Entrevista a Marcelo di Marco: “Rebelde soy ahora”

Entrevistamos al poeta, cuentista y ensayista argentino con motivo de la publicación de su primera novela, “Victoria entre las sombras”, y la futura reedición del Taller de Corte y Corrección.

04 abr 2012 - 00:00
Comparte esta noticia

Marcelo di Marco atiende a Río Negro en el estudio de su casa en el primer piso. Aquí funciona su reconocido taller de escritura. Sobre una mesa, hay dos monitores de computadora para poder leer mejor los textos. Marcelo es un gran fanático de las posibilidades que ofrece la escritura electrónica para el trabajo literario. También hay una biblioteca circulante de la que uno puede llevarse el libro que quiera con la condición de dejar uno a préstamo. Hay dos retratos de Edgar Allan Poe y, colgado en las paredes, un afiche de la presentación de su último libro, Victoria entre las sombras. Di Marco habla rápido y con vehemencia. Habla de manera políticamente incorrecta, dice con pasión lo que opina. Le gusta distinguir conceptos mientras explica. La diferencia de la estructura de la novela y el cuento. La diferencia entre hablar con vehemencia y hablar enojado. La diferencia entre ser pacifista y ser pacífico. Lo entrevistamos con motivo de la publicación de su primera novela, Victoria entre las sombras, y la futura reedición del Taller de Corte y Corrección, los dos editados por Sudamericana. Siempre es bueno aclarar algunos conceptos de literatura, y también ver cómo piensa un intelectual que antes se reconocía más bien progresista y hoy se ha convertido a un catolicismo militante.

¿Cuándo fue tu primer acercamiento con la escritura?

Cuando era muy chico, cuando leí al Edgar Allan Poe de Historias Extraordinarias, el primer libro que leí en mi vida. Tal fue el shock, que me dije: “Yo quiero que a la gente le pase lo mismo conmigo”. Si yo pudiese tener un diez por ciento de la intensidad de un Edgar Allan Poe, me doy por satisfecho. Ese fue mi primer acercamiento. Ahí empecé a garabatear un primer cuento que me signó para siempre. Un cuento de terror. Cuento de un tipo que no lo sabía, pero descubre que es un hombre lobo. Eso lo hice a los doce años. Y bueno, después siempre seguí escribiendo la misma historia.

Hablando sobre su reciente novela, Victoria entre las sombras (Sudamericana Joven, 2011), usted empezó escribiendo poesía y narrativa corta... ¿Por qué decidió cambiar de género?

Bueno, tenía ganas de situarme en un terreno un poco más amplio que el del cuento y el poema. El cuento y el poema tienen características muy similares en cuanto a la estructura. Como me enseñaba Santiago Kovadloff, la diferencia entre el cuento y la poesía radica en la argumentación. La poesía no es argumentativa, pero sí lo es el cuento, desde luego. Ahora bien, ¿en qué se parecen? En el caso del cuento, un cúmulo de informaciones van cuajando hacia un final que llamamos desenlace. En el caso del poema, lo que se van sumando son imágenes y un estilo de respiración, rítmico, que también va cerrando. Y a ese cierre se lo llama remate. Los dos, tanto el cuento como el poema, son sumamente centrípetos. Van fluyendo hacia un centro y estallan en un solo hecho determinado. El gran poema tiene un solo impacto. Algo que Poe llegó a definir muy bien, le puso nombre: la unidad de efecto. Con la novela pasa todo lo contrario. Lejos de ser centrípeta, es centrífuga. Se va alejando cada vez más del centro. Hay una especie de desarrollo que se va dando, página tras página: desarrollo del tema, de elementos simbólicos, distintos motivos. Por supuesto que el cuento los tiene. Pero en el caso del cuento todos esos elementos, todo ese desarrollo, va a una implosión. El cuento cierra con un solo centro de gravedad. La novela tiene varios centros de gravedad. Hay en ella una temática que prevalece, pero la novela puede tener, y de hecho los tiene, distintos subtemas, distintas temáticas.

¿Distintos personajes también?

Las cosas que suceden en un cuento o en una novela dependen de los personajes que los llevan a cabo. Por ejemplo: para que pase esto (levanta un estuche de anteojos y lo suelta en la mesa), lo tuve que tirar yo desde arriba. Una acción de un personaje. La novela tiene mayor cantidad de desarrollo temático que el cuento, lanza como subtemas que se van esfumando en el aire hasta perderse en la lejanía, como las ramas de un árbol. Tenés que calcular que el tronco del árbol es el tema, el argumento central de la novela. Y todas las ramificaciones que pueden tener hasta la última hojita, esas van a ser justamente subtramas. ¿Y quiénes las llevan de la mano sino los personajes? En suma: el desarrollo argumental los crea a ellos, y ellos crean el desarrollo argumental.

