In to the wild

22 jul 2010 - 00:00
Comparte esta noticia

Joven, impetuoso y soñador, Christopher McCandless partió hacia Alaska con unos pocos pertrechos. Allí murió meses después, probablemente de inanición. Relatado de este modo suena a una de tantas vidas que se han perdido accidentalmente en medio de la naturaleza. McCandless no era un aventurero cualquiera. Al internarse en el peligroso territorio del norte no estaba pensando en volver con una pila de fotografías de impactantes paisajes o de sí mismo sosteniendo una trucha para que la vieran su hermana y sus padres. McCandless estaba harto de su núcleo y de lo que la gente esperaba de un chico de su edad. A pesar de su obstinación y de lo aguda de su crítica para con una sociedad más preocupada por el color de los sillones que por la claridad del alma humana, McCandless no pretendía cambiar la vida de nadie excepto la propia. Una vez que hubo terminado sus estudios de antropología e historia, dejó su departamento sin dar ni dejar explicaciones e inició un peregrinaje de dos años que lo llevaron por Arizona, California y Dakota del Sur, lugares en los que trabajó ocasionalmente pero sobretodo vagabundeo. El capítulo final de su travesía se desarrollo en Alaska, una de las geografías más duras y fantásticas del planeta. Para entonces, McCandless ya había donado todos sus ahorros (unos 24.000 dólares) a una institución de caridad, y andaba con lo puesto: una mochila, un poco de arroz, un rifle, que había adquirido para cazar animales, libros sobre plantas silvestres y obras de Jack London, León Tolstoi, Henry David Thoreau y de Louis L’Amour. “¿Qué quieres hacer en Alaska?”, le preguntó uno de los amigos que hizo en el camino: “Sólo estar ahí, ahí, ahí”, cuentan que respondió el joven, dando en la tecla acerca del sentido profundo de acampar o comprender una obra de arte: estar o ser parte para aprender. Básicamente lo que le ocurrió a McCandless, es que el río que había cruzado en invierno se convirtió en un torrente cuando decidió regresar por la misma senda en primavera. Sin mapas, el joven jamás llegó a saber que la salvación estaba cerca: a unos 400 metros había un vagón colgante que lo hubiera depositado en la otra orilla. McCandless había sido un adolescente fuera de la norma. Amante del atletismo, fuerte y resistente aunque de aspecto delicado. Rechazó ingresar a cualquier fraternidad donde se lo llamara debido a su calidad como estudiante, también la natural opción de comenzar un noviazgo y enamorarse, y hasta de tener un automóvil nuevo con el que sus padres pensaban coronar sus esfuerzos intelectuales. McCandless sólo quería que lo dejaran indagar en las posibilidades de la idea de libertad. Y no había verdadera libertad en los ámbitos por los que entonces transitaba. La primera vez que el gran público vio una fotografía suya fue en el libro que Jon Krakauer publicó en 1996, “Into the Wild”. En las páginas interiores se lo observa en un autorretrato que lo muestra en sus días finales, delgado y sonriente. Lo frágil de su condición le otorga a su sonrisa una pátina espiritual. Un mártir a punto de concluir su obra. Hace un par de años, Sean Penn dirigió una hermosa película que tituló como el libro. Ambos documentos sirven para reivindicar la imagen de este aventurero. Dueño de una poderosa fuerza voluntad y de una concepción pura y definitiva acerca de la existencia. Vivir, en su perspectiva, era extender la fronteras del ser a fin de ponerlo a prueba y perfeccionarlo. McCandless tenía la intuición de que en soledad alcanzaría algún tipo de sabiduría. Sus apuntes indican que en parte lo logro. Una de las últimas anotaciones que hizo en su diario dice: “La felicidad sólo es real cuando es compartida”.

NEWSLETTER

Suscribite a “Noticias del día” Recibí todas las mañanas un correo con toda la información.