El inventor (y proveedor industrial para el ejército alemán) del primer gas venenoso para la guerra 1914-1918 fue Fritz Haber, un científico eminente y personaje poderoso en su país que había sintetizado del nitrógeno atmosférico un gas soluble que sustituía ventajosamente al nitrato chileno utilizado como fertilizante. (1) En esa guerra cayeron 500.000 combatientes víctimas de químicos venenosos. A la espantosa agonía por gas mostaza de uno de ellos dedicó el poeta Wilfred Owen un verso amargo con título irónico "Dulce et decorum est" que utiliza una cita en latín que, completa, dice que morir por la patria ("pro patria mori") es dulce y honroso. En las artes plásticas quedó un cuadro clásico, el óleo "Gassed" (gaseados) que pintó John Singer Sargent y muestra una fila de soldados ciegos y asfixiados que, apoyándose unos en los hombros de los otros, caminan torpemente entre muertos bordeando las trincheras.
En 1925 se firmó en Ginebra un Protocolo para la prohibición de uso de gases asfixiantes o venenosos y armas bacteriológicas. Sin embargo, al tiempo de la II Guerra Mundial, el temor a que los nazis los emplearan llevó a los norteamericanos a reiniciar la elaboración de gases letales y a Winston Churchill, padeciendo las bombas volantes de los nazis, incluso a considerar su utilización ofensiva. Se sabía que en 1938 la empresa alemana I. G. Farben había elaborado sustancias denominadas Tabun y Sarin que, con un tercio de miligramo, eran capaces de producir efectos terribles en los seres humanos: ceguera, asfixia, convulsiones y finalmente la muerte. Pero resultó que Hitler quien había sido gaseado en la guerra de 1914-1918 no estuvo de acuerdo con su uso. (2)
Prosiguieron no obstante los esfuerzos de varios países de investigar sobre agentes nerviosos y acumular reservas en previsión de malas intenciones de los otros. Durante la "guerra fría", las dos superpotencias llevaron una carrera oculta sobre armas químicas, vistas como comparativamente baratas en relación con otras. En tiempos de la guerra en Vietnam, se levantó en Estados Unidos un clamor contra los usos de herbicidas y agentes similares en esa contienda y asimismo en protesta sobre la fabricación de sustancias tóxicas en el propio país por motivos ambientales. Esas protestas determinaron un efecto sobre el presidente Nixon, quien renunció públicamente en 1969 al uso ofensivo de armas químicas por parte de su país y llamó a una nueva convención internacional de prohibición. Este gesto de Richard Nixon tiene una historia curiosa que merece ser contada.
Un vecino convincente
Ocurrió que uno de los más fuertes opositores profesionales contra las armas biológicas, un biólogo de nombre Matthew Meselson, tenía la suerte de ser vecino y amigo de Henry Kissinger, asesor en materia de seguridad nacional del presidente norteamericano. Determinado y sagaz, aprovechó esa coincidencia para conversar seguido con su vecino hasta convencerlo de que el programa de armas biológicas que mantenía el Pentágono era de lejos más peligroso para el propio Estados Unidos que para cualquier posible enemigo. Por un lado, era difícil imaginar cualquier circunstancia en la cual el país pudiera necesitar el uso de esas armas y, por el otro, era fácil hacerlo sobre circunstancias en las cuales algunas de esas armas podían caer en manos de terroristas.
Kissinger habló repetidamente con Nixon y éste, al fin persuadido, anunció que Estados Unidos desmantelaba su arsenal de armas biológicas y cancelaba todo programa de desarrollo y depósito. Las armas existentes fueron destruidas. En 1972, como resultado de esa decisión, se realizó una convención internacional que impuso la prohibición permanente de uso de armas biológicas, a la que adhirieron enseguida Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética. El peligroso período de la "guerra fría" tuvo así un saludable alivio.
Las circunstancias actuales
Pero el peligro de las armas químicas se obstinó siempre en no desaparecer. Surgieron escapismos tecnológicos entusiastamente adoptados por los militares de varios países como las "armas binarias" (dos componentes separados cada uno de los cuales es tóxico pero se convierten en letales cuando se combinan en un proyectil), hubo conflictos entre países que hicieron sospechar violaciones en cuanto a su uso, arsenales escondidos en regímenes dictatoriales, ventas subrepticias a "estados canalla" desde otros que se tienen por civilizados, etc. etc. Para abreviar, digamos que finalmente se consumaron en 1992 las negociaciones sobre una convención ampliatoria del Protocolo de Ginebra comprometiendo la prohibición del desarrollo, producción, almacenaje y transferencia de armas químicas, además de la destrucción de todas las existentes, que fue firmada por 130 países.
Pero las cosas resultaron más complicadas. Egipto, Siria, Líbano e Irak rehusaron suscribir la convención alegando que las armas químicas podrían ser eliminadas del Oriente Medio sólo a condición de que hubiera una prohibición regional absoluta de todas las armas de destrucción masiva, incluyendo por supuesto el arsenal nuclear del Estado de Israel. Saddam Hussein, el de Irak, obteniéndolas de empresas occidentales, las había utilizado en su guerra con Irán en los '80 y también después contra poblaciones de los kurdos.
Tenemos a la vista una publicación reciente con algunas citas que hablan claramente sobre los riesgos actuales en la situación política de la región más explosiva del planeta y son buena prueba de la estulticia humana, de la irresponsabilidad de los poderosos, peor aún que la de los débiles. Como, por ejemplo, una afirmación del presidente de Siria que dice: "No es difícil conseguir la mayor parte de esas armas en cualquier lugar del mundo... en cualquier tiempo". Y otra, todavía más expresiva en cuanto a intenciones, del ex presidente iraní Ali Hashemi Rafjansani, quien declaró paladinamente: "Las armas químicas y biológicas son la bomba atómica del hombre pobre. Debemos tenerlas en cuenta para nuestra defensa. A pesar de que el uso de tales armas es inhumano, la guerra nos enseñó que las leyes internacionales son nada más que trazos de tinta sobre un papel".
(1).- Haber, quien recibió el Premio Nobel en 1918, estuvo junto a Max Planck en la fundación del "Kaiser Wilhelm Gessellschaft", el famoso instituto científico inaugurado en 1912, y persuadió al propio Albert Einstein para que se trasladara desde Zürich a la universidad de Berlín.
(2).- Algo que nos hace recordar la cita humorística de Paul Johnson en "Tiempos modernos" que dice: "Una de las últimas observaciones registradas de Hitler, el 27 de abril de 1945, antes de suicidarse, fue: 'Después, uno lamenta el hecho de haber sido tan bondadoso'".
(*) Doctor en Filosofía
HECTOR CIAPUSCIO (*)
Especial para "Río Negro