Hace pocos días, el canal oficial emitió un reportaje riquísimo a Osvaldo Bayer. No sólo se refirió a su célebre libro sobre la matanza de peones en Santa Cruz, sino que abundó en investigaciones posteriores que abarcaron descendientes de aquellos patrones y militares, y una reflexión que con el tiempo siempre contiene algunos elementos distintos; una manera nueva de ubicar el mismo hecho. Ojalá usted lo haya visto; ojalá lo hayan visto sus hijos y los amigos de sus hijos y... pero es poco probable. "La televisión pública", como se autodenomina el canal del Estado nacional, no es demasiado pública, porque no llega a todos como canal de aire. No sólo no llega a todos, llega a pocos. Usted podría decir que una hora con ese amigo comprometido con la Patagonia, como es Bayer, es una perlita en una emisora cuyo contenido tiene algunas otras joyas pero la mayoría no podría competir con cualquier otro canal, no digamos con los reyes del rating, sean cuales fueren en el momento. Fue una perlita, y además muchas veces es el único que refleja actividades culturales de otro lugar que no sea Mar del Plata o Carlos Paz.
¿Por qué Canal 7, "la televisión pública", no llega a todos, teniendo en cuenta los altísimos objetivos de interrelación nacional que cualquiera sea el gobierno que tome posesión de él, se encarga de reiterar? Bien: me explicaron cuestiones de aire y satélite y varias cosas más tecnológicamente complejas. En resumen, y sin intentar ser original, se trata de presupuesto e inversiones tan gigantescas como nuestros queridos dinosaurios. Tampoco seré original si le digo que en definitiva, se trata de una decisión política, final éste de cualquier debate o discurso que se precie, o sea, frases hechas... nada.
Claro que no hace falta un canal oficial para que ¡por fin! nuestra Patagonia sea conocida, admirada, envidiada y codiciada. Somos la patria de los dinosaurios, el territorio misterioso y aún salvaje, la reserva mundial de agua dulce, y poco a poco, sus comidas, sus vinos, ¡vamos todavía!
Sí. De a poco domada, de a poco controlada, pisamos tierras de gigantes. Tierra estremecida por pisadas desaforadamente enormes, seres poderosos cuyos huesos aparecen cuando se escarba cada vez más profundo para levantar esos otros monstruos, las modernas Babeles de nuestras ciudades. Tierra hollada para almacenar el agua, para obtener el veneno negro motor de la civilización moderna.
También estremecida por las pisadas masivas de las tribus y la caballería, por los pequeños escapando de los grandes que a su vez tienen otros más grandes... y ahí veo esos otros huesos, cientos ¿cuántos? que desafiaron a sus patrones en la inmensa Santa Cruz por reivindicaciones tan gigantescas como el derecho a tener velas durante la noche o convivir con la esposa y los hijos... amigas, amigos, sobre estos huesos y tantos otros, que yacen en pozones cavados por ellos mismos ante la atenta mirada de los fusiles, se extienden nuestras rutas y letreros, se exigen planes de trabajo, cortando esas mismas rutas.
Pero de estos huesos, pequeños, valientes huesos humanos tan frágiles e ignotos que no figuran en ninguna guía turística, no da cuenta ni la historia que estudian nuestros pibes; y obviamente, no forman parte del imaginario que el viajero se hace cuando evoca el "territorio misterioso y salvaje".Tampoco formará parte una base naval llamada Almirante Zar y otros jalones sangrientos de la otra historia. La otra, la misma: sobre idéntico suelo, imaginarios distintos, de compromisos excluyentes.
MARIA EMILIA SALTO
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