Pedro Aznar: Letra y música en sus palabras

Antes de su gira patagónica, el música se encontró con “Río Negro” para hablar de “Contraluz”, su último disco.

21 mar 2017 - 00:00
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Pedro Aznar llega esta semana a la región para un tour patagónico de conciertos unipersonales que comenzará este jueves a las 21 en Casa de la Cultura, de Roca, donde volverá a tocar el domingo; sigue el viernes y sábado a las 22 en Casino Magic, de Neuquén; el martes 28, también a las 22 en Sala Amankay del Centro Cultural Cotesma, de San Martín de los Andes; al día siguiente, a las 21, en Bariloche Eventos y Convenciones. En diálogo con “Río Negro”, Aznar desglosó la poesía de su último disco.

P- “Contraluz” es la obra de alguien que siempre está estudiando, aprendiendo, dando vueltas la poesía hasta encontrar la palabra justa.

R- Te agradezco los conceptos y sí, hay mucho de eso. De una actitud constante de buscar y ahondar en mi trabajo como un modo, no solamente de comunicación con los demás, sino como una forma, para mí mismo, de entender el mundo. Y participar a los otros de esa exploración. De sumarlos... En este disco, hay muchas de esas cosas, por ejemplo en “Caballo de fuego”, una canción que elabora sobre a qué posible futuro estamos yendo, acerca de cómo van a impactar en la sociedad, las tecnologías que crecen a ritmo exponencial.

Cuestiones que pueden parecer muy distantes pero están a la vuelta de la esquina.

P- Tecnologías que, por caso, hípercomunican a la vez que nos distancian y despersonalizan. En los primeros versos de “Caballo de fuego”, dice la gente que nunca será / una conciencia no humana y total...

R- Habla ahí del desarrollo de la inteligencia artificial que, insisto, puede parecer algo de ciencia ficción, pero se está trabajando denodadamente en ella, se hacen avances muy importantes, minuto a minuto y –como decía– exponencial. Lo que hoy tarda un mes, dentro un año demorará una semana; dentro de dos, un día, y dentro de tres, un minuto.

P- Cuando éramos chicos, se modificaban cada década, cada lustro luego. Sucede hoy con las computadoras que en un semestre son superadas por otras más livianas, más delgadas... Es una carrera cuya meta siempre se corre.

R- Va a seguir siendo así...

Lo central

Aznar compuso la música de “Hombre mirando al sudeste”; la de “Últimas imágenes del naufragio”; de “No te mueras sin decirme adónde vas”; y “No mires para abajo”, películas de Eliseo Subiela.

P- Cuando estaba por filmar “Últimas imágenes...”, le pregunté qué respuestas buscaba –me río hoy de mi pretensión- y Subiela me contestó que buscaba preguntas. Como el último tema de “Contraluz” (“La pregunta”).

R- Sí, estoy de acuerdo con lo que decía Eliseo, de buscar preguntas más que respuestas. Nuestra vida está signada por los interrogantes, por el preguntarse constantemente. Creo que es una gran parte de lo que significa ser humano. Y las contestaciones que nos vamos dando, son dinámicas, se modifican todo el tiempo junto a nosotros, que también cambiamos. Por eso, la pregunta es más central que la respuesta.

P- Fusionaste colores de muchos géneros musicales. Servir para los demás y no sólo para regocijo propio, es parte sustancial de la tarea de un creador.

R- ¡Qué honor! (Pedro se sonroja y piensa unos segundos). Sí, yo siempre lo vi así. Creo que hay una responsabilidad aparejada al trabajo del artista, que no vivo como un peso. Es una hermosa cuestión que el arte tenga esa función y que uno elija hacerse cargo de ello, de un modo consciente. En buena parte, estamos para eso, en realidad. Para compartir la búsqueda.

P- Una de las frases que más hondamente me pegó está en “Silos y máquinas” al comienzo de la cuarta estrofa: “En los planes de la eternidad somos un parpadear...”

R- Fijate qué dice inmediatamente después como complemento: “Ojos que, conscientes del mirar, pueden iluminar”. Nosotros somos el universo mirándose a sí mismo, nuestra conciencia nos convierte en la creación que celebra haber sido creada. Y que se da cuenta de la maravilla. No es menor, es milagroso, muy hermoso y tiene muchísima potencia. Y a la vez, somos un parpadear, limitados en el tiempo, y nuestro paso por el mundo es fugaz, pero el legado que podemos dejar es infinito. A eso se refieren esas cuatro frases (incluyendo: Y hay tanto más que esconden las estrellas / Hay tanto más que espera nuestro despertar).

P- En Santa Cruz, en la Cueva de las Manos del Río Pinturas, quienes siluetearon su mano en las paredes, tenían un sentido muy claro en ese acto, dejar una huella para otros que superara su propia existencia. Cada uno, a su manera, busca trascender la fugacidad del tiempo.

R- Sí, vamos dejando señales, huella en lo que hacemos, y ahí está la belleza. Porque así como yo fui inspirado por montones de artistas y aprendí a vivir a través de ellos, ahora me toca dejar testimonio de lo voy pasando en la vida, viendo, aprendiendo, sintiendo. Y que los que vienen después sigan pasando la posta.

P- En todas las culturas, a través de los siglos, alguien hace luces para que otro vea, siga, recoja, transforme, transmita.

R- Hacer luces ante el abismo del tiempo. Linda imagen.

P- Una tarea sanadora, no?

R- Sí, absolutamente. Porque es una manera de sentir que no pasamos en vano por el mundo. Cuando llevás de la mano a un chico y le mostrás un río al atardecer, o por primera vez la montaña o el mar, estás pasando la antorcha. Le estás tocando el corazón a ese niño y abriéndole una puerta. Eso también es un gesto artístico y lo hacemos todos, no solo los artistas.

P- Me acabás de dejar en el final del cuento de Eduardo Galeano “La función del arte/1”

(“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Y cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: Ayudame a mirar!”)

R- En esa frase que le hace decir Galeano al chico, hay mucho codificado. En “ayudame a mirar” está la necesidad de compartir, porque el misterio es muy hondo y si no es compartido, no hay cómo abarcarlo. Cuando se comparte, se hace carne en uno y en el otro. Y se puede abrazar. Si te lo encontrás de cara vos solo, te va a traspasar igual, pero se hace más (busca la palabra) inabarcable, inaprensible.

P- ¡Volvamos a la tierra! (Risas compartidas). Vas estar ahora en una larga gira por Patagonia que te lleva a conectarte con tu último trabajo discográfico, a su recreación en vivo...

R- Es una linda oportunidad porque celebro mucho viajar por el sur. Es una región que amo y me inspira. Lo vivo como un viaje iniciático, casi. Ya estoy a horas de iniciarlo y gozando los lugares que voy a visitar, los nuevos que encontraré, esos paisajes, esos horizontes enormes, esos cielos increíbles. Y siempre vuelvo renovado de allí. La vastedad asombrosa que tiene el sur, me alimenta muchísimo.

Y los conciertos son, por supuesto, el motivo, lo central de la gira, pero terminan convirtiéndose en la frutilla del postre, para mí, en lo personal. Porque el hecho de viajar y encontrarme con la gente y con los lugares, es en sí un viaje, una experiencia.

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