Yo es otro

24 mar 2013 - 00:00
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Una rayuela es el ascenso de la tierra al cielo realizado a la intemperie. O del infierno al cielo, y la intemperie está atemperada por un laberinto. Pero se llega al cielo. Un premio pobre, si se quiere, un Grial devaluado al que el caballero andante accede mediante el deliberado desorden de los sentidos que lo acompaña todo el itinerario. Es “la oscura necesidad de evadir el estado de homo sapiens hacia… ¿qué homo?” Pero en “Rayuela”, Julio Cortázar inicia también un descenso que supone abandonar las seguridades burguesas y las firmezas del pensamiento del “sapiens”, abre la posibilidad de desdoblarse en un otro que alienta la busca incesante y desmonta con una paciencia metafísica los mecanismos de hipocresía a fuerza de arte y surrealismo. Vencer al dragón, conquistar la dama y encontrar esa vida que “está en otra parte”. Este descenso implica una épica, esa épica del perdedor a sabiendas que mira, desde Heráclito y desde los pensadores del margen que quedaron a la intemperie, las alturas a que ha llegado la civilización occidental de la década del sesenta. Hay un estrecho vínculo entre la ruptura de la novela tradicional, el lenguaje dislocado y la metafísica occidental que estalla en pedazos a partir de “Rayuela”. El rescate de las esquirlas como indicios de lo nuevo y de lo otro en tanto totalmente otro tiene dos articulaciones: la palabra y el erotismo, y a veces sólo este último, y la música, el jazz que es el paisaje sonoro más importante del texto.

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