El disparador: Límites

17 jun 2017 - 00:00
Comparte esta noticia
Iban por la ruta. Faltaban pocos kilómetros para 25 de Mayo, el próximo pueblo. Mientras, hacia delante, no había nada de nada. Ni siquiera una estación de servicio. Nada de nada. O casi. Porque, bueno, sí, hubo señal de celular en un pequeño tramo. Suficiente para que entraran varios mensajes y correos. Luego se fue la señal y ya no volvería.
Mientras Esnoudi manejaba, Reyes leía lo que había recibido. Un mail del jefe lo inquietó: “Isidoro, tengo que hablar con vos. Llamame ni bien puedas”. El mensaje y, sobre todo, el tono, le parecieron extraños. Reyes apenas tenía un contacto esporádico con su jefe, y siempre por asuntos menores.
De pronto, la estepa patagónica se convirtió en una pesadilla. Una vegetación inanimada, en la que apenas había algún animal que insinuaba que la vida seguía. El escenario pareció ir alimentando la ansiedad de Reyes, que de a poco fue perdiendo el foco. Estaba yendo con Esnoudi a esquiar en San Martín de los Andes, y el objetivo principal era desconectarse.
Pero el programa había pasado a un segundo plano. “Este tipo me lo hace a propósito, ¿no?”, bufó Reyes, que se había tomado una semana de vacaciones por primera vez en dos años. Su amigo le sugirió que no se preocupara por algo que no podría resolver ahora, y que además no encerraba ninguna amenaza real. No, al menos, por ahora. “Es que no puedo evitarlo”, se sinceró Reyes, para quien el territorio desértico y plano de La Pampa se tornó abrumador: contrastaba con su repentina ebullición mental.
De repente, se escuchó un “¡boom!”, y el auto hizo un brusco zigzag. Esnoudi bajó rápido la velocidad. “No te puedo creer, ¿justo ahora venimos a pinchar?”, se quejó Reyes. Su amigo le dijo que no era para tanto, que pondrían la rueda de auxilio y que, como mucho, en un par de horas ya estarían en el siguiente pueblo.
-Para vos es fácil: no tenés ni una preocupación -comentó Reyes.
-En un punto, por más que hagamos lo mejor que podemos, no podemos hacer más.