Isidoro Vidal, conocido en el barrio como don Isidro, desde el último lunes prácticamente no salía de la pieza, no se dejaba ver". Así dice la primera frase del "Diario de la guerra del cerdo", de Adolfo Bioy Casares, que dibuja un cuadro fantasmagórico con andanzas de algunos típicos vecinos maduros de Palermo en una temporada nefasta para ellos. Los días de don Isidro serán luego de pesadillas y desconcierto. Ocurren cosas. Luego de la partidita habitual de truco en el café, Vidal y sus amigos ven en la vereda al diarero de la esquina hecho un pobre bulto y con la cabeza destrozada. Distracción de muchachones que quisieron castigarlo, comenta un testigo. "Los que provocan después no se quejen", se le oye decir a uno que pasa. Después le preocupan advertencias como "Abuelo, no es hora de andar ventilándose. ¿Por qué no se va antes de que le pase algo?" Los días y las noches van trayendo nuevas tragedias. Corre la voz de que "los viejos están demasiado satisfechos y no ceden su lugar". Se entera de que masacraron a "la vieja de los gatos", la de calle Ugarteche que les daba de comer a los gatitos de la obra en construcción. Se rumorea que "una cáfila de muchachos la mató a golpes, a vista y paciencia de los transeúntes". Pisoteado a propósito en la tribuna de Excursionistas, muere su amigo Néstor sin que nadie lo defendiera. Se supo que pasó un camión de la División Perrera del Municipio llevando enjaulada a una cantidad de ancianos. Hay susurros y consejos. "No tenés que salir a la calle", le advierte el hijo. En las últimas noches muchos ancianos han sido tirados a las fogatas de San Pedro y San Pablo sólo por diversión. Algunos explican lo que pasa. Los jóvenes están enojados, dicen que los viejos son materialistas, voraces, roñosos. Unos verdaderos cerdos, unos chanchos. Alguien definió la situación: "Esta guerra". Don Isidro pregunta: "¿Qué guerra?" Es la guerra contra los viejos, le respondieron. "No nos quieren".
En este punto suspendemos la literatura y pasamos a las tragedias actuales.
Ataques a ancianos
Una denuncia del señor Blumberg señaló que "en los primeros siete meses del 2006 hubo 1.050 casos de ataques a jubilados, habrá más este año que los 1.319 ataques contra abuelos del 2005 de los que resultaron muertos 50 de ellos". La información que brinda Internet referente a titulares periodísticos ilustra casos comprendidos en estas cifras. Un título dice: "Cuatro nuevos ataques a jubilados. A uno lo golpearon, quedó malherido y le llevaron 140 pesos que tenía ocultos en un pañuelo". Otro: "Al viejito le quemaron la cara con cigarrillos y lo quisieron electrocutar". Un tercero: "La ola que no se detiene. Ataques a ancianos en Paternal, Morón y Santos Lugares". Son sólo muestras el lector podría de memoria multiplicar casos de este tipo de una sorpresa amarga de todos los días que desafía nuestra capacidad de comprensión racional.
Son cosas que no ocurren sólo en nuestro país, parecen reflejar algo así como un complejo de causas producto de esta civilización o quizá, peor aún, configurar un ambiente, un clima del mundo o un signo de los tiempos. La propia vía Google nos hace ver, por ejemplo, que un obispo italiano pide que los ataques a ancianos sean declarados crímenes de lesa-humanidad. O que el procurador general de Texas publicó una serie de consejos a jubilados para prevenir delitos en su contra. O que una encuesta oficial de Idaho sobre crímenes y victimización, que considera ancianos a quienes tengan más de 64 años, formula parecidas advertencias. O que la Revista Iberoamericana de Gerontología dedica un número especial al tema "Los malos tratos a personas mayores: un reto a superar en este tercer milenio".
Las opiniones
La novela referida al principio fue publicada en 1969 y, leyéndola de nuevo, no se puede menos que reconocer, además de la habilidad profesional del autor en cuanto recrea literariamente un cuadro porteñísimo de aquella época, su cualidad de anticipatoria. Es que, en efecto, como nos muestran las habituales noticias sobre agresiones de adolescentes y jóvenes a ancianos, pareciera que hoy se vive algo similar a aquella guerra contra-generacional que imaginó Bioy Casares. Correspondería a sociólogos, o mejor, a psicólogos sociales, analizar en profundidad este fenómeno ingrato y darnos pautas para entenderlo. Las explicaciones comunes no son satisfactorias.
Una, por ejemplo, sostiene que pesan las motivaciones de delincuentes ante el hecho de la vulnerabilidad de esta franja social, las casi nulas posibilidades de defensa física de los ancianos y la probabilidad de obtener dinero fácil, aunque sea una suma ínfima. No son suficientes tampoco hipótesis tales como la difusión de la droga, la desocupación, la televisión, el aflojamiento de la autoridad, la crisis de la familia, la de la educación o el consumismo. Ni siquiera factores poco anotados pero que quiero anotar de que hay cada vez más viejos y que la figura del abuelo venerable se ha perdido en la noche de los tiempos.
HECTOR CIAPUSCIO
Especial para "Río Negro"