Horacio Tarcus: “Marx nos habla del presente”

Las recientes crisis económicas y financieras que ha vivido el capitalismo en el inicio del siglo XXI sacaron al pensador alemán del relativo ostracismo al que sectores intelectuales lo habían condenado en los 80 y los 90. En su antología, Tarcus propone una relectura de su pensamiento, despejando ciertos “ismos” que a menudo convirtieron una teoría crítica en doctrina cerrada e incluso catecismo.

10 jul 2015 - 00:00
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No se fue. Derrotó el arrinconamiento a la nada con que desde ciertos planos ideológicos dominantes en los 80 y 90 –discursos únicos mediante– intentaron sacarlo de juego. En algún momento lo señalaron como el responsable de todos los males del planeta desde el mismo día en que nació. O, como sentenció aquí el asesino Emilio Massera, “la encarnación de la maldad más extrema”. Y, si nunca se dejó de leerlo a pesar de todos los embates, se renueva y renueva la lectura en distintos rangos de la actividad del pensamiento y las ideas. La crisis económica global del 2008 y la actual debacle de Grecia obligaron a releerlo. Porque Carlos Marx está. En Argentina, vía Siglo XXI, uno de los más rigurosos académicos en materia de historia y presente de las ideas –Horacio Tarcus– acaba de publicar “Antología. Karl Marx”, cuya selección e introducción le pertenecen. Sobre este trabajo dialogó Tarcus con “Debates”.

–¿Por qué una antología del pensamiento de Carlos Marx?

–Desde la puesta en marcha, por interés de una editorial: Siglo XXI. Desde lo formativo, porque son más de 30 años estudiándolo. Comencé a abordarlo en el 73, cuando siendo casi un pibe inquieto leí “Crítica a la filosofía del Derecho de Hegel”. Ése fue el punto de partida para obtener un saber acumulado pacientemente desde el debate de sus ideas y procesado durante más de un cuarto de siglo enseñándolo desde el dictado de una materia en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

–¿Hay algo en especial que, al menos en aquellos inicios de los tensos 70, haya signado esas lecturas?

–Sí, no me dejé capturar por el fundamentalismo con que se abordaba a Marx. Nada de la verdad consagrada sin más. Fundamentalismo que fue, huelga decirlo, trágico; lo sabemos. No lo busqué, no lo seguí en términos de lo absoluto. Esto, por supuesto, lo logré en el marco convulsivo de aquellos años.

–Pero, como dice Raymond Aron, que nada tuvo de marxista pero sí de pensador intenso, hay algo que inexorablemente lo lleva a uno a estudiar un pensamiento; “la clave que ya no nos abandona más”, decía. ¿Qué encontró de clave en Marx si lo encontró?

–Lo que es a la hora de pensar: aceptar que es una interpretación muy fundada del mundo contemporáneo con el capitalismo como núcleo decisivo en su formación, en sus contradicciones, en su sociedad de clases en pugna.

–¿Cómo llegan los alumnos, ya de escala universitaria y en términos de interés, curiosidad, a una cátedra sobre Marx?

–Expresan un arco interesante para el trabajo de cátedra. Va desde alumnos que llegan con escepticismo sobre qué es hoy lo que se puede enseñar sobre Marx y alumnos que lo hacen sabiendo algo, al menos, de lo que se trata. Es una tarea apasionante, exigente, siempre acechada por el “ismo” propio del estudio de las corrientes ideológicas.

–¿El “ismo” como extremo?

–¡No, no! Como legado de un pensamiento que es objeto de lecturas y apropiaciones en claves diversas. Yo lo digo en la introducción a esta antología: el marxismo, y esto vale para el pasaje de todo autor a los “ismos”, no es un decurso natural. El marxismo que se constituye en términos políticos en la década de 1880 o el marxismo que se reconstituye, siempre en línea a la acción política, en 1917 bajo el signo del leninismo no son el resultado natural de las obras que dejó Marx. Son recomposiciones de un corpus que puede ser organizado, jerarquizado, en rangos interpretativos muy distintos según dictados temporales y de otra naturaleza.

–El marxismo que se constituye por obra de su amigo Federico Engels casi en paralelo con la muerte de Marx en 1883...

–Y de Kautsky, otro pensador muy significativo.

–¿Ese marxismo qué es en relación con lo que pensó Marx?

–Es el resultado de una operación inconsciente, por supuesto, aunque no tiene el alcance agrio que hoy define al término “operación” cuando de política se trata. Operación sobre los textos concretos de Marx. Y, de ahí en más, con el correr propio de la dialéctica de la historia su pensamiento fue muy fatigado por unos y por otros.

Pero ¿qué era Marx, al margen de un pensador que incendiaba la pradera, de cara a esa primera herencia? ¿Cómo definirlo?

