El libro

10 abr 2012 - 00:00
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Reducido a instrumento de tortura para bachilleres, souvenir de gringo, o estampita religiosa de sojero exportador, el Martín Fierro se ajusta perfectamente a la definición de clásico que tiraba Borges: aquel libro del que todos hablan y nadie lee. El principio de su fin estuvo propiciado por Leopoldo Lugones hace cien años, cuando en unas célebres conferencias propuso a este gaucho como arquetipo del Ser Nacional, para alegría de los criollos patricios que veían su pedigree amenazado por esos tanos patasucia que no paraban de arribar al puerto de Buenos Aires. Por supuesto, la gente lee libros, no seres nacionales, poco a poco el Martín Fierro perdió el entusiasmo popular con que fue recibido en sus primeros años, y su radio de influencia se confinó al sadismo de ciertas profesoras y la exégesis crítica. Hoy en día sólo se invoca su nombre una vez al año para premiar a los popes de la radiotelevisión local. ¿Cómo hacer que un libro valioso vuelva a ser leído? La apuesta del presente volumen es simple: bardearlo. El poeta argentino Leonidas Lamborghini vindicó siempre a lo largo de su obra el poder subversivo de la risa, y encontró en la parodia su procedimiento estético-político por excelencia. La Parodia funciona como denuncia de su Modelo: en este caso, esa denuncia no guarda ninguna intención peyorativa. Por el contrario, estamos en presencia de una denuncia elogiosa, que se pretende un homenaje, y va en contra de toda lectura coagulada y utilitaria del pasado, de toda clausura de sentido. Del gaucho manso, idealizado, al guacho fugitivo, borracho pendenciero, racista. Asesino. Gran parte de la riqueza de la obra se encuentra en su ambigüedad moral, que aumenta el patetismo de un folleto que en un principio se pretendía político, una invectiva contra el Ministerio de Guerra, y por suerte superó su proyecto. Lo inestable deviene dinámico. En las postrimerías del Bicentenario, esta reescritura posmovillera del clásico gauchesco intenta devolverle al libro su fuerza original. Dislocarlo apenas para que vuelva a ser el mismo. Fuente: Factotum Ediciones

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