José Sacristán: En el juego de hacer creer que soy el que no soy

Antes de subir a los escenarios de Neuquén, Bariloche y Zapala habló con “Río Negro” de su trabajo y de este recital de poemas de Machado.

19 sep 2011 - 00:00
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Tras una reciente y exitosa recorrida por nuestro país, José Sacristán está de vuelta en Argentina con “Caminando con Antonio Machado”, un magnífico recital de poesía. Este inconmensurable actor nacido el 27 de setiembre de 1937 en Chinchón, a unos cincuenta kilómetros al sudeste de Madrid, en la comarca de Las Vegas dio el puntapié inicial del actual tour en Rafaela. Y ahora está por llegar a Neuquén, Bariloche, Zapala.

En “De los días azules a el sol de la infancia”, Sacristán personifica al poeta y prosista español muerto de pena y enfermedad en su exilio en el pequeña localidad francesa de Collioure. Honra su poesía acompañado por el pianista y compositor Facundo Ramírez quien tocará obras conmovedoras de Isaac Albéniz, Frédéric Chopin, Claude Debussy, Franz Liszt, Heitor Villalobos, Johannes Brahms, Franz Schumann, Wolfgang Amadeus Mozart y Frederic Mompou.

En la región las fechas son: sábado 24 de septiembre a las 21 en el Cine Teatro Español de Neuquén, 10 de noviembre en el Teatro Provincial de Viedma, 17 en el Centro Cultural de Bariloche y el 19 en el Teatro Provincial de Zapala. Toda una aventura en gira... “Te advierto que ya es la segunda vez que la hago en pocos meses. Yo vine a Argentina a filmar una película que empezaba en Buenos Aires, bueno, comenzamos allí y terminamos en La Quiaca. Yo estoy pasando ahora por sitios por los que andado en mayo y junio. O sea que bien me puedo contratar aquí de guardia urbano (risas) por lo que conozco de estos caminos”.

–Otra Argentina distinta de la gran capital, no sólo en paisajes, también en modos y ritmos de vida...

(Continúa en la página 40)

(Viene de la página 39)

–En todo lo que estoy viendo de un lado a otro, cualquier parecido con el ciudadano medio porteño, cualquier semejanza es pura coincidencia. Efectivamente.

–Un interesante aprendizaje. Es un viaje iniciático en el que uno no sólo conoce sino que se conoce.

–Pues sí. Mira, hay una frase, un ejemplo, que suelo poner cada vez que vengo a Argentina y es que no conviene venir con las gafas, las lentes o los anteojos con los que sueles mirar o mirarte cuando estás en tu territorio. Aquí hay que quitárselas y ponerse otras de visión mucho más amplia, mucho más abarcativa y matizada. Y claro, una cosa es venir a Buenos Aires y otra, este viaje maravilloso donde no solamente conoces, sino que a través de ello, te vas conociendo.

–Cuando una persona tiene veinte y pico de años, suena a aventura y así se encara, pero usted no tiene esa edad –al menos físicamente– y supone un esfuerzo, un desafío fuerte.

–Más que un desafío es un privilegio, un lujo. Yo sigo en este oficio porque, por encima de todo, me importa lo que tiene de juego. Si esto es cultura, es expresión, seguramente y está muy bien que lo sea, no? Pero por sobre todo está el juego de hacerle creer al otro que soy el que no soy y que se ría, que se joda, que algo le pase... Y así jugamos. Entonces, eso tiene que ver, lógicamente, con el crío que llevo dentro y no quiero dejar de lado. Todo se relaciona con una suerte –al menos mientras la madre naturaleza tenga a bien no arrinconarme ni acogotarme ni humillarme demasiado y pueda defenderme por mí mismo– de lujo al poder gozar de lo que estoy haciendo. El valor añadido lo pone además Don Antonio Machado porque es todo un lujo... Claro, no hay mejor compañero para un viaje como éste, que andar caminando con un tipo como este sevillano..

–Para un caminante nada mejor que otro que hizo camino al andar usando sus “Proverbios y cantares”...

–Eso es, hombre, sí. Y además con esa forma de caminar y cómo don Antonio miraba lo que tenía alrededor.

–Un poco lo que usted está haciendo ahora.

–Es claro. El que sea Machado quien nos acompañe viene a añadir... ¿cómo decirlo? una variante más en esa misma dirección de lo iniciático que tu decías. Sigue siendo cierto que se hace camino al andar.

–Incluso habiendo vivido mucho (Sacristán cumple 74 el martes 27), se descubre que lo interesante es hacer el camino y no la meta.

