BUSCAR       RIO NEGRO    WEB     
TITULOS SECCIONES SUPLEMENTOS OPINION CLASIFICADOS SERVICIOS NUESTRO DIARIO PRODUCTOS
 
Lunes 26 de Febrero de 2007
 

Edicion impresa pag. 12 y 13 >
En busca del tiempo perdido

Recientemente, en un análisis sobre la vida universitaria, el escritor español Javier Marías (hijo del filósofo Julián Marías) caracterizó el mundo actual, quizá con exageración, como una misteriosa máquina de impedir u obstaculizar que la gente haga lo que quiere hacer, lo que sabe hacer o aquello a lo que se dedica, lo cual complica enormemente el cumplimiento de sus obligaciones y predilecciones, fundamentalmente las primeras, que más tiempo insumen en nuestras vidas.

Este fenómeno sin fronteras está presente en todos los niveles de nuestro sistema educativo.

Si la educación formal se desarrolla básicamente en el aula, en una relación personal entre quien enseña y quienes aprenden en un tiempo y lugar acordados, el tiempo real dedicado a ella disminuye constantemente.

Para la opinión pública, la causa principal de la discontinuidad escolar son las huelgas docentes, habituales receptoras de los más variados reproches. El paro es un comportamiento colectivo de presión sobre el Estado y la sociedad (o sus partes) para forzar el cumplimiento de derechos negados a una de sus partes; en este caso, un derecho humano, dos o más, como son trabajar y obtener una remuneración digna que permita acceder a una vida digna y con creciente calidad, en consonancia con los enunciados del Preámbulo de la Constitución Nacional.

También es un símbolo de las luchas sociales, y la lucha es un camino para la realización de muchos anhelos humanos cuya satisfacción la mayoría de las personas no está dispuesta a diferir para la otra vida. En un país cuyo desprecio por la igualdad social y la educación igualitaria ha sido proverbial, pese a muchos mitos subsistentes, las actuales huelgas docentes son demasiado ordenadas todavía. De hecho, la ya crónica crisis del sistema no se debe a las interrupciones provocadas por las huelgas, sino a la suma de efectos negativos de otra índole, los cuales superan a aquéllas.

Primeramente, y sin referirnos al extravío de los fines de la educación por los sucesivos gobiernos, anotamos las consecuencias del reformismo constante, tanto en cuestiones formales como el lenguaje técnico institucional o los efectos de una regionalización extrema, como en las novedades curriculares y metodológicas, las cuales vienen patentadas, con la marca en el orillo, con manual de instrucciones y orden de uso obligatorio.

Es conocido que muchos docentes cambiarían de profesión si pudieran acceder a ocupaciones alternativas, estables y bien remuneradas, o si ganaran un premio importante de la Lotería. El motivo no consiste en el agobio provocado por la tarea de enseñar, sino por el cumplimiento de incontables obligaciones administrativas y de rutinas propias de un rol docente sobredimensionado.

Como ejemplo, ahí está la papelería que hay que llenar y presentar en tiempo y forma, con plazos rígidos, en materia administrativa, como las hojas de "concepto profesional" anual, siempre tan adocenadas e irreales; las justificaciones (o fundamentaciones) de las faltas de asistencia; las planificaciones y los programas de examen por cuadruplicado, a menudo elaborados como hace cuarenta años y dos por tres con la urgencia del último grito de la moda pedagógica aún no probada; las certificaciones de cargas sociales; eventualmente el cumplimiento de procedimientos disuasorios para efectuar reclamos de sueldos; o el envío anual de los formularios para inscripción en las Juntas de Clasificación junto con las certificaciones de autoridad competente de los cursos de capacitación realizados a fin de obtener unas horas de cátedra interinas o suplentes, en cualquier lugar del distrito, previa asamblea donde pujarán la oferta y la demanda de carga horaria.

Las jornadas institucionales con suspensión de clases en los tres turnos y asistencia obligatoria y alternada a las de cada establecimiento de trabajo se llevan las palmas: independientemente de las expectativas con que fueron establecidas, la mayoría no amerita el carácter ni la relevancia que se les atribuye, ni mucho menos la suspensión de clases.

Los espacios, los encuentros, las jornadas, hasta la más simple reunión, exudan un hálito adictivo de recreación y espectáculo, merecedor de reflexiones destinadas a socializarse en futuros cursos y seminarios de autoayuda para directivos y docentes al estilo de ¡Cómo tener éxito y ganar amigos en la próxima reunión escolar!

Merece atención especial la mecánica de discusión y debate por la que discurre la tarea en esas jornadas, o sea, el conjunto de nimiedades, de obviedades, de verdades de Perogrullo; la búsqueda de acuerdos y consensos sin discusión real, con una participación anémica y virtual, es decir aparente, pletórica de silencios mayoritarios, de adaptabilidad y seguidismo; el incumplimiento o la efímera vida de los acuerdos circunstanciales, etc, etc. Si a estos factores se le suman el asueto de Semana Santa relicto discriminatorio en un sistema escolar laico, más los feriados largos de fin de semana que prolongan las efemérides (fenómeno totalmente desbordado), más la "semana de mayo" y la del estudiante, tenemos mucho tiempo perdido con legitimación oficial.

Sumemos la intensificación de las actividades "de socialización" extraclase, como los conocidos viajes de estudio (¡...!) hacia los cuatro vientos, que insumen días de preparación, realización y comentario posterior en desmedro de las horas de clase, afectadas por una pérdida creciente de prestigio y dedicación, fruto de tantas alternativas pedagógicas.

Añádase algún día dedicado a desinfección; un domingo para emitir el voto y al día siguiente asueto por limpieza, y recién después mencionaremos las licencias y los supuestos abusos que menciona habitualmente el Consejo Provincial de Educación. Y sólo al final, los perjuicios ocasionados por los paros.

Con una salvedad, las huelgas no llegarían a producirse si no existiera tanta reiteración anual de los mismos errores por parte de algunos funcionarios preocupados tan sólo de que el sindicato docente no les gane la pulseada ("¡A mí no me van a torcer el brazo...!"). Pulseada que perderán indefectiblemente con más o menos días de huelga: es decir, tantos como haga falta. Por lo tanto, podrían ahorrarnos y ahorrarse mucho tiempo escolar perdido y desaprovechado por causas inherentes a la propia administración del sistema.

 

CARLOS SCHULMAISTER (*)

Especial para "Río Negro"

(*) Profesor de Historia e investigador.

 
haga su comentario otros comentarios
 
 
sus comentarios
 
 
   
 
 
BUSCADOR
Google
Web Río Negro
Documento sin título
 
 
Fotogaleria
Las grutas 2007
 
 
Debates
Violencia: ¿hay salida?
 
 
Podio
El gran verdugo
 
 
Económico

Señales de alerta

   
   
   
 
Diario Río Negro.
Provincias de Río Negro y Neuquén, Patagonia, Argentina. Es una publicación de Editorial Rio Negro SA.
Todos los derechos reservados Copyright 2006