En eso estamos, Ray

07 jun 2012 - 00:00
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Ray Bradbury encontraba el sentido de la vida y la posibilidad de una cierta trascendencia en el arte de la escritura. Era en aquel espacio solitario y un poco tortuoso donde Bradbury despejaba la X de la historia. Y de su destino. Mientras escribo las líneas de rigor a propósito de su muerte no estoy completamente seguro de que ésta haya sido la faceta más reconocida de quien se hizo célebre publicando “Crónicas marcianas” y “El hombre ilustrado”. Resulta limitado que Bradbury trascienda sólo como un escritor de ciencia ficción al estilo de Isaac Asimov. El gran Ray era también un gigantesco inspirador, un organismo brillante, una piedra basal de la que podíamos agarrarnos cuando nos temblaba el pulso. Bradbury fue un fantástico optimista, un hombre sabio que había descubierto que, como decía Ernest Jünger, el sentido de la vida radicaba en emular la creación como un juego de niños. Esto hacía con su obra Ray Bradbury: recrear a cada momento la obra misteriosa. Uno de sus últimos títulos publicados en español fue “Zen en el arte de escribir”, un libro que en las estanterías debió disputar espacios con otros títulos semejantes como “Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta”, de Robert M. Pirsig; “Las siete lecciones del golf”, del gurú indoamericano Deepak Chopra, o el clásico de clásicos “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel. Pero el libro de Bradbury tenía poco de zen y mucho de pasión por vivir, materias que no necesariamente se oponen entre sí pero que no son iguales ni semejantes. Bradbury quería que entendiésemos que la lectura y sobre todo la escritura diaria son capaces de conjurar la nostalgia de existir. A cada pena una palabra, una frase, una historia elaborada en algún rincón de la mente. En sus relatos y novelas Bradbury desarrolló en varias ocasiones la alternativa de las dimensiones que se tocan. Los paralelos que por accidente o ciencia accidental y obsesiva terminan encontrándose en una esquina infinita. Hoy el recurso nos parece un altercado cotidiano gracias al cine de Hollywood, pero leído en Bradbury adquiere una connotación romántica y una textura enigmática que ni siquiera el cine actual puede reproducir. La escritura como remedio y mantra era para Bradbury ese pasaje a las dimensiones desconocidas. Y algo más: la explosión inaugural de una sabiduría todavía en penumbras. Porque, como suele decirse por ahí, la muerte no nos puede alcanzar mientras leemos o escribimos. Lo sabía Bradbury, que escribía con excepcional esmero. Sembraba de este modo la duda acerca del porvenir cuando se supone que no hay un mañana. La escritura como primer acertijo de la vida eterna y llave del reencuentro con los seres amados y los escritores admirados. Así respondía Ray Bradbury en una entrevista de hace unos pocos años. –Y cuando termina un libro como “El vino del estío”, ¿se siente más en paz con sus fantasmas? –Bueno, le gané a la muerte, ¿no? Eventualmente me va a ganar, pero mientras tanto cada vez que termino un libro y lo pongo en el buzón, le digo a la muerte: “Bueno, muerte, esta vez perdiste”. –¿Cree que existe el Cielo? –A todos nos gustaría, ¿no? Si uno tiene grandes amores en su vida, no quiere pensar en no volver a verlos nunca más. Siempre albergamos una pequeña esperanza. Pero realmente no sabemos. –¿Va a la iglesia? –No necesito una iglesia. Tengo una iglesia, soy el cura, soy el obispo, soy el Papa. –Pero si existiese el Cielo, ¿cómo lo imagina? –Con mis hijas, mi esposa y mis amigos. Sería igual. Claro, si pudiera conocer a Shaw y a Shakespeare, ya que estoy ahí sería muy feliz. El escritor argentino Rodrigo Fresán tiene la teoría de que la ficción es una manera válida de arribar a la verdad. Más aún, asegura que “toda novela acaba siendo histórica, porque acaba retratando un determinado momento. Incluso la novela de ciencia ficción va a acabar siendo novela histórica. Muchos clásicos de la ciencia ficción ya lo son”. La obra de Bradbury se ha sumado al imaginario colectivo de nuestro presente. Y sus alocadas proyecciones se nos revelan como eslabones de un proceso que culminará con una humanidad mutada en una versión extraterrestre de sí misma. Una civilización que leerá como ficción o retrato histórico los libros de Ray Bradbury. “Somos la única forma de vida que conocemos, tenemos que salir al mundo y ser testigos. No tiene sentido que exista el universo si no hay nadie para verlo. Somos los testigos de lo imposible”, decía el escritor. En eso estamos, Ray. En eso estamos.