¿Y en el caso de Victoria entre las sombras cómo fue?

Tal cual. La misma naturaleza de los hechos fueron trayendo más personajes. Yo arranqué con una narración absolutamente concentrada en dos personajes. La primera versión de Victoria entre las sombras, que no se publicó, se titulaba El club de los sin cara. Eran dos chicos, dos varones, que estaban encerrados en la casa de uno de ellos en Mar del Plata, aburridos y con ganas de hacer algo. Entonces deciden fundar un club, un club de chicos. El requisito para poder entrar y permanecer en él era portarse mal, pésimamente mal. La idea no era original: Robert Louis Stevenson, el autor de La isla del tesoro, ya había planteado eso en su propia biografía: había fundado un club de chicos que se portaran pésimamente mal; cuando más mal se portaban, más ascendiente tenían. Entonces, esos dos chicos que estaban encerrados, cuando salen a la calle empiezan a encontrarse con un montón de situaciones, traídas de la mano, como te decía recién, de otros personajes. Así es como se fue dando el marco que rodea al protagonista. Y algo de esa versión original quedó en Victoria entre las sombras.

¿Y usted lo piensa de antemano?

No, eso es imposible. No se piensa de antemano, se va haciendo. La misma estructura de la novela va proponiendo ese ritmo, el proceso que un héroe o un antihéroe van recorriendo a lo largo de toda la novela. La novela viene a ser una especie de símbolo de nuestro peregrinar por este mundo, entre luces y sombras. A un personaje le asignan determinada misión. La misión que tienen mis personajes, por ejemplo, es la de sobrevivir. Y si para sobrevivir hay que rajarse, ahí es donde se pone en acto lo que filosóficamente se conoce como misión. Una misión dada por uno mismo o por los dioses o por alguien. Fijate por ejemplo en Apocalypse Now, la gran película de Francis Ford Coppola. Es igual a Caperucita Roja. A Willard (Martin Sheen) le han dado unas tortitas para que le lleve a la abuelita (Marlon Brando), que vive cruzando el bosque... Y mientras tanto, para lograr eso, Willard debe cuidarse de los lobos. A Caperucita también le han dado la misión, no de ir a masacrar a su abuela, sino de llevarle las tortitas... y guarda con el lobo que te vas a encontrar. Y ese camino de iniciación del héroe tiene toda una serie de pasos. A su vez, va a encontrarse con personajes que lo ayudan o que se le oponen: ahí están los personajes secundarios. En toda novela pasa eso. Y, a lo largo de ese camino, el héroe va sufriendo pruebas de las cuales va a volver o destruido, como en el caso de Willard, o fortalecido, como en el caso de Tomás, el protagonista de Victoria entre las sombras. Por lo general, cuando vuelve el héroe, se hace conductor de su pueblo.

En su novela la aventura se encuentra muy presente, el valor, la solidaridad, el jugarse por el otro, la amistad. Parecen valores que hoy se fueron perdiendo o no se ven tanto en las obras literarias, ¿Por qué cree que sucedió eso?

Pienso que estamos asistiendo a lo que se llama teológicamente los signos de los tiempos. La gran disolución de la sociedad. Digamos, hay una especie de tendencia autodestructiva en el hombre moderno. Lo que Solzhenitsyn llamaba el “suicidio de occidente”. Hace que precisamente todo en lo que estaba basada nuestra cultura sea despreciado, sea puesto en tela de juicio, contradicho y hasta odiado. El hecho de que en la Constitución Europea se extirpe cuidadosamente el nombre de Cristo, siendo la Iglesia la fundadora del occidente cristiano, valga la redundancia, es un signo apocalíptico. Siendo la Iglesia la que pudo preservar de la invasión bárbara los grandes tesoros de Grecia y Roma —esa imagen del monje copiando los antiguos manuscritos es totalmente real—. Todo ese enorme bagaje de cultura se ve dilapidado hoy por la sociedad moderna. El Poder Mundial está formando una sociedad absolutamente programada y estupidizada, una masa inclinada hacia la diversión y el placer a cualquier precio. Coincidiremos en que muy poco tiene que ver esa programación anticristiana con el jugarse con los amigos, con entregar la vida por una causa, con salir de alguna manera de la mediocridad ambiente para transformarse en un héroe, como se transforma Tomás en mi novela.