–Un hombre que ama la paradoja y al que le gusta pensar problemas.

–Volviendo a su anterior respuesta, en su biografía sobre Marx, Francis Wheen también habla de las paradojas y retruécanos de Marx y se pregunta si éste hubiese considerado “herederos” legítimos a Lenin, Mao, Stalin, Fidel, El Che... Sostiene incluso que, aún en vida, el andar de muchos de sus “autoproclamados discípulos” lo irritaba o algo parecido. ¿Cómo reflexiona esta línea interpretativa?

–En términos muy sugerentes para desentrañar lo sucedido. En el siglo XX, los seguidores de Marx, los que hacen política con las teorías de Marx, necesitan armar sistemas, convertir preguntas en respuestas. Las lagunas que Marx deja –y las tuvo, porque no encuentra respuestas a esto o aquello o a ciertos problemas– para esos seguidores deben ser llenadas, tienen que ser resueltas.

–¿La hora de la ingeniería ideológica?

–Bueno, así identificaron a ese llenado los pensadores del sistema, los críticos de Marx. Y sí, hay mucha ingeniería en ese andar.

–Pero, en todo caso, ese “llenado” es un instrumento para la lucha por el poder. ¿No expresa un sistema de poder en procura de poder?

–En 1917, cierta apropiación del pensamiento de Marx se convierte en ideología de Estado vía la Revolución Rusa.

¿Apropiación en línea con el llenado de lagunas?

–Sí, con esa lógica. Pero ya en la década de 1980, cuando los socialdemócratas alemanes quieren hacer política con las ideas de Marx, ven ahí un grupo teórico-doctrinario de naturaleza científica para hacer política. Hoy sabemos que la política no tiene rigor científico, aunque le haga apelaciones a la ciencia. En lo práctico, en la acción objetiva, la política es elecciones, convicciones que van y vienen, alianzas, rosca... otra cosa. No laboratorio. Pero esos socialdemócratas, al igual que Kautsky, Engels y luego Lenin, creyeron que la teoría de Marx tenía tanto rigor científico que, aplicada a la realidad, conducía a una acción política correcta. Esta interpretación –en necesario aclararlo– también es propia de toda política que se aferra sin más a teorías que incluso no aspiran a tener raíz científica. Para un caso o para otro, estas sujeciones requieren, para fortalecerse, de andamiajes doctrinarios.

–¿Justificaciones?

–Veamos con menos contundencia, en todo caso. La construcción doctrinaria nace a modo de respuesta a los momentos complejos de la política, más áridos, más abiertos, más interrogativos, que son resueltos, cerrados en tanto desafíos, en certezas mediante la transformación de las teorías en doctrinas. De ahí en más hay una marcha que conocemos.

¿De ahí en más o hacia dónde?

–Y, las doctrinas derivando –por ejemplo– en catecismos, en creencias populares cuando esa desviación de lo teórico hacia la doctrina política permite ser eficaces en la construcción de movimientos de masas.

–Usted señala en el ensayo que precede a “Antología. Karl Marx”, que el Marx del siglo XXI está liberado de la pesada hipoteca del siglo XX, “cuando se lo consideraba el responsable intelectual de los comunismos reales”.

–En ese escrito recuerdo a un filósofo catalán –Manuel Sacristán– que, al cumplirse un siglo de la muerte de Marx, o sea en 1983, se preguntaba cómo sería leído en el XXI.

–A eso iba: ¿cómo leerlo?

–Cada 20 años se proclama una crisis del marxismo. Viene de lejos. Y se plantea entonces despejar el pensamiento de Marx de las construcciones que se erigieron en su nombre. O sea, volver a Marx. Pero siempre me pregunto si es posible ese viaje dentro del destiempo, leerlo sin anteojeras de los “ismos”, de esas construcciones doctrinaris que agitaron en el siglo XX Lenin, Mao...

–¿Fidel?

–También, aunque en una construcción que también le inyectó cierto tradicionalismo, nacionalismo latinoamericano. Sintetiza con ciertos aportes del marxismo soviético. Y dentro del castrismo, a su vez, emergen otros “ismos”: el guevarismo, por caso.

Que le daba urticaria a Moscú...

–¡Y qué urticaria!

–Y, entonces, ¿es posible leer a Marx limpio de todo lo que se hizo en su nombre?

–Por supuesto. Y sin voluntarismo. Hay que hacer un trabajo deconstructivo por parte de la historia. Mao, Lenin, son construcciones históricas. Lo que se debe hacer es mostrar esas construcciones, correrlas; reponer las condiciones históricas en que pensó Marx y referenciarlas con este presente, por caso. Hago una síntesis para un camino, pero da para más.

¿Duerme con Marx?

–No, seguramente roncaba mucho, porque comer, comía.