Aparentemente todo marchaba como siempre. Ricardo, que tenía 60 años, terminó el café y salió de su casa igual que lo hacía cada mañana: le dio un beso a su mujer, que tejía en el living, y le dijo: “Nos vemos a la noche”.
Al llegar al trabajo, recuerdan aún sus compañeros, hubo bromas acerca del aspecto de Ricardo. “Ya no te afeitás, ¿te volviste hipster?”, le dijo uno de los muchachos. Todos rieron. A medida que fueron llegando los turistas a este rincón del Caribe mexicano, los instructores de buceo se fueron yendo.
El último que quedó fue Ricardo. En el buceo de aguas abiertas una de las principales medidas de seguridad es nunca bucear solo. Y era algo que él nunca había hecho. Pero ese día se embarcó en aguas abiertas sin compañía ni ningún tipo de apoyo. Casi como si un paracaidista se lanzara desde un avión sin paracaídas.
Para ser más claro: no se trató de un exceso de confianza, sino más bien de una búsqueda.
Cuando mi amigo, que trabaja en el ambiente del buceo, me contó la historia, me hice preguntas.
Me faltaban elementos para comprender, algo no me terminaba de cerrar. ¿Ricardo no dio ninguna señal previa que insinuara la idea del suicidio? ¿Tenía alguna enfermedad terminal? ¿No pudo haber sido un accidente? No, nada. De hecho, meses después, su familia aún sigue buscando su cuerpo y no encuentra explicaciones.
La principal hipótesis es que decidió bajar a esas profundidades que tanto lo apasionaban para irse. ¿Cómo será morir (así)? Ricardo era muy conocido y querido en el ambiente del buceo.
Se sabía que le encantaba descender a las silenciosas cuevas en lo profundo del mar; dicen que allí no se ve la luz del día en ninguna dirección y que el agua es tan invisible y el propio cuerpo es tan liviano que la sensación es la de estar flotando en el espacio.

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