Museos y sus obras: ¡se mira pero no se toca!

El arte contemporáneo ha buscado el contacto directo con el público.

Aciertos y desaciertos con las esculturas sonoras de León Ferrari.

11 nov 2012 - 00:00
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Si hay un principio que el arte contemporáneo ha querido negar es el mandato exclusivamente contemplativo, distante, respetuoso en relación con la recepción de las obras. Hoy los artistas diseñan las más diversas estrategias para romper este mandato, aspirando en cambio, al contacto directo, a la participación, con intención de generar no ya una actitud pasiva sino de activa interacción. Por eso, acercar conceptualmente las obras al público, en muchos casos implicó acercarlo también “espacialmente”, a partir de obras cinéticas, performances en el espacio público, artefactos interactivos -por citar algunos soportes como ejemplo-, donde los artistas buscan plantear la recepción en términos completamente distintos a los tradicionales, ya que apuntan a integrar la recepción de la obra con la vivencia que ésta genera en el destinatario. El artista argentino León Ferrari ha producido a lo largo de su vasta trayectoria muchísimas obras que tienen estos preceptos como norte. Lamentablemente, muchos museos del mundo no están a la altura de las circunstancias, y plantean la exhibición de ciertas obras desde un criterio paradojal, porque alejan al público del ineludible y necesario contacto con las mismas planeado por los artistas. Quisiera remitirme a un ejemplo de este “desacierto”; en la Patagonia, en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de la ciudad de Neuquén. En el interior del museo, en el hall de acceso, hay una de las numerosas esculturas sonora del artista León Ferrari titulada “Berimbau” (1980-2005) -su interpretación del instrumento de origen angolano que el artista materializó en diversas versiones desde 1980- que consiste en una majestuosa pieza con base de madera y varas de acero clavadas en ella, la cual fue pensada expresamente para que el público pudiera tocarlas, ya que en ese acercamiento literal y físico, radicaba su magia. De hecho, varias esculturas sonoras construidas por Ferrari han sido emplazadas al aire libre, redoblando así la intención de sacudirse del corset procedimental que en general plantean las instituciones museísticas, en lo que se refiere al cuidado y la exhibición de las obras. Es el caso por ejemplo, del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) que exhibió durante un tiempo una escultura en la terraza, o el Parque de la memoria ubicado en Buenos Aires, a orillas del Río de la Plata, que desde marzo de este año alberga otra de las esculturas sonoras. En el MNBA de Neuquén en cambio, la escultura sonora tiene un rotundo cartel: “Se ruega no tocar las obras”. Cuando consulté a uno de los empleados del museo sobre esta prohibición me especificó que sólo la pueden tocar quienes en compañía de un guía hayan optado por la visita guiada o bien personas con discapacidades, como los ciegos, ejemplificó; así las cosas, el artefacto permanece “mudo” la mayor parte del tiempo. Consulté su opinión sobre esta situación a la especialista en arte Florencia Battiti, curadora de la muestra de León Ferrari “Brailles y relecturas de la Biblia”, que tuvo lugar en el Malba este año. Allí se expusieron obras de la serie “Brailles”, en la que el artista trabajó sobre reproducciones de imágenes religiosas, eróticas o provenientes de la historia del arte, e incluye textos en braille tomados de la Biblia o de escritores. Todas obras pensadas para ser tocadas. Battiti consideró que la decisión de impedir que se toque una obra que fue pensada precisamente para brillar a través de la interacción con el público es una clara contradicción a la esencia de la misma, desde la intención de su artista. Si bien las obras no son creaturas que deban rendir pleitesía a todo lo que sus constructores determinen, pues una vez que son expuestas, se lanzan y exponen a los diversos usos que otros puedan darle, ya que dicha libertad permite que la interpretación de las obras sea tan abierta como intérpretes haya, también es preciso señalar que hay artefactos, como ocurre con las esculturas sonoras que requieren necesariamente la interacción, desde la simbiosis entre ellas y su público. En mi opinión, los museos que exhiben arte contemporáneo deben estar dispuestos a acompañar su dinamismo y su intención “disruptiva” con respecto a muchos de los engranajes que componen a la institución “arte”; deben estar dispuestos entonces a permitir, entre otras cosas, no sólo mirar sino también tocar.