¿Tan malo le parece adonde vamos?

Es que hoy día el ser humano es ni mas ni menos que una especie de piltrafa: un tipo que no tiene Dios, no tiene Patria y no tiene Hogar. ¿Qué puede tener si no tiene eso, que es la base de todo? Un tipo bombardeado por la propaganda, por el consumismo, por las modas. Pero, también, un tipo que conserva dentro de sí esa esencia cristiana que fue fundante de la cultura y el sentido común; cultura que hoy yace bajo escombros, pero a la cual añoramos. Entonces, cuando una persona que ama la verdad encuentra a un héroe, en mayor o menor grado, lo sigue. En el hombre hay una tendencia gregaria, a nadie le gusta estar en minoría. A todo el mundo le gusta estar con la mayoría. Sin embargo, es en la minoría donde uno va a encontrar a estas personas que incluso podemos llamar “egregias”. El egregio es el que salió de la grey. e-gregio, el que egresó. El que salió del rebaño. De la grey. Un tipo que ya no es el mismo zombi que todo el mundo. A ese, lo siguen naturalmente. Te voy a poner un ejemplo muy claro y cotidiano: ¿qué hace la gente cuando el guardavidas rescata a una persona que se había alejado de la costa?

Se juntan y aplauden.

Se juntan y aplauden, tal cual. Y ahí puede aparecer algún estúpido que diga: “¡Pero a este señor le pagan para hacer eso!”. Y entonces ahí te das cuenta de que está esa certeza de que todo tiene un precio, todo es objeto de mercado. Pero la gente, cuando puede pensar con criterio, reconoce el valor como lo que es. Reconoce el valor, el coraje, la intrepidez.

En estos días se pasa por una fecha importante para el país porque se cumplen treinta años de la Guerra de Malvinas. Usted escribió el poema “1982”. ¿Qué lectura hace sobre ese escrito hoy, 2 de abril de 2012?

Mira, es un poema duro. Lo escribí basándome en “Aullido”, de Allen Ginsberg. Y en esa época este poema lo escribí muy cercanamente a la Guerra de Malvinas. Estaba todavía el gobierno militar en el poder. Ya faltaba muy poco para el advenimiento del alfonsinato. Y me acuerdo que era muy desesperante ver cómo se iban desarrollado las cosas en aquella época. Todos los movimientos de masas que hubo alrededor de Malvinas, y también después, con la desmalvinización, me pareció que podrían tratarse desde un lugar paródico. Yo en aquel momento no me imaginaba siquiera yendo a empuñar un fusil. Y en esa época ya era bastante grande, pero no pensaba como pienso hoy. Hoy en día, quizás ese poema no lo habría escrito. Estaría presentándome en las filas para ir a combatir. Esto te lo digo sin ninguna duda. En esa época no tenía la conciencia que hoy tengo.

¿Más rebelde era?

No, era al revés. Rebelde soy ahora, en tanto que lo que estoy diciendo puede escandalizar a más de un cultor de la corrección política. Antes no era rebelde, antes estaba en desacuerdo con la guerra. La rebeldía propia de la juventud, en esa época se encauzaba —y se encauza— contra el enemigo equivocado. Contra las cosas que no hay que rebelarse. Eras jovencito, y te enseñaban que había que rebelarse contra esos tres pilares que te mencioné recién: La familia, Dios y la Patria. Porque esos son los tres pilares que se necesita destruir para disgregar una sociedad por dentro, y dar paso a un gobierno internacionalista. Rebelde soy ahora, si vamos al caso. El Padre Sáenz, un santo sacerdote, proponía fomentarles la rebeldía a los chicos. ¿Pero la rebeldía ante qué? Y... ante la tinellización, ante la mediocridad, ante la antipatria. Así las formé yo a mis hijas: intelectuales militantes de puro cuño católico. Hoy en día, el subversivo es el católico. Hoy en día es subversivo ir a misa. Y no solamente ir a misa, sino comportarse como un cristiano. Buscar la santidad es un acto plenamente subversivo. Es al revés la cosa: antes no era rebelde. Me hacía el rebelde, sin saber que con mi grano de arena era funcional al Imperio y a sus estrategias tendientes a la disolución de las naciones.

Por Guillermo Flores