–Pues sí. Los años dan, al menos desde mi punto de vista, noticia de algo de lo que ya uno no quiere hacer, de dónde uno no quiere estar, o con quien no quieres relacionarte. Lo demás está todo abierto a lo que venga. No quiero perder la capacidad de asombro ni la posibilidad de equivocarme. Aprender a decir que no es una de las cosas que la edad sí va dando.

–Antonio Machado está metido en quienes lo conocimos leyéndolo o escuchando a Joan Manuel Serrat o a Paco Ibáñez, de un modo sumamente hondo, afectivo. Es un poeta que se ama.

–Es la emoción lo que predomina en toda la experiencia que venimos teniendo hasta ahora. La relación entre el escenario y el público es algo fundamental en este acontecimiento, pasa por el hecho emotivo.

–Cuando llega a una ciudad, ¿cómo influyen los estímulos que recoge en la calle?

–No afectan al trabajo, sí a mí. La verdad es que no sé cómo agradecer las pruebas de afecto y de respeto que recibo permanentemente. Influyen en mi estado de ánimo y salgo mucho más contento y más dispuesto a entregarme en cuerpo y alma. Pero afectar concretamente al trabajo ya no, no ocurre.

–¿Está bien la palabra trabajo?

–Bueno, lo denomino así porque me gano la vida con ello. Y si no me pagaran, no lo haría. No, yo trabajo de esto porque con esto vivo. Siempre he vivido. Llevo ya más de cincuenta años en esta profesión y mi propósito, desde el principio, fue justamente ese, vivir de ella y no de otra cosa.

–Hay varios filmes españoles que narran historias de actores trashumantes. Pensaba en “¡Ay, Carmela!” (90, de Carlos Saura), justamente...

–Yo hice uno que es maravilloso, “El viaje a ninguna parte” (86) de Fernando Fernán Gómez. Posiblemente, la mejor película que se ha hecho en mi tierra sobre los cómicos de la legua. Pero lo que estoy haciendo yo, ahora, es mucho más confortable. Primero porque tanto “¡Ay, Carmela!” como la que acabo de nombrar, contaban las peripecias de unas gentes que vivían un tiempo siniestro en España, que fue el previo a la guerra (civil), el de la guerra y el posterior de la dictadura de Franco, en unas condiciones miserables totalmente, en las que algunos eran perseguidos y demás. El entorno entonces era terrible y esto de hoy es un lujo, una cosa de señoritos. Vamos por los caminos encantados de la vida. A diferencia de aquellos cómicos, nosotros somos nuevos ricos.

–Las pruebas de afecto y respeto que recibe en cada ciudad se relacionan con su siembra....

–Sois muy generosos. Yo lo he dicho muchas veces, posiblemente lo mejor que me ha pasado en toda mi carrera es tener un lugar en el mundo entre vosotros. Aquí hay gente de muchísimo talento y luego esta manera que tenéis de corresponder a lo poco o mucho que he podido ofrecer, que representa un generosidad formidable. Y, desde luego, yo procuro corresponder desde el más profundo agradecimiento.

–Ha nombrado, quizá sin proponérselo, el filme que coprotagonizó con Federico Luppi, Cecilia Roth y Leonor Benedetto (dirigidos por Adolfo Aristarain, 91). ¿Recuerda la frase que usted, borracho, dice al personaje de Cecilia refiriéndose al de Federico?

–Pues claro: “Es un frontera y un frontera nunca pierde su dignidad”. Es una película que aunque no le hubiese gustado a nadie y no hubiese dado un duro (un peso) el simple hecho de rodarla ya valió la pena.

–En esa época dudábamos de que Argentina fuese nuestro lugar en el mundo, de hecho muchos compatriotas emigraron a España y otros aprendimos maneras de pelearla, de proponer variables para salir adelante...

–Sí, y nosotros estábamos entonces en otra latitud y ahora mira las vueltas que esto está dando. Pero me temo que no hay solución, a la vista al menos. Lo que ocurre en España y en Europa es más complejo y me atrevería a decir más jodido, de más difícil resolución. Me da tristeza, sobre todo por mi edad y mi condición de españolito, como dice Machado, que viene al mundo y que le guarde Dios. Porque después de la puta dictadura de Franco abrimos los balcones y las ventanas de la transición. Corría el aire fresco, nos pusimos el traje de los domingos y miramos al resto del continente europeo de igual a igual. Y de pronto ha vuelto a crecer el fracaso económico. Hemos caído en un espejismo siniestro, en manos de los filibusteros y los mercaderes del dinero. Esto, desde mi punto de vista, informa de la conducta salvaje de este capitalismo de mierda y de la incompetencia de los partidos de derecha e izquierda, que no han sabido hacer frente a la emergencia. Da mucha bronca.